La aventura alemana

A diferencia del pasado viaje a Florencia-Toscana y del próximo viaje a la Provenza (¡qué i-lu-sión!!!), dónde he aprovechado/¡aprovecharé! para pasar un fin de semana y hacer algo de turismo…,

en el viaje a Alemania ha sido puramente por trabajo: hotel-oficina-hotel, nada de tiempo por mí cuenta.

En cierto modo, fue un descanso y me centré al 100% en lo que me trajo a Alemania: otra formación con mi nuevo departamento (¿He dicho ya que estoy encantada de formar parte de un equipo global? Pues estoy encantada.)

Era la primera vez que pisaba Alemania y pese a la proximidad geográfica y en cierto modo cultural del país que me vio nacer y dónde he vivido los primeros 20 años de mi vida (o sea, Chequia), yo me mantuve siempre inmune a todo lo alemán, por alguna aversión que no sabría explicar racionalmente, pero que está en mí y es lo bastante fuerte para que todo lo alemán me deje realmente indiferente. Por ese motivo terminé estudiando español como segundo idioma extranjero (después del inglés), porque el francés ya lo sabía y alemán como que no era opción. Y, casualidades de la vida, terminé viviendo en España… quién lo iba a decir.

Volviendo a mi viaje de negocios a Frankfurt (alias el aeropuerto de los hombres trajeados corriendo apresurados), el principal desafío fue coger a continuación del vuelo, un tren (o mejor dicho, el tren correcto, saliendo del andén correcto, en dirección correcta y aclararme con el sistema de asientos reservados y libres), pero superé la prueba con sorprendente facilidad y tras otras dos horas de viaje, terminando ligeramente mareada porque necesitaba trabajar con el portátil durante el viaje y el traqueteo del tren y la vista enfocada a la pantalla de SAP no fueron muy buena cosa para mi estómago; me quedaba un último desafío: el taxi alemán. Salí de la estación del pueblo que era el destino de mi viaje y no había ningún taxi a la vista, ni parada de taxis, ni nada, pero había un grupo de hombres trajeados con maletas esperando en un extremo del parking, así que ni corta ni perezosa, les abordé y tuvieron la amabilidad de confirmarme que estaban esperando el taxi, que aquello era el sitio correcto (supongo que habrían visto parar, coger pasajeros e irse algún taxi, porque  de verdad que no había cartel) y en un ataque de inspiración, les pregunté a qué hotel iban y ya que iban al mismo que yo, se ofrecieron a llevarme. Lo cual me vino de perlas no sólo por ahorrarme el pago, pero sobre todo por no tener que lidiar con un conductor que sólo habla alemán. Estos señores venían de Holanda y el más suelto, con el que congeniamos enseguida, hablaba alemán, además de inglés. Así que se ocupó de la parte de conversación inicial con el chófer y luego cuando ya estuvimos recorriendo el pueblo dirigiéndonos al hotel, se dedicó a charlar conmigo. Era muy majo. Me recordaba a mi tío, que era director comercial y tenía la misma facilidad de trato.

Así que llegué al hotel, llegué a la habitación, sorprendentemente acogedora y bastante cómoda… y me preparé para la cena de bienvenida… Con la mente puesta ya en los dos días siguientes de reunión y formación en la sede central de mi empresa, que estaba deseando conocer.

Y la verdad es que tras pisar el maravilloso campus, recién construido, gigantesco, impresionante, me quedé realmente impactada. Sea por el cuidadoso diseño, sea por las claras tendencias de preocupación por cierto bienestar del empleado, de las que oyes hablar como que “en Google tienen esto y lo otro” – pues de repente, lo estaba viviendo en vivo y en directo… Como que en la central de mi empresa, mis compañeros pueden subir a una terraza en la azotea para relajarse y desconectar (con árboles, sillones y unos parterres llenos de flores y curiosamente, de fresas del bosque…), tienen clases de yoga para empleados, pueden tomarse un helado en una heladería italiana (que no tiene nada que ver con helado italiano, pero en fin… parece que funciona. A mí me hicieron un capuchino con leche de soja bastante decente). A mediodía hay servicio de comida en una cantina con comedor lleno de luz y tan bien diseñado acústicamente que pese a comer allí 600 personas charlando animadamente a la vez, puedes mantener una conversación tranquila en tu mesa… y los platos estaban muy ricos.

Me encantaron todas las zonas comunes entre los edificios llenas de flores y árboles, con mesas y cobertura wifi en todo el recinto para poder trabajar al aire libre si te apetece; y por otra parte todas las oficinas estaban llenas de macetas con plantas de interior… Pregunté quién se encargaba de regarlas y me dijeron que “había personal”… y me sentí absolutamente alucinada cuando al día siguiente, (mientras me  tomaba el capuchino de leche de soja a media mañana), pudimos observar en una de las paredes de cuatro pisos a dos hombres colgados con arneses desde el tejado, cada uno con un trapito, limpiando laboriosamente y pacientemente, hoja por hoja, el polvo de un jardín vertical…

Tras conocer todo esto, la verdad es que la sensación que tuve fue como encontrarme en otro mundo, o en otro planeta. Dentro de la Alemania gris e insulsa (el ordenado mundo germánico que me parece antinatural y soso) hay un pequeño jardín de Edén, dónde todo es alegría y da gusto venir a trabajar 🙂 Esa fue la impresión que me llevé y soy consciente de que nada es perfecto y que soy fácil de ilusionarme, pero es que me hacía ilusión estar allí y me dejó impresionada, qué queréis que le haga.

Tal vez sea porque nos hicieron días soleados y alegres, o porque en mi equipo hay muy buena energía (muchas ganas, mucho trabajo, mucha implicación por parte de los jefes…) y buena sinergía (gente comprometida y experta en lo que hace)… porque la formación estaba enfocada a cosas útiles del día a día y hábilmente complementada con mucha interacción y vida social (qué risas durante la cena del segundo día y qué bueno el jefe de mi jefa, instándome a “pasar el período de prueba” a base de chupitos… superé la prueba, debo decir 😉 )

Pues la conclusión es que me lo pasé genial.

Éramos un grupo variopinto: un compañero Japonés, venido de Japón, o bien muy tímido o bien aturullado por el jetlag porque casi no abrió la boca, pero sonreía mucho… dos Inglesas de las cuales una es de origen Hindú – una chica preciosa, de piel morena, larga melena negra, ojos oscuros…vegana y muy espiritual, hicimos rápidas migas durante la cena y nos embarcamos en conversación súper profunda sobre el sentido de la vida… luego cada vez que nos encontrábamos me daba unos abrazos muy afectuosos, pero yo se los devolvía con ganas la verdad…; dos Francesas (una mi jefa, que por cierto cuando habla en francés velocidad metralleta y lleno de giros se convierte en una mujer totalmente diferente… y la otra una de “sus chicas” – del equipo francés, con los que más interacción tiene porque está más con ellos, con la cual por cierto congenié mucho, porque resulta que nacimos las dos en Septiembre, yo el día 5 y ella el día 7, y tenemos algo en común en nuestra forma de ser – nerviosas, alocadas, hiperactivas… – además del hecho de estar las dos divorciadas y madres de un niño, el suyo un poco más pequeño que el mío), otra compañera Belga que tenía pinta de ser una mujer que ha vivido mucho (a mí me recordaba las prostitutas de mirada resabida de las pinturas de Toulouse Lautrec), el jefe de mi jefa que es Alemán pero de ascendencia Italiana, rasgos totalmente latinos, bajito y de carácter súper afable (excepto cuando se puso a discutir con un compañero Alemán que nos vino a dar una charla incomprensible sobre el sistema de cuestionarios de calidad… yo no he visto persona más despistada que este que se supone que se dedica a la Calidad). Es que fue muy bueno: trajo un cartel hecho a mano – que portaba un becario que por lo demás no abrió la boca ni se sentó, se limitó a estar de pie solemnemente en un rincón, como un fantasma – que no se les ocurrió otra cosa que sujetar todo el cartel en el flipchart con un trocito minúsculo de celo, con lo cual todo el cartel se le cayó varias veces durante la exposición – con un diagrama dibujado con tropecientos mil colores, lleno de post-it que se le caían antes del tiempo o no se despegaban cuando quería… y cuya gran idea de flujo de trabajo tan laboriosamente preparada no convenció a ninguno de mis dos jefes :-))) Así que, mientras el compi de Calidad, ligeramente rojo, recogía su cartel hecho a mano, volcaba el vaso de agua y se le caían los bolis, mi jefa me susurraba, rodando los ojos: “¡Una vez estuve dos horas con él y no me enteré de nada!”

Y por último, estaba el equipo local alemán alias el “séquito personal” del jefe Italiano-Alemán, por lo menos a mi parecer… Es que era cuanto menos llamativo: se trata de un grupo compuesto por chicos jóvenes, altos y guapos – 5 en total. Me tenían fascinada desde que aparecieron por sorpresa en la cena de bienvenida el primer día – yo no tenía ni idea de quiénes eran y parecía que habían contratado una compañía masculina para amenizar la velada. En los días siguientes cada uno nos dio una parte del training así que pude comprobar que son en efecto compañeros y además muy buenos en lo que hacen… pero sigo pensando secretamente que al jefe de mi jefa le alegran la vista, ya me entendéis… o a lo mejor simplemente le gusta rodearse de energía fresca.  Los chicos  le trataban con máximo respeto, así que debe ser un buen jefe para ellos.

Y por último, para cerrar el grupo, estaba yo, la “Española” que parecía Alemana (de hecho, una de las personas que nos vino a dar una formación sobre un tipo de producto que vendemos y que es un poco complejo de saber las diferentes piezas y tal, cuando nos estuvimos presentando, me dijo directamente, muy extrañada: “¿Pero tú eres de aquí?”)

Sí, otra cosa no pero en Alemania, encajé en la media con mi físico. Sobre todo la altura y sobre todo comparada con otras mujeres… y me gustó, me sentí más… libre. Aunque tenía sus inconvenientes – como una señora mayor en el tren que me tomó automáticamente por Alemana y me soltó una retahíla mientras se sentaba afanosamente a mi lado, de la cual yo no entendí ni papa y tampoco me pareció necesario advertirla en inglés que no la entendía, porque seguramente no me entendería ella a mí, así que me limité a sonreír y la señora se quedaría tan contenta, habiéndose desahogado y además viendo la “juventud” (sí, me consideré joven a su lado – me recordaba a mi abuela de hecho) tan exquisitamente educada, que se limita a un respetuoso silencio… Jejeje.

A quién más conocí… a la persona – una mujer – que crea y graba los precios. Resulta que en la central de una empresa con 7 u 8 mil empleados por todo el mundo, hay una sola persona quien puede crear precios de lista (y grabarlos en SAP para cada país – ella). Yo le mando muchos emails la verdad y fue una sorpresa agradable poder conocerla en persona, porque cuando le mando los emails ahora, como que siento más que hay alguien al otro lado… Yo no quiero ser mala, pero es una mujer de casi metro noventa y bigote rubio bastante desconcertante y ligeramente bizca, así que oyes… como para no recordarla…

(menos mal que es poco probable que me lea nunca, sino no podría eso nunca… )

No me malinterpretéis, igual que me fijo en todas las peculiaridades de la gente, soy consciente de las mías… a mí me encanta cuando la gente no es “perfecta”. De verdad creo que somos todos únicos e irrepetibles y con el físico pasa una cosa – es tan subjetivo… y lo que ilumina a las personas es su personalidad… hay personas que son como antorchas de la belleza interior que tienen. No hace falta ser perfecto. Basta con ser la mejor versión de tí mismo… sin obsesionarse.

Es como que… ¡me declaro fan del lado feo! “Ama tu lado feo” dice ahora mismo una cadena de comida rápida, regalando con el menú infantil unos muñecos “feos” a propósito, pero personalizables al gusto… y con eso se confirma aquello de que “la belleza está en los ojos de quién mira”… y es cierto.

Todo es cuestión de actitud. Seguramente me lo pasé tan bien en el viaje a Alemania porque estaba y estoy dispuesta a pasármelo bien y las cosas van saliendo – ese próximo viaje a la Provenza… ya estoy oliendo los campos de lavanda en flor… porque los voy a pillar… ya estoy oliendo la sal en el aire del pequeño puerto del pueblo dónde me voy a alojar… ya estoy viendo en mi retina el famoso azul de la Costa Azul…

Así que sobre la aventura francesa… ya os escribiré.

Y con esto – y un pretzel (a mi hijo le encantan así que le traje uno, además de un puzzle que construimos juntos el otro día) – termino por hoy 🙂

Como siempre, aunque no lo pongo habitualmente, MIL GRACIAS por leerme.

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