Calling at London

Aquí estoy en mi salón de mi casa en Madrid, con una humeante taza de un delicioso té negro con canela y naranja, comprado ayer en la centenaria tienda de Twinings en Londres, con las piernas aún doloridas tras la paliza de andar por las calles londinenses y el cuerpo a rebosar de experiencias y recuerdos.

¡Qué subidón de viaje!! Esta mañana he salido a correr por la  Dehesa, en un amanecer rosado y dorado, con mi querida mami runner jefa, corriendo con vigor y charlando a la vez y no me sentí cansada.

Luego me llevé a mi pequeño a la piscina y mientras él tenía su clase, opté por refugiarme en la zona de relajación del spa, que consiste en unas tumbonas en una sala en completo silencio (o a veces, con un hilo musical de música relajante en todo caso) y me tumbé allí durante 45 minutos, para calmar mi mente acelerada que seguía rebobinando imágenes, sensaciones, impresiones de Londres… y los 45 minutos se me pasaron en un pis pás. En serio, la sensación que tuve fue que no habían durado nada.

Luego me llevé al chiquitín de vuelta a casa y a petición suya paramos un rato en un parque, bajo el sol cegador del casi mediodía de España. Y mientras le veía trepar y descolgarse sin miedo e interactuar con otros dos niños y empezar a jugar al pilla pilla con ellos, aparte de que me seguía sintiendo super feliz, entrecerraba mis ojos, porque me parecía que el aire ardía con tanta luminosidad o que era como estar bajo una bombilla de 500 vatios de golpe y porrazo; y recordaba con nostalgia la suave luz de Inglaterra, que incluso el primer día que hizo mayormente sol, era como la cuarta parte de intensa que la luz española.

Y luego he hecho la comida y he estado jugando un rato con el niño hasta que se lo llevó su padre y ahora por fin me siento para volcar los pasados 4 días sobre el teclado.

Me siento tan feliz, contenta, sobrepasada de impresiones y emociones… no sé por qué, pero ha sido pisar la Isla y yo no paraba de sonreír, como si el famoso humor inglés estuviera suspendido en el aire y al inspirar, haya penetrado en mi cuerpo y me haya sacado esa sonrisa involuntaria, pero sincera. Desde el momento cero en el suelo londinense, en concreto en el parking del aeropuerto de Gatwick, con el simpático conductor inglés sujetándome la puerta izquierda para montar en el coche, mientras yo me fui automáticamente a la derecha… todo hacía burbujear dentro de mí una especie de risa contenida mezclada con el más sincero asombro.

Me encanta viajar y me encanta despistar a la gente con mi físico. Normalmente cuando digo que soy “de España”, no falta una reacción de sorpresa disimulada y un breve desconcierto tras la mirada. Así que suelo añadir que en realidad vivo en España, pero soy Checa, a lo cual la gente se relaja porque les encajan los estereotipos 🙂 Esto no es una cosa banal aunque no suelo meditarlo mucho en mi día a día rodeada de mujeres y hombres con fisionomía mediterránea (puesto que yo no me veo desde fuera así que no soy tan consciente de lo mucho que debo destacar) pero sí es verdad que me falta el poder satisfacer esa especie de sincronización instintiva, cuando inconscientemente tiendes a juntarte con los de “tu especie” – y me doy cuenta de ello en el norte, cuando voy por la calle y me doy cuenta de lo a gusto que me siento cuando las demás mujeres también son altas como yo y cuando hay muchos más hombres más altos que una, el deleite es total. Es algo genético supongo.

De Inglaterra me han llamado la atención muchas cosas. Además del clima cambiante (sol, nubes, lluvia, sol…), de la luz suave, de la humedad…

Me sentí fascinada por ejemplo con las típicas ventanas inglesas que se abren subiendo y bajando… Una cosa es haberlas visto en mil películas y otra es tener una de repente en tu habitación del hotel, al alcance de tu mano… me parecía tan curioso. Y al salir a la calle, verlas en una sucesión imparable de hojas de cuadraditos de cristal invadiendo las fachadas de todas las típicas casitas de ladrillo de dos pisos, con sus jardincitos delante… y las chimeneas de cuatro conductos de salida de humos saliendo por la campana rectangular, flanqueando la hilera de tejados… era todo tan inglés.

Debería precisar que pasé tres días trabajando en la sucursal de mi empresa, que está ubicada en un pequeño pueblo inglés a las afueras de Londres… así que según llegué, me vi sumergida de lleno en la “Inglaterra profunda” como quien dice, porque además me alojaba en el hotel más antiguo del pueblo y puesto que cada uno de los participantes de la reunión reservamos por nuestra cuenta, nos vimos desperdigados por diferentes hoteles por la zona, encontrándome yo algo aislada, lo cual por otra parte iba perfectamente alineado con mi propósito secreto: descubrir Inglaterra enteramente a mi manera y a mi ritmo.

Hay algo profundamente revitalizante y embriagador, para mí, en el hecho de viajar sola. Esa ilusión de descubrir un nuevo país con los ojos como platos y el alma maravillada hace un perfecto equilibrio, compensando ese pequeño disconfort debido a estar fuera de tu zona de confort (y sola), haciendo que te balancees en el borde afilado entre los dos estados: ilusión y estrés… sintiéndome viva y conectada en ese punto intermedio. Me encanta ese baile de energías cuando viajas por allí, arrojada a lo desconocido y fuera de toda rutina segura (y aburrida). Me resulta estimulante y siempre gana el lado de la ilusión. Además esa pequeña sacudida temporal de salirte de tu zona de confort es muy refrescante.

Así que iba con el secreto propósito de descubrir y disfrutar el mundo anglosajón a mi manera y creo que lo he conseguido. Aquí van mis principales impresiones:

El humor inglés:

Esto ha sido la parte fácil. Es real, existe, está a la orden del día y es maravilloso. Los ingleses serán menos extrovertidos que los españoles, diría yo, son más contenidos, estoicos, pero están bromeando todo el rato.

El desayuno inglés:

Soy de desayunar fuerte así que estaba preparada para los huevos, aún así, “la tortilla de tres huevos” que enseguida llamó mi atención en el menú el primer día, me pareció un desafío demasiado extremo para empezar el día y en un momento de flaqueza, pedí “simplemente” un “english breakfast” (desayuno inglés), para probar algo típico. Me trajeron una montaña de alubias, coronada con bacon, jamón, champiñones, tomate a la plancha y una cosa que tomé por un montón de crema agria en un principio, preguntándome dónde estaba el huevo… y luego descubrí que era el huevo, pero cocido sin cáscara supongo, así que parecía un extraño montoncito blanco de forma irregular; y acompañado de los omnipresentes toasts con mantequilla. Lamento decir que el pan pan brilla por su ausencia en Inglaterra y en cambio, el pan de molde es el rey indiscutible del desayuno… y de la comida (luego me volví a topar con él a la hora de comer, en forma de los imprescindibles sándwiches. Al cabo del tercer día ya se me salía el pan de molde por las orejas).

Estaba alojada en un hotelito pequeño, ubicado en un edificio centenario y con mucha gente local. Así que no dejaba de observar con curiosidad cómo pedían sus desayunos los ingleses de verdad que bajaban al restaurante y no necesitaban consultar el menú torpemente como yo: antes de sentarse a la mesa, eran interceptados por la camarera y entonces le pedían solemnemente (los ingleses lo hacen todo con cierta ceremoniosidad) “sólo dos huevos fritos y bacon, por favor” o “sólo dos huevos pasados por agua y alubias, por favor”.

Así que con este ejemplo en mi memoria y decidida a actuar lo más acorde al estilo de mi nuevo país de adopción (temporal, ya lo sé, pero yo estaba decidida exprimir la experiencia al máximo)… como os decía decidida a hacer las cosas como es debido, el segundo día bajé al comedor y cuando la camarera me preguntó jovialmente qué iba a tomar, antes de que me pudiera decidir siquiera por una mesa, le contesté con total soltura que “la tortilla de tres huevos… con champiñones” añadí en un momento de inspiración, al acordarme de que había opciones para personalizar la tortilla.

“Lovely,” contestó ella con aprobación y desapareció en la cocina y yo me deslicé tras una mesita con un florero con pequeñas gerberas de color rojo y no pude evitar reírme de mí misma.

El tercer día pedí tostadas con mantequilla y mermelada, para probar las jaleas de naranja de diferente tonalidad que me tenían intrigada – una color amarillo pálido, otra amarillo más dorado… y estaban deliciosas… y el cuarto día, era mi día en Londres y desayuné scones de pasas recién hechos (y artesanales, quiero pensar) en un café independiente en Portobello Street. Con “independiente” me refiero a que no era ninguna de las grandes cadenas que invaden Londres: Costa Coffee, Starbucks, Pret-a-Manger o Café Nero… que por cierto cuando lo vi la primera vez, leí mal el cartel y creí que ponía “Café Nerd” y me pareció curioso… ¿una cadena de cafés para frikis?  Estaba dispuesta a echar un vistazo sólo por el nombre tan rompedor y entonces al acercarme más, leí bien el cartel 🙂 y ya no entré. Debo decir que los sándwiches, ensaladas y wraps envasados y las cookies y muffins congeladas no me llaman la atención.

La temible cocina inglesa:

Cuando viajo, no puedo resistir la tentación de probar a hacer todo como si fuera local, lo cual incluye observar atentamente las costumbres y usos para imitarlos, me permite adaptarme a los horarios – faltaría más – y sobre todo, me lanza a conquistar un mundo irresistible de nuevos sabores… probar cosas típicas de comida es una auténtica pasión, lo confieso… pero me refiero a cosas artesanales y comida de verdad. Las omnipresentes bolsas de snacks que parece que hacen furor entre los ingleses de hoy en día me dejaron indiferentes, así como las cafeterías de comida envasada (por cierto, referente a los snacks: mis compañeras inglesas abrían los sándwiches a mediodía y añadían las patatas fritas al relleno y volvían a cerrar el sándwich, diciendo que estaba delicioso así. Yo no me atreví a probar, la verdad… ni me sentí tentada, mejor dicho).

En los tres días laborales, dos eran de reunión y había catering – sándwiches, pero hechos a mano y tenían un pase. Personalmente aprecié las rodajas de pepino sin pelar, con su borde verde oscuro… porque en la República Checa se toma así también. En combinación con unas buenas lonchas de salmón ahumado entre pan integral estaba bastante bueno. El tercer día, sin embargo, comí de sándwich y wrap envasados y los dos supieron a mayonesa y poco más…

Así que, aunque empezaba el día con cargamento de proteínas, tras las comidas a base de sándwich, en las cenas estaba deseando tomar un plato en condiciones.

Y me la jugué con la carta del restaurante del hotel.  La primera cena fue sorprendentemente buena (también elegí un plato que era difícil de estropear – salmón al horno con verduras), así que el segundo día me lancé y pedí un “curry vegetariano” con arroz, que por las verduras que llevaba me apetecía… y me trajeron un cuenco con una especie de densa salsa o sopa cremosa de color verde pálido y algún trozo de verdura flotante que picaba horrores, aunque el arroz estaba bueno, pero tomé nota mental de no experimentar más con comida oriental por si acaso.

Ya en Londres, la cena y la comida que me pillaron allí, las hice sentada y resultaron las dos una aventura, una experiencia satisfactoria y dos recuerdos imborrables que me llevo, tanto por los dos locales como por las dos ensaladas que me pedí en cada uno (después del curry incendiario, decidí mantenerme en los confines de lo seguro y me ceñí a las ensaladas de las cartas).  Pues debo decir que los ingleses modernos por lo menos saben hacer una ensalada en condiciones. La primera era con pollo, jamón serrano crujiente, aguacate y mayonesa de aguacate … y la segunda con lentejas amarillas, garbanzos, aguacate otra vez y queso feta. Muy bien aliñadas las dos y muy rica la mezcla de brotes y lechugas de base, con tomates cherry y algunas semillas… Y la cebolla roja cruda 😉

 

Otro de los puntos de mi lista mental de cosas que merecía probar en Inglaterra, era tomarme una cerveza en un pub.

En el hotel, pude ver un poco cómo era la dinámica de pedir, porque las cenas se servían en el bar (había que pedir en la barra) y el bar estaba abarrotado de gente local tomándose sus pintas (con bolsitas con snacks), pero yo no me animé a beber y menos teniendo que trabajar al día siguiente. Así que lo de la cerveza amenazaba con quedarse pendiente en mi lista pero cuando estuve decidiendo dónde comer el día que estaba en Londres, me vi en las puertas de un ruidoso y abarrotado pub inglés de varias plantas, con una terraza llena de gente local divirtiéndose y habiendo identificado una ensalada apetecible (la de lentejas y garbanzos) en el menú en la puerta, me dije: “Aquí”.

Y estoy muy orgullosa de mí porque entré en el sombrío interior del pub, en un mundo en penumbra, lleno de ruido, conversaciones, risas, con la barra abarrotada, la tele retransmitiendo un partido a pleno volumen, los camareros atareados… y no me desanimé y recorrí el local, descubriendo sus varios pisos… hasta que en una especie de entreplanta, justo se levantaron una pareja de chicas y dejaron libre una mesa en un apartado, con un tragaluz encima, bañada por tanto con suave luz, con un banco de piel acolchado súper cómodo llamando a mi cuerpo reventado tras horas de caminata a derrumbarse allí. Y además, los de al lado estaban comiendo algo (por lo demás sólo vi gente bebiendo en el local, así que no estaba segura de cómo funcionaba la cocina, si es que estaría abierta siquiera…). En esos casos, lo mejor es preguntar y justo pasó a mi lado uno de los camareros, así que le pillé por banda nunca mejor dicho y le pregunté qué había que hacer para pedir comida y él tuvo la amabilidad de orientarme (se pedía en la barra, cómo no). Cuando me vio que cogía la gabardina y la bolsa de Harrods para llevármelo conmigo a la barra, me dijo:

“No no, déjalo aquí, para que no te quiten la mesa. No se lo va llevar nadie,” añadió completamente seguro y para tranquilizarme. Y en ese momento comprendí que me había metido efectivamente en un sitio de gente local en pleno Londres, porque en cualquier sitio de turistas lo primero tienes que cuidarte de los carteristas etc. Así que, sintiéndome muy londinense, dejé allí las cosas y me fui a la barra a pedir mi ensalada y mi cerveza… eso sí, me pedí una Pilsner (es cerveza checa) de barril, ya que la tenían, porque no quise tentar más mi buena suerte y jugármela con algún “explotacerebros” súper fuerte de la oferta de cientos de cervezas de todo el mundo que tenían.

 

Descubrir Londres:

Este post se está convirtiendo en el más largo de este blog, ¡me parece a mí!! Lo siento 🙂

Bueno. Hay miles de guías de viaje sobre Londres, miles de cosas que ver y miles de enfoques que se le quieran dar a la visita según los intereses de cada uno. Yo quería, en esta primera toma de contacto y visita relámpago, poder decir que he estado en Londres y quería de alguna manera sentir la ciudad bajo mi piel, así que mi prioridad era esa – sentir la ciudad. Ser consciente de cada momento, vivirlo… y puesto que me iba a mover por el centro, muy probablemente toparme con monumentos o los sitios más emblemáticos de paso.

Pero, en realidad, ¿porqué tengo que ir a ver un palacio que a mí personalmente no me parece ni bello ni impresionante, solamente por el hecho de que sea “el Buckingham Palace”? (en serio, es bastante feo. Además el día que casualmente llegué a sus verjas a las 11:30, no había ceremonia de cambio de guardias, así que tras admirar la severidad de la expresión de la reina Victoria en la imponente estatua que se halla delante, seguí mi rumbo).

O sea, me parece que hay una especie de locura alrededor del típico viaje por turismo, cuando te lanzas a ver y admirar cosas sólo porque alguien te ha dicho que eso es lo que tienes que ver y lo que has de admirar en esa ciudad y lo que me molesta son dos cosas:

  1. ni te lo planteas, lo haces por hacer y esa es una actitud de la que estoy tratando de huir en mi vida
  2. esos lugares suelen estar abarrotados de hordas de turistas (porque la absoluta mayoría no se lo plantea) y entonces es simplemente incómodo estar allí

Lo cual no quiere decir que por ejemplo Notre Dame (en París) no me parezca sobrecogedora, hermosa y mágica. Pero por ejemplo los Campos Elíseos y las Tuillerías, que es el recorrido que te hacen hacer todas las guías de viaje, me parecen una pérdida de tiempo. Pero claro, a ver quién es el guapo que se atreve a decir “he pasado de los Campos Elíseos, no he ido” :-)) Bueno, yo quise hacer mi pequeña rebelión turística en Londres y ver o no ver monumentos me daba igual. Quería vivir la ciudad.

Aún así, he visto lo más imprescindible (menos el Big Ben, porque está completamente andamiado y tapado, con trabajos de mantenimiento y restauración) pero sobre todo, he vivido pequeños momentos inolvidables… Empezando la aventura un viernes por la tarde, dejándome llevar por el tren Thameslink tras una intensa jornada de trabajo en la oficina, dirigiéndome a mi hotel de Londres, escuchando la banda sonora de The Greatest Showman en los cascos y sintiéndome muy lugareña, pensando en que esa sería mi vida diaria si viviera en Londres…  Admirando manojos de ruibarbo de color rojo y verde en el mercadillo de granjeros de Portobello Road Market (me encanta un pastel de ruibarbo que solía hacer mi madre, pero a quien recuerdo sentado en la mesa de la cocina, limpiando las pencas y cortándolas en juliana con paciencia, es a mi padre que adora ese pastel… Y fue quien me animó a probarlo cuando era niña) y entonces, viendo las exuberantes verduras enseguida recordé el característico sabor  ácido y dulce invadiendo mi boca y con una punzada de nostalgia recordé a mi padre sonriendo, mientras devoraba su propio pedazo de pastel…  Montando en el primer piso de un autobús rojo, con la sensación de ir volando por las calles de Londres, porque van rápido (o igual me pilló en un momento que no había tráfico).  Sentada en un comodísimo banco en St. James Park, viendo como de repente los rayos de sol penetraban la capa de nubes, las nubes se disolvían en un giro instantáneo de esos tan típicos del tiempo inglés y los sauces llorones en la otra orilla, con sus largas ramas cubiertas con capullos de hojas incipientes, se iluminaban como pequeñas  antorchas verdes (la foto de la portada, por cierto). Casi pisar una ardilla en el Hyde Park, al acercarme a un banco de narcisos e inclinarme para tomar una foto de cerca, y el animalillo sin pizca de miedo acercarse a mí en busca de comida, habiendo confundido mi postura. Toparme con la Westminster Abbey y el London Eye de pura casualidad, sintiéndome impresionada por lo grande que es la primera y lo pequeña que es la segunda, comparado con la imagen mental que tenía (también la vi desde la orilla opuesta, a lo mejor si me hubiera acercado a pie de la misma, me hubiera parecido más alta).  Escuchando músicos callejeros de todo tipo en Covent Garden, China Town y Leicester Square de noche y tomando varias líneas del metro de Londres, observando sus habitantes en cada trayecto (me di de alta en el sistema contactless para pagar así que el transporte no era problema). Es cierto eso que dicen que Londres es una ciudad cosmopolita y libre, dónde conviven muchas culturas y dónde la gente va como le da la gana y nadie se fija en nadie (excepto una mujer alta de rasgos eslavos, pelo castaño que se rizaba indómito en todas las direcciones debido al clima húmedo y sonrientes ojos verde marrón, ataviada con una ceñida gabardina gris oscuro y un pañuelo gris y rosa en el cuello, que no perdía detalle de nada…).

He vuelto con un Teddy de Harrods, varias cajas de té, unas cuantas lecturas nuevas (libros en inglés es mi nueva afición) y un pedacito de Londres debajo de mi piel… Y eso era lo que quería.

Os dejo con Teddy inmortalizado mientras compartíamos el momento cerveza 😉 Y las palabras que rezaban en la puerta del bar, refiriéndose al barrio, Covent Garden… yo se las dedico directamente a toda Londres:

 

2 comentarios sobre “Calling at London

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