El homenaje

Dentro de… pongamos 60 años:

Mi madre fue la persona más paciente y amable que conocí. Aunque a veces se enfadaba, era capaz de pedirme perdón y reconocer si le habían fallado los nervios… Me enseñó desde pequeño una lección muy grande: “El enfado habla más del que se enfada, de al quien va dirigido”, me decía.  Era una gran maestra en el campo de la inteligencia emocional… maestra y alumna, porque nunca dejó de explorar aquello de las emociones y aprender sobre la naturaleza humana.

El mayor recuerdo que tengo de ella es que… siempre estaba allí. Podía contar con ella para lo que hiciera falta, podía contarle cualquier cosa, confesarle mis temores, reconocer mis errores, exponer mis dudas… Era muy inteligente. Me explicaba los contextos de las cosas y era especialmente buena explicándome el significado de las palabras y expresiones, lo cual no dejaba de ser muy curioso porque el español no era su idioma materno.

Tenía una especie de fortaleza interior y lo demostró el día que pidió el divorcio. Yo tenía 6 años y aquello supuso un antes y después en mi infancia. Había crecido con mis padres siempre discutiendo, pero éramos una familia y yo pensaba que todas las familias eran así… Y lógicamente hubo sus momentos buenos en mi primera infancia. Lo que pasa es que los momentos malos eran muy malos. La familia se rompió pero mis padres acordaron la custodia compartida y yo vivía la mitad del tiempo con cada uno. Sé que aceptar aquel trato fue uno de los mayores sacrificios de su vida, porque renunciaba a la mitad del tiempo con su único hijo… pero a la vez me dio la oportunidad de tener a mi padre durante la mitad de mi tiempo. Con los años comprendí lo inteligente que había sido su decisión.

Mi madre era así. Le daba igual lo que pensarían o dirían los demás. No le importaba abrir nuevos caminos, era muy original. Casi excéntrica a veces, no tenía límites para algunas cosas. Pero también era muy valiente.

No era egoísta, pero sí es verdad que tenía un espíritu totalmente libre, indomable diría yo, pero era muy cuidadosa y cariñosa a la vez. Recuerdo que cuando era muy pequeño, me daban miedo los monstruos antes de dormirme. Y ella se sentaba al lado de mi cama, me acariciaba, dejaba que yo me durmiera abrazándome a su mano como a una almohada y se quedaba así hasta que yo estaba profundamente dormido.

Siempre confió en mí… era muy optimista y tendía a confiar en la bondad de la gente más que en temer su maldad. Sabía escuchar muy bien, era muy observadora pero no solía hacer ni juicios ni condenas. Esperaba que yo sacara mis propias conclusiones y tomara mis propias decisiones.

Me daba sensación de seguridad porque actuaba con decisión. Era muy fuerte mentalmente, aunque era una mujer muy sensible.

Con mi padre no se llevaba nada bien. Eran como la noche y el día. Recuerdo que mientras vivíamos todos juntos, a veces discutían tanto que yo me quedaba muy asustado y deseaba irme con otra familia, porque no entendía tantos gritos. Quería irme a otra parte, lejos.

Mi padre tenía un carácter muy fuerte. Y ella se convertía en una dragona que escupía fuego por la boca delante de mis ojos y daba miedo.

Ella nunca se dejó vencer pero al final se cansó de tanta pelea, diría yo. Su naturaleza era pacífica, no violenta. Era una persona extremadamente comprensiva y tolerante y prefería arreglar las cosas por las buenas y me inculcó esa lección, pese a que con mi padre la había visto tan fuera de sí. En este sentido, el divorcio trajo paz.

Tenía una gran fortaleza interior como ya dije y diría que le gustaba estar sola, porque amaba la libertad. Aunque nunca dejó de estar disponible para mí y se volcó mucho en mi cuidado. Cuando era pequeño, lo tomaba como algo natural, lo daba por hecho. Cuando crecí y la conocí como persona, descubrí su verdadero carácter, comprendí lo mucho que le había costado dar aquella entrega. Y sin embargo, lo hizo, porque era una madre excepcional. Creo que fue la mejor madre que uno podría tener (ya sé que todos los hijos dicen lo mismo). Yo la quería mucho y siempre me sentí querido y creo que eso fue lo más bonito de nuestra relación, el hecho de que además de sentirlo, nos lo dijimos infinitas veces. Siempre insistió en la importancia de decir las cosas. Y de no tener miedo.

Podía ser deslumbrante cuando quería.

Me gustaba verla brillar. Con los años, comprendí que lo hacía para ahuyentar su propia oscuridad. Nunca le pidió ayuda a nadie en ese aspecto, ella sola vencía su oscuridad e iluminaba su camino… y con su luz, nos iluminó también a todos los que estábamos cerca de ella.

3 comentarios sobre “El homenaje

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