Cassis

Una semana trabajando codo con codo con mis compañeras del equipo francés, en la sede de mi empresa ubicada en un pequeño pueblo en el sur de Francia.

Cinco tardes para llenar, un maravilloso entorno para descubrir… Aproveché la estancia a fondo 🙂

Resulta que había otro pueblo de la costa, idílico por lo visto, llamado Cassis.

Todas las mañanas cogía un autobús desde la Estación de Autobuses a 5 minutos andando desde mi hotel (simplemente en el otro extremo del puerto) y en 20 minutos me bajaba en el polígono industrial, dónde está ubicada mi empresa. Caminaba otros 5 minutos por la acera, me colaba por una verja de unos muelles de carga que curiosamente siempre estaba abierta, y accedía al edificio donde está la oficina de mi equipo. Me hicieron una flamante tarjeta de acceso al edificio, pero que no funcionaba, pero cada mañana, puesto que llegaba a la hora de llegada de todos, me dejaba pasar alguien. Y como yo decía, riéndome con mis compañeras, por lo menos me sentía menos clandestina cuando me colaba por la verja cada mañana – por lo menos tenía una tarjeta de empleado inservible, pero vistosa y con su cinta corporativa con pequeños logos, colgada del cuello.

Cada tarde cogía la misma línea para volver al pueblo de la costa, al hotel… y rápidamente me fijé que la misma empresa de autobuses, conectaba los demás pueblos de la zona.

Cassis… me apetecía conocerlo. Pero no sería yo si no me inventara alguna forma muuucho más divertida de llegar que cogiendo el autobús.

Resulta que La Ciotat y Cassis están conectadas por una carretera, que recorre sinuosa una especie de parque natural encima de unos acantilados, con vistas sobrecogedoras, llamada “la route des cretes”. Pero para recorrerla tienes que tener coche.

Pero resulta que la misma “route de cretes” discurre en formato senda por la cresta de los acantilados… en la descripción ponía que era un tipo de excursión apto para toda la familia, “si la familia estaba acostumbrada a este tipo de actividad”.

Tras recorrer dicha senda, yo pondría mejor: “si la familia tiene cabras montesas entre sus antepasados”.

Porque ¡menuda senda!!!

Para ser sincera pasé algunos momentos de miedo, yo y mi pequeño vértigo, porque  el sendero resultaba difícil de creer por momentos: pura roca prácticamente en vertical, pero las pequeñas flechas amarillas estaban allí, marcando el camino por el borde afilado de los riscos, con la caída de casi 400 metros de roca y vegetación precipitándose hacia el mar. Eso sí, el paisaje, sobrecogedor y las vistas, magníficas.

Fue un desafío extremo a nivel físico y yo diría que también mental, porque estaba completamente sola, acompañada tan sólo por las pequeñas flechas amarillas, el canto de las cigarras y el sol, cada vez más bajo sobre el horizonte. Cada vez que superaba un risco, pensaba que detrás ya vería Cassis, pero detrás aparecía otra montaña para subir en picado. Y detrás, otra vez una montaña… así unas cuantas veces, hasta que por fin llegué y vi la bahía de Cassis, pequeñito y lejano abajo a lo lejos, y una impresionante puesta de sol justo encima.

Vi entonces la puesta de sol, arrebatadora, con el disco ardiendo de rojo hundiéndose tras los “calanques” – unos acantilados formando pequeñas bahías, tiñendo el cielo de amarillo, naranja y rosa y llenando el paisaje de sombras azuladas…. Precioso, pero según el google maps estaba todavía a 5 kms de Cassis (de dónde pensaba volver en autobús o en tren) y  a 7 kms de La Ciotat (por la carretera de coches). Seguir para adelante, viendo la hora que era, como que no era plan.  Volver por el camino de cabras por dónde había venido, como que no era opción. Por suerte, estaba en un área de descanso de la carretera, dónde mucha gente había venido a contemplar la puesta del sol, así que rápidamente encontré unas chicas que volvían a La Ciotat y me llevaron con ellas en coche y en media hora estaba en el hotel 🙂

Sino, me habría tocado caminar, pero por la carretera, aunque hubiera caído la noche, no tenía pérdida… y el ejercicio no me daba miedo, estoy más que acostumbrada. Y me encantó el desafío, la libertad de no planificar, de improvisar sobre la marcha, de sacarme de la zona de confort… me resulta reconfortante. Y tanto 🙂

Así que para mí, mi excursión fallida a Cassis – porque no llegué a pisar el pueblo, sin embargo resulta inolvidable, grabada a fuego en mi memoria:

esos 10 kms de caminata a solas con el viento, el calor, el mar, las endorfinas por el ejercicio, la adrenalina por el miedo… fue un plan genial. 

Me di cuenta que en la vida real pasa igual: si te metes en situaciones extremas, no te puedes echar para atrás… la única forma de superarlas es seguir, paso tras paso, con confianza, serenidad, precaución y determinación… y sin aferrarte a demasiados planes, porque nunca sabes qué giro pueden tomar los acontecimientos. Supongo que el otro día se me podía haber resbalado un pie o me podía haber mareado y podía haber terminado muy mal… pero volví sana y salva, dándome cuenta que evitando el peligro no vives. La única forma de vivir es asumir el riesgo y con él, las molestias de procurar que no te pase nada. Quedándome resguardada en casa, tal vez habría sido menos cansado y más seguro, pero… confieso que yo no sé vivir así. 

Otro día fui a bañarme a una cala, un óvalo de agua turquesa, de profundidad azul oscuro insondable, encerrada por las rocas. Unos chicos jóvenes se turnaban en tirarse desde un saliente a unos 30 metros de altura. Eran todos jóvenes, alegres, despreocupados… uno, con el pelo teñido de blanco, era el más valiente, se tiraba sin dudarlo, haciendo amagos de cabriolas en el aire, se le veía que disfrutaba del peligro. Luego se tiró una chica, se tiró sin dudarlo, pero sin adornos, como más seria. Se tiró un chico joven y risueño justo detrás de ella, sin dudarlo tampoco. Y le tocó el turno al último, delgado, con cara de bueno, con cara de buen estudiante, no sé si me explico. Yo flotaba en el agua, observando la escena. Podía imaginarme todo lo que sentía el chico.  Sonreía nervioso. Miraba el agua y calculaba, medía la altura… intentaba insuflarse valor. No se terminaba de decidir.

Los demás le jaleaban:

“¡No lo pienses! ¡Tírate! ¡No lo pienses!” “Tu reflechi pas!”

El chico no se decidía, yo le entendía perfectamente. Era responsable. No es que fuera miedoso, era precavido. La altura le imponía. Tirarse al vacío le imponía. Los posibles riesgos le imponían.

Los demás le gritaban ahora:

“¡No lo pienses tanto!” “Tu reflechi peu!”

Yo sabía que el chico se iba tirar, cuando se hubiera decidido.

Me mantuve flotando, expectante… anticipando lo que iba pasar y lo que pasó: de repente, el chico se tiró, acompañado de un gran aplauso, y emergió del agua con una sonrisa de oreja a oreja y nadó hacia la orilla súper orgulloso. Parecía que había crecido, que tenía más presencia, cuando salió del agua.

Me alegré por él. Saboreé ese momento de su pequeño triunfo. Eso, esos momentos de superación, también hacen que la vida valga la pena.

PD. Resulta que La Ciotat tiene el cine más antiguo del mundo, fundado por nada menos que los hermanos Lumiere…  Y sigue en funcionamiento. Adivináis quién se fue a ver una película en esa sala mítica? Pues sí, servidora. Total, el francés lo entiendo. Aunque reconozco que una película coreana con subtítulos en francés fue una mezcla curiosa. Pero disfruté… bueno, mejor dicho, la película me sorprendió y me impactó.

En el mismo cine, dónde 100 años atrás o los que sean que hacen desde que se proyectó la primera película, la gente salía despavorida de los asientos, cuando una locomotora aparecía en la pantalla, porque creían que se les venía encima… todos esos años de cine después, yo me encogía en el asiento, sobrecogida e impresionada pero emocionalmente. En serio, es muy buena la película. Tiene un final trepidante. Primero te ríes…  y luego de repente, te quedas pero sobrecogida y la escena del cumpleaños infantil hacia el final… es drama y emoción en estado puro.

Se llama “Parásito” y os copio y pego una conclusión de uno de sus protagonistas (del “parásito”, si no lo he entendido mal):

“El mejor plan es el que no existe”

(es decir, si haces planes, siempre surgirá un imprevisto que modificará el curso de los acontecimientos, así que el mejor plan es no tener ningún plan)

Juntando la experiencia de la película y de la caminata por los acantilados, yo diría que si hay alguna conclusión que puedo sacar de este viaje, sería esa…

El mejor plan es ningún plan.

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