Total reset

Había sido una semana súper intensa. Época de cambios, época de esfuerzo extra, época de mucho coraje y mucha adrenalina. Es lo que tiene la salida de la zona de confort, es estimulante y estresante a la vez. Total que llegué al viernes con un nivel de estrés en el cuerpo porque por más que lo intentaba tras cada jornada, no conseguía controlar el estrés creciente ni con el yoga, ni con infusiones, ni con música relajante, ni con la meditación… Siempre quedaba una parte de mí que seguí hiperestimulada, hirviendo con ideas, preocupaciones y ambiciones y a la vez doblándose bajo el peso de toda esa vorágine que crecía dentro y amenazaba con desbordarse y explotar en cualquier momento…

Así que el viernes supe que necesitaba un “total reset”. Por fortuna tenía un plan perfecto para eso: iba a pasar el fin de semana en casa de unos amigos, en medio de la sierra.

Así que allá que me fui, dispuesta a olvidarme de todo durante un par de días.

Me subí al autobús de la primera hora de la mañana del sábado y ocupé uno de los últimos asientos libres. Con música en los cascos y observando alternativamente los restos de gomina reseca en el peinado del chaval delante mía y el paisaje primaveral y cada vez más campestre, según nos íbamos alejando de la ciudad grande, tras la ventanilla del autobús; dejé mi mente volar, disfrutando del trayecto, que discurría por carreteras cada vez más sinuosas y estrechas y dejando detrás pueblos cada vez más pequeños de la sierra… hasta que me apeé en el último, entre casas de piedra gris, con el campanario de una iglesia sobresaliendo por encima de los tejados a dos aguas formados por rústicas tejas, descoloridas por años de intenso sol.

Mis amigos estaban desayunando en una cafetería – pastelería, así que allá que me fui, deseando verles…

Son paisanos míos y les había conocido por casualidad sólo unos meses atrás y por casualidades de la vida, pasé la Nochevieja y el Año Nuevo con ellos, y por casualidades aún mayores de la vida, él no sólo es de la misma ciudad que yo, y no sólo vivió en el mismo barrio, sino que vivió en la calle de al lado de mis padres. Es una calle con las casas construidas formando un enorme medio círculo, o más bien medio óvalo… o “el Arco” cómo lo llamábamos todos. Sólo nos llevamos tres años, pero no le recuerdo de mi infancia… yo andaba con otra pandilla (de los niños de mi patio) y él, con los chicos de su edad, del otro lado del “Arco” (yo no solía cruzar allí)… Pero lo que sí, los dos recordamos las mismas tiendas, la única peluquería del barrio, los parques de los alrededores, los nombres de las calles… así que es genial poder rememorar estas cosas y el simple hecho de reencontrarte con alguien que ha nacido y crecido respirando el mismo aire, comiendo la misma comida, pisando las mismas aceras que tú, usando el mismo sentido del humor… eso sí es una coincidencia y una gozada.

La mujer de él es de la capital, me parece, aunque siempre ha vivido en el campo, rodeada de caballos. Es una mujer muy especial (con una sensibilidad muy especial, amante de los animales, de las hierbas aromáticas e infusiones caseras y las cosas sencillas pero bien hechas) y tienen una niña preciosa, una miniatura de su madre, con unos ojos azules de mirada curiosa y muy seria y a la vez, una sonrisa irresistible y pícara, de 9 meses.

Total que me apetecía verles y el plan prometía: sábado haciendo compras en el pueblo (como diez kilos de verduras para una sopa planeada para hacer al aire libre al día siguiente – lo explicaré en detalle más abajo –  y luego paseando por un pequeño mercadillo de agricultores y productores locales, comprando miel local cultivada por una sonriente señora de esponjosos pelos blancos y piel bronceada, que nos dio a probar las diferentes variedades, hechas por “sus abejas”, como recalcaba con orgullo; o finalmente comprando un delicioso pan de masa madre recién hecho en un obrador chiquitín, atendidas por la simpática dueña y maestra panadera con el delantal y la ropa blanquecina de la harina) y pasando el resto del día en la casa, al compás de las necesidades de la niña, comiendo sopa de gallina casera, sacando los perros dando largos paseos por los alrededores de la casa, con paisajes impresionantes incluido un cañón con un río serpenteando bañado en la luz del atardecer, y charlando, conversando y hablando en profundidad. Cuando estás con gente que está en tu onda, todo fluye y es genial.

Terminamos el día con unas costillas de la carnicería del pueblo hechas a la barbacoa, al natural, pero la carne estaba tan jugosa y tan sabrosa por sí sola, que no eché en falta ninguna salsa barbacoa ni miel ni otros potingues… y con unas patatas y champiñones a la parrilla, verduras al estilo “chutney” caseras y algo de ensalada, fue una cena deliciosa. Mis amigos alquilan los dormitorios de su casa en Airbnb y justo tenían una pareja con dos niñas (Españoles) super simpática pasando la Semana Santa con ellos, así que tras la cena, charlamos un rato todos juntos… y luego nos fuimos a dormir.

El domingo amaneció algo nublado y mientras desayunábamos té verde y bizcocho de nueces de la pastelería del pueblo, comentamos el tiempo – íbamos a pasar el día entero al aire libre y no queríamos que lloviera. Los inquilinos del Airbnb se despertaron y se sumaron al desayuno y yo observaba el enorme salón, bañado por la tímida luz del sol – la enorme chimenea de piedra, presidiendo una de las paredes (en Nochevieja me tuvo hechizada con el baile de las llamas del buen fuego que ardió en ella), la librería llena de libros checos, la enorme mesa de comedor, un aparador lleno de vajilla de la buena, el mimoso gato gris, mi compañero de colchón, que había dado la bienvenida al primer amanecer de este año conmigo… las paredes decoradas con coronas de plumas (mis amigos tienen una curiosa afición por todo lo relacionado con el mundo Indio, de hecho a raíz de ello se conocieron. Están muy involucrados en una especie de encuentros anuales cuando todo el mundo se viste de Indios, hace las cosas como los Indios y pasan un par de semanas viviendo como Indios, en una especie de campamento… y tienen sus nombres indios. El de ella lo he olvidado y el de él también, pero me acuerdo del significado – porque le va como anillo al dedo – mi amigo se llama en el lenguaje de no sé que tribu India: “el que cuida de los demás”), las sillas de montar a caballo apoyadas en un rincón y los juguetes de la niña desperdigados encima de una enorme alfombra, extendida a las espaldas del sofá.

Resulta que mis amigos, a través de su afición a los caballos, conocieron hace tiempo a una pareja cuanto menos peculiar. Él es un reconocido compositor de música y ella se dedica a sacar adelante una finca con caballos, como única ocupación (y algunas veces, les cuida la niña a mis amigos). Ellos a cambio, ayudan en la finca con lo que pueden. El domingo de mi finde en la sierra, a la mujer del compositor – llamémosla M. – se le ocurrió un plan – aprovechando que iban a quemar los rastrojos, decidió organizar un picnic y de paso una jornada ecológica para dar a conocer la labor de la finca (creí entender que rescatan a los caballos y los cuidan allí e intentan hacer todo ecológico y ser autosuficientes). Mis amigos me comentaron con una mezcla de admiración y resignación, que su amiga – M. – es una persona que hierve con ideas, una verdadera impulsora, pero que necesita a alguien detrás para realizar. Así, de unas primeras conversaciones meses atrás sobre el picnic cuando la quema de rastrojos, de repente en una sucesión de pasos apresurados de última hora, mis amigos se vieron preparando unos letreros hechos de madera con nombres de 10 plantas y a la vez unas tarjetitas hechas con material reciclado, para organizar una gymkana divulgativa sobre las plantas de la sierra, yo me vi ocupada cortando una cortina vieja en trozos y envolviendo unos jabones hechos a mano (con intensísimo olor a violeta) y atándolos con un trozo de cuerda, para crear pequeños obsequios para los asistentes a la jornada; ya mencioné que el día anterior habíamos comprado unos diez kilos de verduras para una sopa hecha en las brasas y también habíamos llevado tomates, aguacates y lechugas frescas y turgentes del pueblo para hacer ensalada, y además mis amigos habían prestado una olla grande para dicha sopa y habían llevado la parrilla de su casa  (de hierro) para a continuación, asar unos pollos camperos (tan camperos, que la carne y piel eran amarillas casi naranjas) y también entraña,  porque dos invitadas y amigas de M.  eran de Brasil y de Chile respectivamente y dijeron que si había brasas, había que hacer carne. Que la sopa vegana estaba muy bien pero ellas querían comer carne 🙂

Volviendo al momento desayuno, debo precisar que estábamos solas las chicas con la niña, porque mi amigo se fue antes a ayudar a la finca. Y allí nos lo encontramos cuando por fin llegamos casi a las doce, habiendo recogido por el camino a otra persona del pueblo… el intrincadísimo sistema de ayuda local entre vecinos de la sierra.

La finca está en un sitio precioso. En una ladera con vistas a las montañas adyacentes, cubiertas de bosques, los caballos se pasean libres por el terreno, que lucía verde, despejado, libre de rastrojos, gracias a la labor intensa de los días anteriores y restos de dos grandes hogueras, en una de las cuales burbujeaba la olla con la sopa, vigilada por mi amigo.

M. enseguida nos atareó a los demás, así que la ayudé a preparar mesas para unos talleres, mientras me presentaba a otra amiga involucrada: una Noruega afincada en España desde varias decenas de años, con el pelo gris, piel curtida por el sol con ese tono rosa intenso típico de las pieles blancas de la gente del norte, y unos ojos intensamente azules que brillaban como dos zafiros, con pequeños abanicos de patas de gallo a ambos lados y una ancha sonrisa, plegando la piel de la cara en más surcos e irradiando alegría. La Noruega se encontraba amasando con energía una masa de pan en un barreño grande, porque además de ser la experta en plantas y creadora – junto con M. – de la senda – gymkana de las plantas; había aportado la idea de asar unas “serpientes” de masa de pan, enrollada en unos palos recogidos en la naturaleza – otra idea de última hora que se sumó a la agenda del día que amenazaba con ser un poco caótico.

Hacia mediodía sin embargo todo quedó listo y empezaron a llegar los invitados. El cielo estaba azul, salpicado de nubes blancas, y hacía buena temperatura, ni calor ni frío, corría un poco de aire… así que nos quedamos imprudentemente sentados en las mantas a pleno sol, y digo imprudentemente, porque al final del día constaté que mis antebrazos, parte de atrás del cuello y clavículas y parte de la cara (llevaba gorra con visera para proteger los ojos pero que no daba sombra a toda la cara) eran de un saludable, aunque ardiente tono rojizo… lo que comúnmente se llama quemarse.

La jornada fue genial. Mis amigos avisaron a otra amiga Checa, cuyo marido es cineasta (para variar, otro “artista”) y suele entablar conversaciones super profundas conmigo y tienen una niña preciosa y muy espabilada de casi 5 años; y además había amigos de los anfitriones de todo tipo, mayores, padres, hijos, muchos niños… había una familia con la abuela, una vigorosa Alemana que llevaba 50 años viviendo en España, que nos ofreció a intervalos: primero una tortilla de patatas casera, luego unos huevos duros teñidos de colores (eso es una costumbre típica de Semana Santa en la República Checa también así que cuanto la vi con el cestito, decorado con una flor de narciso además, me encantó) y, por la tarde, sacó hasta un bizcocho casero… derrochando vitalidad y simpatía en todo momento. Se sentaba a mi lado a ratos para charlar e intercambiar confidencias como que el secreto de la buena salud y vitalidad era desayunar unas buenas tostadas con mantequilla todos los días. Echando la cuenta, viendo que sus nietos eran adolescentes y tomando en cuenta que llevaba 50 años en España, como me dijo… debía de tener mínimo 70 años o más… cualquiera lo diría.

 

 

En general el grupo era una mezcla de artistas, extranjeros, gente un poco alternativa (además de M. la anfitriona y su mensaje ecológico; había una madre con el pelo rizado de color oscuro veteado de canas grises “al natural” – y le quedaba precioso – con un hijo pequeño con una melena rizada que le llegaba a media espalda y cuyo nombre era el nombre de un árbol) y en general eran todos gente con buena onda.  Todos nos trajimos nuestra propia vajilla de la casa (para no usar desechables) y lavamos los platos tras la comida con agua y vinagre (para no contaminar el medio ambiente), todos bebimos agua fresca del manantial recogida en un botijo y los hombres se pasaron una bota con vino… y en general fue un día precioso, mágico e inolvidable. Los niños formaron una pandilla y corrían felices jugando, seguidos de una jauría de perros de todos los tamaños y edades y con los caballos paseándose tan tranquilos alrededor.

Después de comer, no pude soportarlo más y me subí un rato al monte, me senté sola en un pequeño claro, fijé la vista en las colinas de enfrente y en el cielo salpicado de nubes y me embargó la tristeza y la pena y dejé que me traspasaran….

Era una auténtica lástima que mi niño no pudiera venirse conmigo aquel finde y aquel día en especial. Su padre había malinterpretado el convenio regulador respecto a las vacaciones escolares de la Semana Santa (el problema era que faltaba la palabra “escolares”) y no se ponía de acuerdo conmigo y para no crear mala sangre, le cedí el fin de semana, aunque me pertenecía a mí… cediendo por enésima vez para que el niño pudiera estar tranquilo. Quedándome sin él.

Dejé que el sentimiento me embargara. Cuando pasó… me sequé la cara, respiré hondo y volví con el grupo y participé en la gymkana de las plantas, hice fotos a mi amiga sujetando la niña en el lomo de su caballo, me reí, acaricié la piel increíblemente suave y cálida del fuerte cuello de un caballo, bromeé con los demás, comí galletas caseras de un obrador del pueblo y elogié su sabor, ayudé a recoger, constaté que me había quemado, volvimos a reírnos, me despedí de todos… y volví a Madrid con una sonrisa en la cara, ligera, llena de energía, con las pilas absolutamente renovadas, las emociones ordenadas.

Y comprobé una vez más aquello de “para ser así de feliz, tienes que haber sido así de triste antes”. Y no pasa nada.

P.D. Como me dijo mi amigo, el año tiene muchos fines de semana para llevar el niño en cualquier otra ocasión 🙂

P.P.D. Me eché bien de crema aftersun y tres días después, creo que la crisis cutánea está superada 🙂

 

 

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