El peral salvaje

Los perales salvajes abundan por aquellas tierras turcas y son árboles feos cuya fruta está ácida, pero, como dice el padre del protagonista: “A veces te tomas una pera de esas para el desayuno y te sabe a gloria”. 


Es una película turca de tres horas de duración, diálogos alucinantes y fotografía sobrecogedora, con imágenes que te cautivan durante las tres horas prácticamente ininterrumpidas de turco, devorando los subtítulos y disfrutando profundamente el recorrido del protagonista, tocando con maestría diferentes temas profundos y básicos.

En serio, por obras como esa también vale la pena vivir en este mundo. Si hay seres humanos capaces de crear eso y hacer que otros seres humanos en cualquier punto del planeta, en la oscuridad de una sala de cine, vibren y se sientan sobrecogidos con la película, esa conexión es un verdadero regalo… yo me sentí afortunada y agradecida, por lo menos. Salí del cine como renovada y al día siguiente por la mañana, me sorprendí pensando que deseaba volver a verla…

El arte es un vehículo estupendo de los sentimientos y por eso emociona y subyuga a todos y sostengo que cuanto más “simple” o “normal” sea la persona, más verdadera será su experiencia, porque no se verá empañada por las críticas y juicios intelectuales de las personas “cultas” que con todas esas teorías y refinamiento lo que pierden es saber hacer lo que realmente hace falta hacer: sentirlo.

La peli duró tres horas. Los diálogos son larguísimos, con ideas super profundas hiladas con maestría, desarrolladas, ramificadas, enriquecidas… para una persona hábil mentalmente con facilidad para el lenguaje, fue una gozada, un auténtico festín, muy estimulante. Es decir, la peli ataca con palabra e imagen, un dúo eficaz que te transporta y hace que las tres horas se pasen volando.  ¡Todo un descubrimiento el cine turco!

Tal vez la muestra suprema de ello sería el diálogo entre el protagonista y los dos imanes, caminando por el pueblo, haciendo un auténtico combate verbal sobre el ser humano y el sentido de la vida, y la cámara mostrando planos de sus espaldas, bajando calles, doblando esquinas, subiendo cuestas… siempre siguiendo su paso vivo por detrás y las voces de ellos enzarzadas en un precioso duelo de argumentos que se sucedían implacables y veloces, al ritmo de los enérgicos pasos que hacían crujir la grava como único sonido de fondo.

Campo profundo, mentalidad tradicional, gente cerrada con verdades simples, pobreza… sobrecogedoras imágenes del otoño e invierno de aquellos parajes llenos de naturaleza turca… consiguen crear cierta melancolía, sin embargo la película también está llena de luz (los cielos luminosos son la especialidad del director de cámara, o los atardeceres, o el juego de la luz del sol entre las hojas amarillas de otoño…)

Otra escena que me gustó mucho fue la del padre del protagonista en su finca, cuando le llama “Colombo” a su hijo… Yo casi no podía respirar: ¿se atreverá el hijo a pronunciar en voz alta lo que ambos llevaban escrito en sus caras? ¿Y por qué no lo dijo al final?

¿Por respeto a la figura paterna? ¿Por cierta cobardía personal…? Ay, las cosas calladas, las cosas no pronunciadas…

El hijo, el protagonista, quiere ser escritor, es introvertido, se considera raro y diferente. La película va un poco de la madurez/inmadurez, exaltación de la juventud/sueños/choque con la realidad, empatía/aprender a callar/respetar diferentes realidades, no ver sólo tu punto de vista… sobre el sentido de la vida.

Otra escena que me gustó mucho es la del hijo y su madre, cuando están sentados juntos en la habitación juvenil de él, a la luz de unas velas porque les han cortado la electricidad por deudas del padre y su adicción a las apuestas, y la madre recuerda cómo era el padre de joven, qué la enamoró de él y dice que volvería a hacerlo, que volvería a enamorarse del mismo hombre y vivir exactamente la misma vida con él, si tuviera que repetir y pudiera elegir lo volvería a vivir todo tal cual…

Y el hijo, criticando al padre y expresando que odia a toda la gente… y la cara de la madre, sus ojos sabios y cansados posados en el hijo, en lugar de escandalizarse, le sonríe con indulgencia…

Eso me pareció precioso, cuando la película ha sido capaz de recoger esos pequeños momentos y atraparlos en pantalla, en los raros momentos cuando los actores actúan en silencio…  tal vez porque como la mayor parte de la película es un imparable torrente de turco, cuando a ratos algo se desarrolla en silencio… te llega más.

Y finalmente, la escena final entre hijo y padre… me gustó como idea final:

el padre y el hijo se vuelven a encontrar, es invierno, el padre se había jubilado por fin, con la gratificación pagó todas sus deudas y se retiró al campo, a cuidar de las ovejas… Y el hijo vuelve del servicio militar que había sido durísimo. Su libro, publicado con dinero conseguido “a cualquier precio”… no ha funcionado como se imaginaba el joven escritor. Su madre y su hermana ni lo han leído y entonces descubre que el único que lo ha leído, lo lleva siempre encima e incluso lo ha releído, es el padre.

Y viene el momento del perdón no pronunciado: el hijo suaviza su rencor hacia el padre y el padre – como cualquier padre que ama incondicionalmente a su vástago – actúa con total naturalidad y esa actitud es la mejor celebración del reencuentro… Y le cuenta al hijo la historia de los chacales y la oveja perdida:

Le cuenta que dentro de poco, se oirán los aullidos de los chacales, porque hay muchos en los bosques alrededor. Y que una vez, echó en falta una oveja y la dio por perdida, presa de los chacales… pero entonces, a los dos días, caminando por el borde del bosque, oyó unos gemidos y cuando se acercó, encontró su oveja con dos corderos recién nacidos. ¡Se había ido al bosque a parir!

Y justo cuando el padre termina de pronunciar las últimas palabras de la historia, empiezan los aullidos de los chacales.

Digo que es una historia “barata” (sencilla) y parece “poco” para ser la última gran verdad de todas las ideas que desarrolla la película, pero ilustra muy bien eso que pasa muchísimo en la vida: cómo sacamos conclusiones precipitadas, cómo malinterpretamos la realidad prejuzgando, normalmente tirando por la versión catastrofista o negativa… y la realidad puede ser totalmente otra, todo ese rato que estamos convencidos de la maldad de algo o alguien.

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