Un día en la Toscana

Hay que ser valiente en esta vida.

Hace dos meses, en un viaje a Segovia, tras meditarlo durante toda la tarde, sentada en una tranquila plaza con vistas a los campos que rodean la ciudad, tomé una decisión muy importante: decidí aceptar una propuesta, decidí aceptar un desafío, decidí lanzarme a la aventura… decidí cambiar de puesto, empezando de cero.

Y lo hice. Me he metido de lleno en un departamento nuevo, aprendiendo a hacer una cosa totalmente diferente de lo que había hecho hasta ahora. Al principio la sensación que tuve era como “no, otra salida de la zona de confort nooo”… y esta primera etapa de aterrizaje en el puesto nuevo… ha sido muy estresante por momentos (y sigo sintiéndome un poco descolocada, porque ha sido muy repentino y por momentos me cuesta “ubicarme” en esta nueva realidad que ha surgido de imprevisto, pero decidí agarrar la oportunidad al vuelo, nunca mejor dicho…)

Y en el fondo estoy muy orgullosa de mí. Y una de las cosas buenas de mi nuevo puesto es que al ser parte de un equipo global, con compañeros y jefes diseminados por toda Europa, es que cuando organizan formaciones, me toca viajar… Y así fue cómo llegué a parar en Florencia.

Como ya habréis leído, me fui el fin de semana de antes y aproveché para hacer turismo por mi cuenta, porque Florencia es una ciudad llena de arte que sin duda merece la pena visitar.

No sólo era eso.

De alguna manera fui consciente que de no haber sido por la decisión, nunca habría hecho ese viaje, así que era también una especie de homenaje, una especie de recompensa por todo el esfuerzo extra que tuve que desplegar para sobrevivir a ese cambio.

Cuando estuve buscando en Internet para comprar las entradas de los principales museos de Florencia con antelación, para evitarme las colas, me topé con el anuncio de una excursión por la Toscana, de un día entero de duración… que incluía visita a Pisa, visita a un pueblecito  San Gimignano, comida en unas bodegas de Chianti y visita a Siena… me pareció perfecto.

Ya que iba, decidí aprovechar la experiencia al máximo.

La ilusión que sentía es difícil de describir.

Resulta que hay una película… “Bajo el sol de la Toscana”, con Diane Lane… que he visto unas cuantas veces… no sé cómo ha llegado a parar en casa, pero el caso es que tengo el DVD y es de esas pelis que puedo ver una y otra vez, peli romántica y optimista que te hace descansar… Es bella, llena de imágenes impresionantes, tiene todos los tópicos sobre la vida en la Toscana y también tiene un montón de reflexiones profundas sobre la vida en general (sin resultar aplastantes, sino amables) y la historia de la protagonista, una escritora recién divorciada reconstruyendo su vida, siempre me llamó la atención… así que de repente me sentía como ella, viviéndolo en carne y hueso.

Estaba deseando descubrir Toscana por un lado y por otro, descubrir qué me iba aportar ese viaje a nivel interior, si me encontraría con algún aprendizaje, qué experiencia me llevaría de todo eso.

La primera parada fue Pisa. El famoso lugar de la torre inclinada… hacía un día con sol y nubes, ni frío ni calor, era una mañana fresca de un día radiante… Y lo que más me llamó la atención, al entrar por el arco de la muralla, es que la torre inclinada es efectivamente inclinada… ¡no me la imaginaba tan así! En serio, parece a punto de caerse…

Habíamos salido muy temprano (a las siete de la mañana) y yo quería tomarme un café en condiciones durante la hora de tiempo libre que teníamos en Pisa… pero al ver los edificios, se me olvidaron las ganas del café y todo y me lancé a hacer fotos y recorrer el recinto, admirando todos los detalles, absolutamente maravillada…

En el autobús hice rápida amistad con una mujer gallega, una profesora de instituto que estaba en Florencia en un curso de yoga y que venía preparada para un viaje en solitario, equipada con un “palo selfie”, pero al juntarnos, nos dedicamos a hacernos las típicas fotos haciendo como que sujetábamos la torre etc. la una  a la otra (que no nos salieron bien así que no pongo ninguna por eso) y la hora se nos pasó volando, entre risas y poses.

Lástima de café mañanero porque nos esperaba el trayecto más largo de la jornada, casi dos horas de recorrido por la Toscana.

El campo estaba todo verde, los viñedos con las jóvenes parras de un verde claro, los  bordes de los caminos con bancos de flores silvestres de todos los colores… Y sospecho que el autobús nos llevó aposta por una sinuosa carretera secundaria, para disfrutar las vistas de todo eso: las suaves colinas, los pequeños valles que se abrían entre ellas, incluso atravesamos un bosque…. Hasta que divisamos en lo alto de una colina la silueta del pueblo de nuestra siguiente parada.

Era San Gimignano alias “el Manhattan medieval”, porque está lleno de torres de piedra, que eran como símbolo de poder en aquella época. Por lo visto en su momento había cientos de torres, de las cuales hoy en día se conservan sólo unas decenas, y aún así la vista de lejos es impresionante. Seguía haciendo un soleado día con cielo azul salpicado de esponjosas nubes blancas.

 

Montse y yo íbamos como en un cuento, recorriendo las estrechas calles de piedra, entre casas medievales, sacando fotos y con sonrisas de oreja a oreja, las dos encantadas con la experiencia. Recorrimos el pueblo y llegamos a una especie de mirador, dónde vivimos un momento realmente mágico – delante de nosotros se abría la vista a la campiña Toscana, hasta dónde la vista alcanzaba, una ondulante sucesión de viñedos, verdes campos, hileras de cipreses y alguna que otra finca de paredes anaranjadas… bajo el magnífico cielo lleno de nubes de mil formas… y todo eso acompañado de los acordes de un guitarrista, que tocaba dándonos la espalda, como si tocara para ese precioso paisaje. Así que mientras contemplaba, sobrecogida, las vistas, iba oyendo los acordes, desgranando una melodía triste y hermosa, como una banda sonora de infinita belleza, subrayando el momento.

Me senté un momento en un murete y me dediqué a memorizar todo ese momento, que era de pura felicidad… y me sentí afortunada por haber llegado hasta allí y estar allí, en ese preciso momento en ese preciso punto de la tierra, con esa sensación de ligereza y satisfacción…  y me di cuenta que había sido yo, la que había creado esas circunstancias y ese momento. Y me di cuenta con cierta tristeza que a lo mejor la vida sólo es eso… momentos perfectos que creas tú mismo para tí mismo… que es súper difícil conseguir algo así en pareja, supongo. Y me dio pena no poder compartirlo con nadie, pero a la vez me sentí conforme, me sentí acompañada y feliz por mi propia compañía.

Montse, mi nueva amiga gallega, también pasó un divorcio, crió a su hija sola unos cuantos años hasta que rehizo su vida con un hombre maravilloso y hoy en día está felizmente casada… y hablando un poco de todo, me dio un consejo muy sabio:

“Primero has de quererte a tí misma.”

Esa fue la sensación que tuve.

Se hizo la hora de volver al autobús. Para mí el punto álgido de la jornada había sido ese momento con vistas a las colinas que rodean San Gimignano, ese momento de paz y armonía y de liberación al vivirlo a solas y darme cuenta que era perfecto así.

El resto del día, lo seguí viviendo como un extra, como más raciones de felicidad y momentos impresionantes. La comida, debo decir, no era muy buena… los macarrones al dente estaban prácticamente crudos, aunque el olor del ragú alimentaba por sí solo… pero el vino estaba muy bueno.

Y nos tocaba todavía Siena, la parada final. En Siena el día se nubló por fin (daban lluvia), pero nos refugiamos en la catedral, impresionante por cierto… y cuando salimos, ya no llovía, simplemente el cielo estaba gris, con una mancha luminosa en un punto, tras la cual se intuía el sol. Esa luz difuminada por la capa uniforme de nubes le daba a la ciudad una apariencia diferente, en ausencia de las negras sombras y contrastes que suele producir la luz directa del sol… todo se veía como en un plano, claro, desnudo… como en la mesa de un quirófano. En cierto modo, fue hermoso contemplar la ciudad así… lista para diseccionar y analizar.

El punto de encuentro final era en la famosa Plaza del Campo, dónde tienen lugar las carreras de caballo. Me fijé en que en algunos balcones había gente sentada tomando algo y me acordé de mi café mañanero… por fin había llegado el momento. A veces, durante los recorridos turísticos, más que hacer miles de fotos, lo que a mí me gusta es tomar algo en una terraza o algo así y observar la vida alrededor… así que nos subimos a la cafetería, pregunté si había sitio en la terraza, casualmente había y así terminamos el día sentadas en una estrecha terraza, con la Plaza de Campo a nuestros pies, disfrutando un espresso doble y una deliciosa tarta de chocolate negro, con el olor a lluvia suspendido en el aire… Para mí ese momento, relajada tras todo el día de impresiones, es otro de los recuerdos claves de ese día.

 

Y entonces volvimos al autobús, volvimos a Florencia, nos despedimos y finalizó un día intenso, que me hizo olvidar por completo mi día a día. Fue como un impass, una desconexión, como un borrón y cuenta nueva…

Así que no es de extrañar que cuando el último día de mi estancia en Italia, tras la vorágine de los días de trabajo, estuve sentada en el aeropuerto de Florencia esperando el vuelo de regreso, y mi mente volvió a revivir esos momentos a solas conmigo misma, y repasé esa sensación de conexión que tuve durante el fin de semana… me di cuenta que me sentía completamente diferente que cuando aterricé en ese mismo aeropuerto 5 días antes.

Y eso es un efecto que tienen algunos viajes… que te cambian por dentro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s