A la deriva

Es agotador fingir normalidad cuando por dentro estás mal. Te desmoronas, te hundes en un pozo de oscuridad infinita. La tristeza no es azul, como en la peli de Inside Out, es oscura y densa y pegajosa como la mermelada espesa de arándanos que cocinaban dos duendecillos en un capítulo de dibujitos checos – la mermelada espesó, se salió del cazo e inundó toda la estancia, se desbordó por las ventanas y hasta por la chimenea de la casita y amenazó con cubrir todo con su noche eterna de oscuridad, hasta que apareció una estrellita golosa a la que le encantaba la mermelada y se la comió toda, toda, todita. Buena metáfora. La luz se come a la oscuridad.

Yo no termino de atisbar esa estrellita dentro de mí. No termino de ver a nadie ni nada capaz de devorar mi oscuridad. Espero, no tengo otra cosa que hacer. Mientras, fingir normalidad es agotador.

Me he dado cuenta de que echo de menos el ir a trabajar. No en mi empresa, desde luego, pero en cualquier otro sitio, ese quehacer diario que da estructura a tus días, que por las tardes justifica tu cansancio, que da solidez al tiempo que sino se escurre entre los dedos sin más.

Me paso las mañanas aovillada en el salón, bañado por la luz del sol que entra a raudales por las ventanas desnudas. Los rayos del sol caen directamente sobre mi cuerpo y me funden con el tapizado del sofá. El aire a mi alrededor, quieto. Los ruidos de la calle, lejanos y amortiguados. La casa vacía, silenciosa, el edificio vacío, silencioso. Y yo, hecha un ovillo, derritiéndome bajo los rayos del sol, veo el tiempo pasar. No siento nada. Es el efecto de la depresión, soy incapaz de sentir nada. Es como si mis emociones estuvieran todas congeladas, anestesiadas, desconectadas. No tengo propósito, no tengo futuro, soy un barco a la deriva.

Cosas más cotidianas como ducharme o lavarme el pelo o cocinar me cuestan un esfuerzo titánico. Estoy inapetente, no me apetece comer. Una cosa que no me había pasado en la vida.

Trato de verle alguna ventaja a mi situación. Tiempo en casa, tiempo para reconciliarme con mi maternidad, por qué no, es la primera vez desde que soy madre que tengo todo el tiempo para mi hijo. Él es además el único rayo de luz en mi vida triste y deprimida. A las cuatro y media de la tarde empieza la parte buena del día. Revivo un poco antes. Sobre las tres, me despierto de mi letargo, recojo apresuradamente la casa, me lavo el pelo, preparo una buena merienda y a las cuatro voy a por él. Un ratito en el parque. Luego, volvemos a casa, que él llena con sus juegos, ruidos, preguntas incesantes, con su alegría intacta. Hago un esfuerzo monumental en bañarle, hacerle una cena decente, recoger la cocina después. Le acuesto, leyéndole los cuentos como siempre: expresiva, cambiando las voces, poniendo tono de misterio, de alegría, de enfado… lo que toque. Casi parece que todo va bien. Cuando se duerme, yo me deslizo entre las sábanas de mi propia cama, para enfrentarme a otra noche tal vez insomne. A veces, tardo horas en dormirme, dando vueltas en mi cabeza a la situación. A veces, me duermo, pero despierto de madrugada y entonces, mientras el cuerpo de mi marido ronca pesadamente a mi lado, ya no vuelvo a conciliar el sueño. Me voy al salón, vuelvo al sofá, frío e inhóspito en mitad de la noche. Si subiera las persianas, la luz de la fría Luna bañaría mis formas y tal vez pintaría el salón con su luz lechosa… No, en la ciudad no. Una vez, cuando era pequeña, durante nuestra estancia en Argelia, estuvimos viajando en coche durante uno de los viajes que hicimos para conocer el país. Recorríamos un ancho valle rodeado de montañas y nos pilló la noche. Salió la luna y de repente, toda la campiña, los ondulados campos a nuestro alrededor, las pequeñas aldeas perdidas aquí y allá, todo estaba bañado por una luz blanca y lechosa. Mi padre apagó los faros del coche y circulamos sin ellas. Se veía perfectamente.  Nunca volví a ver ese efecto y nunca volví a olvidar la impresión que me causó lo mucho que puede iluminar la luz de la Luna.

En mis noches insomnes, sin embargo, no pienso en esto. No evoco tiernos recuerdos de mi niñez. Revivo una y otra vez las situaciones que me llevaron hasta dónde estoy, rota y vacía por dentro.

La noche se precipita hacia su fin y empieza un nuevo día. Empezar de nuevo por las mañanas es lo más difícil. No me apetece levantarme de la cama. Me obligo, arrastro mi cuerpo entumecido, desenrollo la esterilla y hago mi yoga, que sin embargo si bien alivia mis articulaciones, no trae la paz mental que preciso. Estoy tensa todo el rato. Me tomo mis medicinas, desayuno sin ganas. Despierto al niño con cariño, lleno su carita adormilada de besos y acaricio su firme cabecita, aliso sus cabellos revueltos en todas las direcciones.  Desayunar, vestir, dientes, preparar la mochila, salimos a tomar el autobús, en la mañana helada. Llegamos al cole con el sol ya alto en el cielo, son las nueve y media. Los amiguitos ya enredan a las puertas, mi pequeño enseguida se une a sus juegos y risas. Cuando abren las puertas, me da un beso apresurado y entra corriendo. Se coloca a la fila, feliz si consigue ser el primero, saludándose con sus compañeros, riendo y empujando, contento y alegre.

Me voy a mi casa a aovillarme en el sofá y fundirme en él hasta que sean las tres.

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