El último día en Praga

Los primeros días sin él fueron muy duros. Le echaba tanto de menos… físicamente, sobre todo. Echaba de menos la suavidad de su piel bajo mis manos acariciándole, el olor de su pelo, el calor y la solidez de su cuerpecito abrazado contra mí… Veía niños de su edad en el metro de Praga y se me encogía el corazón. Me topaba con una zona de juegos infantil en mis paseos sin rumbo fijo y automáticamente, pensaba: “Aquí le traería, se lo pasaría genial…” me quedaba viendo a otras madres con sus hijos en los columpios y un cóctel de sentimientos se agitaba en mi interior… Un mensaje inesperado de una mamá de un amiguito, enviándome fotos actuales del mío jugando con el suyo, con toda su buena intención, sin duda… me hizo llorar. No soportaba verlas y sin embargo las volvía a abrir con avidez, repasándolas una y otra vez… Dolía tanto que no podía hacer otra cosa que abrazarme a ese dolor y hacerme uno con él. Era demasiado grande para ignorarlo. Así que me lo llevé conmigo a todas partes. Y descubrí la verdad verdadera de aquello de que “es peor el miedo a caer que la caída en sí”.

Pensaba en todo esto mientras me despertaba a una mañana fresca, aunque el día iba a ser soleado (con nubes), de mi último día en Praga.

Una tristeza enorme por la inminente separación de mi familia, de mis amigos, del país que me vio nacer y que me proporcionó tres semanas de paz y libertad cuando más las necesitaba, convirtiéndose en un refugio maravilloso… una tristeza enorme por tener que despedirme de todo eso me traspasaba entera, haciéndome sentir como si mis brazos y piernas fueran de plomo … y a la vez, una alegría limpia y radiante se expandía en mi pecho y me hacía sentir como un globo inflado con helio.  La ilusión del reencuentro cada vez más inminente con mi niño.

Pero aún me quedaba una cosa por hacer.

Esa última mañana en Praga, me desperté y me levanté sintiéndome pesada y ligera como ya os dije. Iba como flotando en una burbuja… sumergida en un universo paralelo, mi mundo interior particular…  y salí a la calle, aparentando normalidad, pero extrañamente desconectada de todo… me fui al centro, tiritando por momentos porque había salido en manga corta y subestimé la crudeza de la Tª mínima del día; hice las últimas compras: una camiseta de manga larga lo primero, para ponérmela debajo de la que llevaba, regalos para mi niño, caprichos de una marca de cosmética checa para mí (Dermacol, buenísima…) y algún regalo para mis amigas de Madrid… y finalmente, compré un ramo de flores hermoso. Me fui aposta al centro de Praga a una floristería decente, porque no quería comprar los ramos feos y pasados de precio de la tienda del cementerio. Elegí unas cuantas gerberas naranjas y varios crisantemos amarillos y algunas ramas verdes decorativas. La dependienta ató el ramo con mano experta y yo me lo llevé con cuidado, protegido con un delgado papel verde.

Y entonces, me fui a ver a mi abuela.

Es un cementerio enorme, impregnado de quietud y silencio pese a estar en plena ciudad, pero los ruidos del tráfico no llegan a sus largas calles principales que cruzan sus 50 hectáreas en varias direcciones, sumergidas en la sombra de árboles centenarios. Innumerables caminos conducen entre las silenciosas filas de tumbas cubiertas enteramente de hiedra, bajo la verde bóveda de las ramas entrecruzadas de los frondosos árboles y la mirada perdida en el vacío de estatuas de ángeles de piedra, mientras las lápidas te penetran el cerebro con sus nombres y fechas cual pequeños dardos, clamando por ser recordados…

Casi me paso la tumba, porque el enorme tejo plantado por mi abuelo (cuyas cenizas descansan ahora bajo sus raíces) y que solía tapar la tumba por completo y hacía de distintivo a la vez que escondía la lápida… estaba cortado a ras de suelo… en los últimos años había crecido demasiado así que alguien lo cortó bien cortado (alguien del personal de mantenimiento del cementerio, supongo, a petición de mi padre o alguno de mis tíos) y dejó la tumba inusualmente despejada. Ya no se tenía que adivinar la lápida entre sus ramas tiesas, buscándola a cachos. Allí estaban, a plena luz del día, las letras doradas rezando el apellido completo de mi familia y allí estaban bien visibles las fotos de mis abuelos, mirándose eternamente jóvenes y sonrientes, tal y como deseó mi abuela antes de que sus cenizas fueran a encontrarse con las de su marido.

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Me entretuve un rato rellenando un florero en una fuente cercana, quitando el papel verde y colocando el ramo… pero ya me sentía algo extraña mientras lo hacía y cuando por fin dispuse el ramo en su sitio y me quedé mirando la imagen sonriente de mi abuela, noté cómo unas lágrimas ardientes se deslizaban por mis mejillas y tuve que arrodillarme, presa de una repentina flojera.

Allí estaba yo, su nieta predilecta, por ser la primera y la que más se le parecía físicamente (tengo su sonrisa), la niña hipersensible e hiper responsable… hecha toda una mujer adulta, con un divorcio en su historial nada menos. ¿Qué me habría dicho mi abuela de estar viva?

Deseé desesperadamente que estuviera allí y pudiera decirme algo. La sentí dentro de mí, eché de menos su perspicacia y sabiduría… y deseé una última vez un consejo imposible de recibir.

Todo el dolor, miedo, toda la soledad de los largos meses que llevaba a cuestas, todo el peso de la mierda en la que se había convertido mi día a día, todas las preocupaciones por la infancia intacta y feliz de mi hijo que estaba en juego, todo eso se agitó en mí y dejé que fluyera y entonces lloré con ganas, sintiendo una tristeza y una pesadez sin fin, sintiendo cómo la desesperación y la angustia brotaban, abriéndose paso.

Y de repente, me embargó una inesperada placidez. Las lágrimas, tal y como brotaron imparables, de repente se secaron… algo se había liberado dentro de mi pecho y la pesadez de repente era ligereza… el vacío se convirtió en calma. Supe que mi abuela allí arriba o dónde fuera en el más allá, si pudiera verme, si pudiera saber de mí y de todo lo que he pasado y lo que era mi vida, se alegraría por mí.

Pasé un largo rato sentada al pie de la tumba, reflexionando, meditando, sintiéndome en paz… saboreando una sensación de definición y fuerza.

Es peor el miedo a caer que la caída en sí.

Y luego volví a casa, dónde me estaba esperando mi padre, nos fuimos al aeropuerto, me despedí de él, me subí al avión, contando los minutos para despegar, di adiós a los verdes bosques que se alejaban de mi vista y pronto se vieron engullidos por la capa de nubes, pasé el viaje dejando mi mente volar como siempre que me encuentro a 10 mil metros de altura, aterricé en Barajas, salí de la terminal y respiré el aire seco y aterciopelado de la cálida noche ibérica de agosto, cogí un taxi, tuve una charla profunda y trascendental con un taxista culto y peruano (yo ya pienso que nada es casual… las cosas que me dijo aquella noche eran para grabarlas con cincel en piedra…) y por fin, me apeé en la acera delante de mi casa, abrí la puerta del portal con un familiar giro de la llave, aspiré el olor conocido mientras esperaba el ascensor y observaba mi reflejo en el espejo, subí los tres pisos, abrí la casa…

No sé cómo llegué a la habitación del niño. Me arrodillé al lado de su cama, sonriendo y llorando pero de la felicidad, bebiendo su imagen con mis ojos, recorriendo su cuerpecito desnudo con mis manos temblorosas, con cuidado para no despertarle… por fin volvía a su lado.

“Mamá”, dijo irguiyéndose de repente y una sonrisa iluminó su carita somnolienta.

Las tres semanas desaparecieron de un plumazo. Una alegría poderosa me traspasó y me hizo vibrar, como arrastrada por una corriente ascendente en espiral. Ninguna separación podía con nuestro vínculo.

“Hola, cariño,” le dije susurrando y le llené de besos, inmensamente feliz.

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