Diciembre

Es curioso. Voy por la vida con trozos perfectos de textos alucinantes bullendo en mi cabeza y luego cuando por fin me siento en el teclado, me quedo en blanco. Tal vez sea porque a la vez que mi cabeza hierve con ideas, mi corazón, ese impulsor redescubierto de mis deseos, no para de empujarme a realizar planes que me mantienen muy ocupada. Tal vez sea porque llevo demasiados días siendo consciente sólo de dos momentos – los gloriosos amaneceres que veo desde mi dormitorio, mientras me termino de arreglar para salir pitando al trabajo, y los no menos gloriosos atardeceres que tiñen de dorado el trocito de cielo que veo entre las esquinas de edificios, visto desde mi oficina. Cuando por fin salgo a la calle y miro anhelante el cielo, veo cómo el día se vacía de luz y se precipita a la noche.

La oscuridad. Es como la soledad. No es fácil de llevar, pero puede ser muy hermosa.

He comprobado que necesito estar sola. Me gusta estar sola. Y a la vez, me enerva estar sola. Me gusta la gente, su calor, las risas y la compañía más que a un tonto un lápiz. Pero no deja de ser como una función, como un disfraz, algo con qué distraerse… al final el peso de mí misma siempre vuelve a mí.

Este verano pasado viví dos momentos muy diferentes – una semana completamente sola, aislada (que trajo un aprendizaje muy profundo) y otra en compañía de nada menos que un campamento lleno de niñas super creativas y con un equipo de dos profesoras al frente y mi mejor amiga y otra amiga suya completando la parte adulta. La última noche unos padres que vinieron a ver la exposición final de todo lo que habían trabajado las niñas, pasaron la noche con nosotras, bebiendo y charlando. Comprobé para mi gran asombro, cómo dos perfectos extraños se pueden quedar grabados en tu mente y corazón para siempre, cómo el vino crea un vínculo súper especial. O a lo mejor eran ellos, que no eran gente corriente en cualquier caso. Su hija con 12 años llevaba el pelo teñido de color azul (y pintaba muy bien, por cierto). La madre medía metro noventa, llevaba el pelo cortito con un llamativo corte asimétrico color zanahoria y vestía leggins y una túnica suelta para tapar sus muchos kilos de más, luciendo su figura sin ningún pudor. Su presencia no pasaba inadvertida no por su físico, pero sobre todo por su personalidad, con un aire entre conspicuo y de cachondeo permanente y una mirada igualmente mitad sagaz mitad divertida.

Como comprobé durante la velada (y mis compis profes del campamento ya me habían advertido) la pareja era muy bromista. La mujer, por supuesto, era Leo.

Él era Acuario. Una cabeza más bajo que su mujer, delgado y con un aire completamente corriente, pero con las ideas muy claras y una personalidad muy original, como sólo los Acuarios pueden serlo.

Recuerdo que nos contaron cómo se conocieron – creo que por una página de anuncios de contacto en el periódico (en aquel entonces, a falta de las redes sociales, se hacía así). A él le apuntaron sus compañeros de trabajo y a ella, sus amigas. Y recuerdo que él dijo, mirando lleno de orgullo a su mujer, que buscaba – aparte de una mujer alta, porque le gustan las altas –  “una mujer con opinión” (lo que viene a ser “una mujer con carácter”, pero él lo expresó literalmente “con opinión” – para que la mujer estuviera a su altura digamos. Los Acuario suelen sentirse atraídos por lo diferente e insólito). Mientras ella estaba recostada cómodamente en un extremo del sofá del apartamento dónde bebíamos, con su tercera o cuarta Pilsen en la mano, siendo la imagen de la relajación… él nos hacía desternillarse de risa contando sus batallitas matrimoniales.

Siendo dos personalidades tan fuertes los dos, pronto se dieron cuenta que podía ser desgarrador sufrir las peleas y que los dos necesitaban libertad – un Acuario por su naturaleza independiente, una Leona por su naturaleza indomable, así que estuvieron a punto de dejarlo… pero al final encontraron el equilibrio – duermen separados y llevan horarios de trabajo diferentes y vidas prácticamente separadas y de vez en cuando, “se encuentran”. Él decía:

“De repente un día me la encuentro en el desayuno y es hasta bonito: ´¡Hombre, tú por aquí!´ Yo me alegro de verla, ella no me molesta, si hasta me cae bien,” y todas nos reíamos.

Y yo pensé: esta pareja ha encontrado su equilibrio. Qué suerte. Y seguramente su arreglo visto desde fuera no es lo tradicional, pero funciona, ellos son felices… ¿parece sencillo, verdad?

Vale. Cómo he llegado hasta aquí, si empecé a escribir sobre la soledad… ya lo tengo.

Con un divorcio reciente a cuestas, no puedo evitar hacer balance de los 12 años de relación. No deja de ser como un fracaso. Por un lado, nuestro amor se acabó, la relación estaba muerta, así que no me arrepiento… pero por otro, no puedo evitar sentir una especie de estupor de cómo puedo ser tan torpe con las relaciones.

He sido muy torpe porque evidentemente me junté con el hombre equivocado y no lo vi venir. O me junté con el hombre adecuado pero entonces la cagué de alguna manera, ¿no?

¿Y qué va a pasar ahora? Me quedo sola con mi yo interior (la soledad) – que lo disfruto, lo necesito, lo saboreo… pero a la vez, está el estúpido anhelo de algo más… como el encontrarme ese alguien “que me caiga bien” en el desayuno…

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