La Ciotat

Qué rápido se han pasado mis 7 días en la costa de la Provenza.

Finalmente he desistido de mi propósito de ir a ver los campos de lavanda en flor. Están en flor, pero para llegar había que coger tren, autobús y alquilar una bici eléctrica para recorrer “le plateau” que es gigantesco… y al final, aparte del hecho de que las bicis eléctricas estaban en principio todas cogidas… al final me olvidé de esta combinación tan escabrosa de varios medios de transporte, porque cuando me bajé del tren en La Ciotat y vi el mar y aspiré el aire húmedo y salado, supe que no me movería de allí.

Según se sale de la estación de tren de la Ciotat, dónde por cierto las cigarras hacían vibrar el aire con su estridente sonido, está la parada del bus nº 40 que, en un trayecto de 10 tal vez 15 minutos, recorre los casi 4 kms de costa, para dejarme justo en el otro extremo del pueblo, dónde, en el llamado “Puerto Viejo”, estaba mi hotel.

Un trayecto rápido y cómodo que me hizo familiarizarme con el entorno y su gente, que observaba subir y bajar del autobús y participando involuntariamente, pero con cierta alegría, en sus conversaciones, porque comprobé con satisfacción que entendía prácticamente todo.

Me sentí bien en Francia.

El francés es música celestial para mis oídos. Vibro con sus erres y sus vocales nasales, observo fascinada a la gente cuando habla y gesticula y me parece todo tan natural…

“Voilá, pas de souci, ca marche!”

La frase resuena en mi cabeza y se me queda grabada. Es  genial haber aprendido un idioma de oídas de niña… Automáticamente, utilicé el francés en todas partes. 

Qué bueno es saber idiomas. Qué bueno es viajar.

Qué bonito es el pueblo de La Ciotat, dónde parece que el tiempo se ha detenido o que fluye a otro ritmo, más apacible, más relajado, más placentero…

El mar. Se me había olvidado lo mucho que me gusta. Y me gusta así: no en un típico sitio de playa, con grandes hoteles y mucha marcha. Me gustó en ese tranquilo pueblo pesquero, con sus casas viejas, algunas de ellas abandonadas, apiñadas formando calles estrechas, me gustaron las ventanas, todas con sus persianas de láminas, altas y estrechas. Me gustó el puerto con sus barquitos de colores y yates blancos más grandes , con los mástiles desnudos apuntando hacia el cielo cual un ejército de estáticas lanzas erguidas… las casas todas pintadas de colores alegres, pero desteñidos por el sol.  Me he dado cuenta que es como si la luz aquí fuera diferente, más blanca, más luminosa, todo más… diáfano.

Recordaré como pequeños tesoros mis desayunos siendo la primera en bajar, a las seis y media, desayunando frente al puerto lleno de quietud, teñido con los colores del amanecer creando una vista  infinitamente bella. Solamente por esos amaneceres, mereció la pena estar allí.

Claridad en el aire. Gaviotas cruzando el cielo y luego sobrevuelan casi a ras de suelo, las blancas alas extendidas, planean veloces pero tan cerca que ves sus largos picos curvados y pequeños ojos negros, clavados con concentración en el mundo debajo de ellas.

La primera noche, me fui a los acantilados a contemplar el mar visto desde arriba, después bajé hasta una pequeña cala, con la playa de guijarros y mientras el sol se ponía tras las colinas, tiñendo ese trocito del cielo de rosa y naranja…  seguía habiendo gente bañándose, apurando los últimos momentos del día, y en la playa había varias familias con niños. Observé unas tres niñas de unos 5, 7 y 9 años, jugando con varios recipientes con agua, llenándolos con los guijarros,  como si estuvieran cocinando o simplemente recolectándolos y poniéndolos a remojo. Me senté cerca y escuché sus voces infantiles, su francés infantil, cómo conversaban entre ellas… Con el ruido del mar y las cigarras, no las escuchaba del todo bien, sin embargo se me quedó grabada la imagen de sus espaldas encorvadas, sus cabezas juntas, con mechones de pelo mojado y encrespado, las faldas blancas de sus vestidos de playa volando tras sus pies desnudos…

Y me pareció tan reconfortante verlas jugar así, tan tranquilas, inmersas en su mundo, entretenidas… Con unos guijarros. Yo jugaba así de niña, por eso me pareció tan bonita la imagen… Me gusta ver cómo algunas cosas no cambian.

Cerca había un grupo de adultos sentados en una manta, con un brick de gazpacho Alvalle en medio. Creo que serían los adultos que iban con las niñas, porque estaban cerca y de alguna manera me pareció que tenían un vínculo.

Me gusta ver a las familias completas. Me fijo mucho… En secreto, ansío saber cuál es su secreto, por qué ellos lo han conseguido… luego me digo que seguramente también discuten, que no todo es tan idílico como parece. Me fijo mucho en cómo se hablan los adultos entre sí, si hay amor, complicidad… y muchas veces no lo veo. Creo que hay mucha gente que vive en pareja pero no cuida nada el amor.

Pero esta gente que estuve observando en aquel crepúsculo, parecían llevarse todos bien. Charlaban relajados, las mujeres y los hombres (eran dos parejas) interactuaban con complicidad y naturalidad, relajados… las niñas estaban tan felices, encima había un bebé… La estampa perfecta. Traté de adivinar si serían ¿dos hermanos con sus mujeres? ¿O dos hermanas con sus maridos? ¿O una pareja de amigos, simplemente? “Eh, ¿os venís a la playa el sábado, pasamos el día con las niñas? “Venga, va”… conozco esos planes, esas situaciones… por eso me gusta verlo.

Quizá, quién sabe… algún día volveré a ir a esos planes con pareja… La familia completa, un sueño imposible pero que me persigue.

De repente una idea cruzó mi mente, como una gaviota cruzando la acera, rápida, certera y fugaz:

Y me prometí a mí misma, allí, en la pequeña cala de aguas turquesas, rodeada de rocas y pinos, bajo la sombra de unas higueras y con el cielo teñido de naranja, me prometí que si algún día tengo otra oportunidad, me prometí que yo cuidaré el amor.

P.D. También había un grupo de gente, amigos supongo, que estuvieron haciendo meditación o yoga…  y de repente se pusieron a cantar el “ooommm” que con la “o” nasal francesa resulta inconfundible :-))

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