Papiroflexia

He intentado hacer un origami de grulla y me he perdido en el tercer paso 🙂 Recuerdo cuando era pequeña, que mi madre sabía hacerlo…

De lo que quería escribir hoy de todas formas es de otra cosa. Hoy os voy a contar un cuento…

Había una vez un país habitado por hojas de papel. Hojas, pliegos, folios, cuartillas… todo el mundo sabe lo que son. Pero no os creáis que las hojas andaban tal cual, lisas… No. Desde pequeñitas, les enseñaban a doblarse. En un principio, se suponía que con esos dobleces se creaban formas hermosas y perfectas, como las figuras del origami japonés… y que así todo habitante de aquel extraño país mejoraba o tenía la oportunidad de convertirse en algo precioso. Pero el orden y la ejecución de dichos dobleces, para realmente convertirse en algo muy especial, era complejo y se requería constancia, paciencia y precisión… y las hojas precisamente no eran famosas por tener esas cualidades. De modo que para sacar lo mejor de sí mismas, tenían que vencer lo peor – su propia impaciencia, pereza, frustración fácil… Pero no lo conseguían, de modo que el arte de las figuras más hermosas se fue perdiendo y al final, en los días en los que transcurre nuestra historia, ya casi no había figuras verdaderamente limpias y bien hechas.

La mayoría de los habitantes iba en forma de barquitos de papel. Era lo más fácil, lo que todo el mundo dominaba, era rápido, cómodo, sencillo… así que era a lo que se apuntaban la mayoría. Ser un simple barquito de papel no estaba mal, si te conformabas, podías encontrar mucha belleza en esa pequeña estructura de ángulos y dobleces que te llevaba a adoptar esa sencilla forma, simple pero decente.

El problema era que las hojas, por su naturaleza, además de impacientes y poco constantes, eran ambiciosas y ansiosas. Querían ser algo mejor, algo más… era el deseo frustrado de alcanzar las complejas y hermosas formas de las figuras más elaboradas, como una invisible fuerza que impregnaba cada milímetro cuadrado de sus superficies, entretejida entre las fibras de celulosa y disuelta en el agua conque estaban hechas. Esto hacía que las hojas continuamente competían entre sí y se enzarzaban en disputas y peleas.

Las hojas tenían una peculiaridad – cada vez que se sentían agravadas, inseguras o dolidas, se les formaba un nuevo pliegue involuntario, formando un pequeño pico puntiagudo.

Con toda esta mezcla de  características, no es de extrañar que las hojas en aquel país iban hechas unos cristos y el ambiente en general no era muy agradable. Nadie sabía cómo resolverlo y parecía que las cosas iban cada vez peor.

Entonces, un día, sucedió una cosa insólita. Una hoja extranjera vino a habitar entre todas esas hojas dobladas y retorcidas en ángulos imposibles, incómodas y a la defensiva todo el rato… y de repente, esta hoja extranjera causó sensación, porque iba totalmente abierta, lisa, estirada… con sus cuatro esquinas y sus cuatro cantos nada más.

Pero aquello no era todo. Aquella hoja además lucía un extraño dibujo por ambas caras: era una hoja escrita.

Las hojas dobladas le preguntaron con curiosidad: “Qué son esas líneas negras que forman extraños dibujos que parecen seguir un patrón de líneas, pero están llenas de florituras?”

“Son letras, que forman palabras, que forman un poema,” contestó la hoja extranjera y les recitó el poema, que era un canto al amor escrito por un poeta, brotado de su mismísimo corazón y que la hoja lucía orgullosa, como un pequeño tesoro que sin duda era.

Aquello fue la revolución. Nunca en siglos a ninguna hoja se le había ocurrido, en lugar de doblarse y encogerse sobre sí misma, quedarse replegada y abierta… ¿y dejarse escribir encima? No sabían ni siquiera que existía tal posibilidad…

Pero, animadas por el ejemplo de su valiente compañera, pronto más y más hojas se iban relajando, deshaciendo los pliegues y ángulos y picos puntiagudos, alisando las aristas, mostrándose simples y vulnerables, pero al instante, en ese preciso momento de abrirse al mundo, obtenían una preciosa recompensa: eran tocadas por las puntas de las plumas que les hacían suaves cosquillas al rasgar sus superficies y plasmar en ellas poemas, canciones y hasta dibujos,

convirtiéndolas en unas hojas diferentes, pero muy felices, portadoras de esos mensajes preciosos que, y eso era lo más alucinante de todo, alegraban y relajaban a las demás, haciendo que todo el país mejorara notablemente.

Y entonces, al mejorar el ambiente, todo se suavizó y las hojas empezaron a conseguir concentrarse y esforzarse un poco más… y empezaron a recuperar la antigua habilidad para crear formas complejas y alucinantes… porque trabajando con paciencia y perseverancia, los pasos de repente se revelaban por sí mismos. El ancestral conocimiento volvía a ellas, porque siempre estuvo allí, lo único que por sus propias limitaciones no eran capaces de distinguirlo.

Y así, con el valor de unas pocas (de dejar de luchar, de relajarse, de abrirse, de recibir y de mostrar algo hermoso…), mejoró la vida de muchas más hojas de aquel país.

Final feliz 🙂

Y ahora, pregunta: si fuerais los habitantes de aquel país, ¿Os atreverías a ser de las hojas pioneras que se abren y se dejan escribir encima?

¡Yo sí, sin duda!!!

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