El final

Llegué, sin haberme podido reponer del susto (no me lo esperaba, pero viendo las caras de los demás, diría que nadie se lo esperaba…). Primero hicimos cola en una especie de recepción, dónde nos entregaron nuestro expediente y nos dijeron que teníamos una cita para comentarlo. Yo seguía estupefacta por el simple hecho de estar allí y en un intento de sentirme menos perdida, de buscar algo de humanidad, se lo dije a la recepcionista. Me miró por encima de sus gafas y me dijo con un deje de hastío que la mayoría no se lo espera aunque todos saben 1. que van a morir y 2. que normalmente no se sabe cuándo.

Y entonces hizo una seña hacia la pared detrás de ella y me fijé en un flamante cartel corporativo, que juraría que momentos antes no estaba, y que decía con grandes letras:

“APROVECHA CADA MOMENTO – VIVE EL PRESENTE”

Y me despidió con otro ademán, dándome a entender que estaba ralentizando la cola. Recogí el fajo de papeles y me alejé de la ventanilla. En la portada de la carpeta ponía: “planta 5979”.

“Esto debe ser enorme,” pensé mientras esperaba el ascensor. Se parecía bastante a un hotel, más que a una empresa, aunque en un primer momento pensé que estaba en la recepción de una multinacional. Pero cuando subí a la planta 5979, el pasillo que se abría a la derecha y a la izquierda era como en los hoteles, con gruesa moqueta que amortiguaba los pasos y dos hileras de puertas silenciosas a ambos lados. Un cartel justo enfrente mía indicaba, en letras doradas, que con un estremecimiento reconocí como las típicas letras de las lápidas, un listado de nombres, uno con la flecha hacia la derecha y otro hacia la izquierda… El mío era hacia la derecha, así que para allá me fui.

Toqué la puerta con mi nombre y entré.

Definitivamente era un hotel, porque me encontré en una moderna suite, decorada en tonos gris oscuro, beige y marrón, con una gran cama de matrimonio con sábanas de un blanco luminoso y un gran ventanal tras el cual se veía una ciudad llena de rascacielos, bañada por la luz del sol.

Me fui hacia la ventana, atraída automáticamente, porque deseaba saber cómo era el sitio dónde me encontraba. Pero antes de que llegara al cristal, de repente la luz cambió, la habitación se oscureció perceptiblemente y cuando miré a través de la ventana, sorprendida, estaba viendo una densa selva, todo verde y exuberante y la luz del sol filtrándose apenas entre el follaje.

“Mejor así, verdad?” me dijo una sonriente voz de mujer.

Me giré sorprendida y entonces vi que tras la mesa de comedor de la suite se sentaba una mujer que me resultó tremendamente familiar…

“Veo en tu expediente que siempre te ha gustado la naturaleza,” dijo a modo de aclaratoria, como si con eso se aclarara todo. Y siguió mirándome, entre divertida y expectante…

De repente, la habitación se llenó de más luz. La escena tras la ventana había cambiado otra vez – estábamos en lo alto de una montaña, de modo que delante nuestra se abría un valle todo lleno de verde y salpicado por manchas de colores de diferentes flores, con el cielo intensamente azul y con los picos de las montañas en el horizonte cubiertos con nieve.

“Tu lugar favorito del planeta, un bosque en verano… mmm,” la oí que murmuraba.

La escena cambió una vez más. Esta vez hasta la habitación se desvaneció y nos encontrábamos en una cabaña con el suelo y las paredes hechas de madera y tras las pequeñas ventanas cuadradas se veía un bosque. Me fijé en la puerta de la cabaña – estaba entreabierta y la luz del sol dibujaba un triángulo en el suelo, colándose por aquella rendija.

“¿Puedo salir fuera?” pregunté rápidamente y antes de recibir la respuesta, me encaminé a la puerta.

Fuera había otra mesa de madera con dos bancos, a la sombra de un altísimo tilo.

“Sentémonos aquí y empecemos,” me indicó la mujer, que había seguido mis pasos.

Nos instalamos en la mesa hecha con tablones de madera. Acaricié con mis manos  la rugosa superficie, repasé con las yemas de mis dedos los surcos, dibujé el óvalo de un nudo… Tocar la madera me hizo sentir bien. Aspiré el olor a las acículas de pino tostadas por el sol, mezclado con el dulzón aroma de las flores del tilo. Me sentí en paz.

“Así que ya te estás haciendo a la idea, eh…” dijo ella, comprensiva. Me di cuenta con sorpresa que podía leer mi estado de ánimo, y a la vez me pareció lo más normal del mundo. De repente empecé a sentir cómo todo se aflojaba en mi interior. Me empecé a relajar, pero la sensación fue placentera y alarmante a la vez, porque fue liberadora y a la vez, como si me derrumbara por dentro, como si me quedara sin huesos…

“Estás soltando los muros interiores,” me empezó a explicar ella, con calma. “Aquí ya no los vas a necesitar. Algunos vienen super tensos, no te haces idea, están incrustados como piedras y tardan en soltar… pero tú tardarás poco. Ups, este ha sido fuerte… ¿No te gustaba mostrarte vulnerable, eh?”

De repente, de mis pies empezó a manar un denso líquido negro que enseguida era absorbido por el reseco suelo, convirtiéndolo en barro.

“Eso son las emociones negativas,” me explicó ella otra vez, solícita. Me giré en el banco y estiré las piernas, para que el líquido siguiera saliendo más lejos de la mesa. Ella rodeó la mesa y se agachó a mi lado,  examinando con satisfacción la porquería que inundaba el suelo.

“Sobre todo hay miedo, tenías mucho por lo que veo… ¿Por qué viviste con tanto miedo? Bueno, ya da igual, ” se enderezó y siguió charlando: “Hay gente que viene con mucha rabia, eso es peor, porque la rabia es inflamable. Ha habido auténticos desastres aquí, cuando ha explotado por accidente… No te preocupes por el barro, se seca enseguida,” me dijo cuando ya no salía nada de mis pies. Rodeó el charco y se quedó de pie, mirándome otra vez expectante y entonces supe que vendría algo más.

Tras perder el miedo, debo decir que me sentí mejor, todopoderosa, toda llena de bondad, ilusión, alegría… pero entonces, sin poder pararlo, esa sensación grande me traspasó y noté calor en mi cara y en mis brazos y cuando levanté las manos para observarlas, vi que de los dedos salían como chorros de luz, pero también de los antebrazos, de mis brazos… se elevaba como una especie de vapor dorado y puesto que me ardía la cara, deduje que debía parecer como una especie de antorcha de cintura para arriba y supe que eran las emociones positivas, que me abandonaban, pero me daba igual. Fue genial vibrar con ellas y dejarlas salir… Entonces fue como si se abriera un agujero en mi tripa, justo por debajo del ombligo y salió por allí una especie de llamarada anaranjada y rojiza que cambiaba a un precioso rosa fucsia que viraba a morado y rosa claro y luego se volvió rojo otro vez, rojo coral, rojo oscuro, rosa otra vez… y terminó saliendo como un arco iris entero que dibujó una larga curva y se perdió.

Noté como mi cara y brazos se enfriaban y entonces ya no sentí nada en absoluto.

Todo era claridad.

Cogí el fajo de papeles y empecé a leer todas las preguntas, deseos y reproches que le formulé a la Vida a lo largo de toda mi vida.

De repente, todo era tan fácil. Tan claro, tan obvio, tan sencillo… Pero ya era tarde.

Y con un metódico movimiento, fui rompiendo las hojas limpiamente, ras ras, todas y cada una de ellas se quedaban hechas trizas, desconexos pedazos de papel que caían lentamente al suelo y algunos se quedaban pegados en el barro.

Me di cuenta que lo que fuera que había pasado, había terminado. De hecho, me sentí totalmente libre. Era una sensación maravillosa. Esa paz… como una especie de plenitud.

Entonces la reconocí a ella. Era yo, vista desde fuera. Nunca me había visto a mí misma con los ojos de otra persona, por tanto no me reconocí a la primera. Me miraba con lágrimas en los ojos.

“Podíamos haberlo hecho mejor,” fue lo último que me dijo, antes de convertirnos ambas en luz y desaparecer definitivamente.

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