Florencia

Es curioso cómo algunos sitios te hacen sentir tan bien.

Acabo de pasar un fin de semana inolvidable en Florencia.

Es lunes por la noche, estoy sentada en mi segundo alojamiento de este viaje que ya se ha convertido en de negocios, me encuentro en un hotel a las afueras de Florencia, en el hotel corporativo de turno, frío e impersonal (y mal decorado); fuera hace un día de intenso viento, cielo encapotado de un gris uniforme y mientras tecleo, aparte de un lejano ruido como de autopista, de vez en cuando oigo unas potentes ráfagas de viento que no contribuyen a una sensación de bienestar precisamente; estoy agotada tras un día intenso de reunión, me siento sola y extraña en esta habitación de estilo minimalista y triste y además tengo hambre, pero aún así… En cuanto cierro los ojos, en cuanto dejo la mente volar… una sonrisa brota en mi cara, porque mi interior resplandece como un campo de girasoles bajo el intenso sol de la Toscana y una sucesión de imágenes placenteras y recuerdos de pura alegría cruzan mi mente como las filas de cipreses lo hacen con la campiña toscana…

No sé qué me ha podido gustar más…

Si las grandes pinturas de la Galleria Uffizi, si el David de Michelangelo y las otras estatuas de mármol, tal vez de autores menos reconocidos pero igualmente talladas con extrema maestría, transmitiendo auténticos estados de ánimo sea por la postura, sea por las expresiones de desconsuelo, embeleso, ternura… de sus rostros pétreos (es decir, es alucinante como una cosa fría y estática como el mármol, tallado con maestría, puede reflejar movimiento y emoción, como puede atrapar un instante…) O si fue simplemente el pasear por la ciudad, dónde cada calle, cada plaza, tras doblar cada esquina, respiran historia y encanto a cada paso… Y la sensación de libertad por ir totalmente a mi bola y hacer el viaje a mí gusto.

No sé qué sentido disfrutó más – si fue la vista, disfrutando de la panorámica de la ciudad desde la Piazzale Michelangelo, con puesta de sol incluida y el Duomo y Palazzo Vecchio que parecían dos juguetes; o apreciando los detalles de la ciudad de cerca, examinando sus rincones más recónditos: como las exquisitas joyas de oro y piedras preciosas resplandeciendo tras los escaparates de las tiendas del Ponte Vecchio (que visto desde lejos, cualquiera sospecharía que en realidad el puente es como un gigantesco joyero, imagen que se acrecienta si te paseas por el puente a última hora de la tarde y ves cómo los vistosos escaparates llenos de collares, anillos y pulseras de oro y piedras preciosas son recogidos y las tiendas desaparecen tras los postigos de madera rematados en hierro, convirtiéndolas en unos instantes en pequeños cofres o cajones cerrados a cal y canto).

O si fuera el tacto, imaginándote como se deslizarían por tu piel las prendas de materiales como la seda o el cachemir del más puro diseño italiano y perfecto acabado y precios de tres cifras, discretamente etiquetados dentro de las boutiques…

O si fue el gusto, con las miles de trattorías, ristorantis, osterias y gelaterías a cada paso (y yo buscando infructuosamente un sitio dónde comprar un desmaquillador de ojos que se me olvidó en Madrid… no lo conseguí).

O si fue el olfato, con ese olor a cuero de los cientos de tiendas de productos de cuero, o el olor a trufa negra, o el olor a masa de pizza horneada, impregnando las calles…

O el oído, escuchando simplemente el melodioso idioma italiano…

Florencia me pareció… bella y sensual como la Venus de Urbino (por cierto, no podía despegar los ojos de ese magnífico lienzo).

Me pareció opulenta, como las montañas del “gelato” de todos los colores y sabores, amontonadas tras las vitrinas refrigeradoras…

Y me pareció que hacía… que hace continuos guiños al amor, como los bombones  al estilo de las violetas de Madrid, pero hechos con “Rosa di Amore”… o los hábiles vendedores ambulantes con grandes manojos de rosas, que van parando a las parejas por la noche y ofrecen al hombre una larga rosa para su dama (prácticamente le obligan a comprarla)…

Yo no tengo a nadie quién me compre rosas ahora mismo…

Pero como dice  la película “Bajo el Sol de la Toscana” (que casualmente habré visto unas cuantas de veces… Y quién me iba decir a mí que llegaría a vivirlo en persona… Me refiero a recorrer la Toscana, tras un divorcio y escribiendo…):

“La vida te ofrece miles de oportunidades… sólo tienes que escoger una”

Y recordando otra frase de otra película: si “la vida es como una caja de bombones”… Que sean por favor los de la tienda de chocolates Venchi – “Buono Buonisimo”… Doy fe!  Están deliciosos… 😊

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s