Un momento feliz

Qué rápidas se pasan las semanas con mi niño.

Aunque termine exhausta, desde el viernes ya me empieza a entrar la angustia porque ya sólo nos quedan dos días… ya le echo de menos y a la vez, procuro que esa tristeza no empañe los momentos que nos quedan juntos, y me dedico a planificar y organizar buenos planes durante el fin de semana… y los hacemos y es genial. A veces me pregunto cómo se puede soportar tanta felicidad y tanta tristeza a la vez. Porque cuando termina la semana y al lunes siguiente vuelvo a casa después de trabajar… viene el descanso tan anhelado pero a la vez, cómo pesa esa soledad, qué estridente es ese silencio en casa, cómo se nota la ausencia… le echo de menos en cada rincón de casa, es como si la huella de su pequeña personita estuviera suspendida en el aire, todavía sigue el eco silencioso de sus risas y el rastro invisible de sus juegos extendiéndose por las habitaciones… lo veo en el batallón de Legos armados hasta las cejas, colocados en medio de la alfombra… (aunque son Legos, en realidad son todos los personajes de Mario Rabbit Kingdom Battle, que es lo último de lo último en casa… y están divididos en dos bandos, uno ocupa el barco del Arca de Noé de Playmóvil y el otro un barco de Jake el Pirata de Nunca Jamás), lo huelo en su pijamita cuyo olor aspiro mientras lo llevo al cesto de la ropa sucia… pero la huella más grande, el peso más grande lo noto en mi corazón.

Y es muy difícil seguir viviendo así, pero sé que no debo rendirme y sobre todo, que no puedo trasladar esa tristeza al niño, así que reconozco ese dolor pero a la vez, lo encierro en alguna parte muy profunda dentro de mí y sigo positiva.

No sé si algún  día le dejaré de echar tanto de menos. No sé si algún día dejaré de sentirme tan estupefacta por el hecho de que sólo vivo la mitad de la vida de mi niño. La mitad, literal… mis años duran 6 meses, ¿os dais cuenta de cuán terrible es eso?

Y cuánto más triste me siento, más alegre me muestro, porque es la única manera que tengo para sobrevivir. Y cuando pienso en sus ojos, de todas formas sé que todo esto es secundario, que lo verdaderamente importante es la salud. Y eso es otra lección de vida que no todos tienen el privilegio de experimentar, y te añade un poco más de sabiduría, para saber valorar y apreciar el valor de los momentos buenos… yo creo que gracias al sufrimiento, los disfrutas más. Porque aprendes a valorarlos más.

Y entonces es cuando ante una sonrisa espontánea que brota del corazón ligero en un momento de guardia baja, cuando te abres a la alegría como si tu vida fuera todo felicidad y las penas no existieran, se te corta la respiración de la dolorosa consciencia de lo puñeteramente difícil…  y precioso que es vivir un momento así.

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