Romance de verano

Era inevitable.

Me preguntó si creía en los ángeles y con esa pregunta insólita, cómo no iba yo caer rendida a sus encantos.

Me encantan los niños que buscan amigos adultos. Ella se sentía sola porque con sus 7 años (casi 8) es la más pequeña de la habitación y sus compañeras la ignoran, cada una absorta en su móvil. Yo fui presa fácil porque me siento coja sin mi niño. He sido adoptada pues como hermana mayor – amiga con 30 años de diferencia (casi nada) – mamá por sustitución… de una niña increíble.

No sé si será por sus enormes ojos marrones de cervatillo asustado, por su determinación con la que intenta seguir el ritmo del resto del grupo, porque es la primera en pedir las llaves siempre (ser portadora de las llaves de la habitación es como ser encargado de clase – los que tenéis hijos me entendéis) o porque es la única que se peina todas las mañanas y que se echa crema solar y repelente para insectos antes de cada excursión. No sé si es por sus reflexiones que te desarman en un instante, por la incongruencia de esas ideas tan profundas que no parecen poder caber en ese cuerpecillo tan delgado, tan poca cosa. O si es por su arrebatadora sonrisa sin los dos dientes de arriba o por su increíble generosidad: durante nuestra primera caminata juntas de vuelta de una excursión, de repente vi en el borde del camino 5 solitarias, enormes y brillantes moras negras. Las recogí y se las di como el tesoro que eran y ella, sin dudarlo, las repartió escrupulosamente entre varias amigas que estaban cerca en ese momento,  yo incluida.

Aquella misma noche, ella me hizo un dibujo. Al día siguiente, antes del desayuno, me buscó con la mirada, yo le sonreí y me puse a su lado. Al final de la mañana, ella me hizo otro regalo hecho a mano aposta para mí y a cambio yo le dibujé una muñeca de cartulina con varios vestiditos para recortar e intercambiar, sujetándolos con unas solapas.

He sido invitada a su habitación, dónde en medio de un desorden caótico cómo sólo 5 niñas despreocupadas de 10-11 años pueden producir… jugamos al twister que finalmente apareció entre las prendas de ropa, zapatos, mochilas, lapiceros, envoltorios de chuches, libros y cuadernos desparramados por todas partes.

Nos sentamos en la misma mesa durante la cena pero no hablamos porque ella me anunció, muy seria: “Mejor me dejo de cháchara y me lo como todo.” Y se dispuso a pelearse con un plato enorme de espaguetis.

Fue un día precioso. Se me olvidaba lo mejor: durante la excursión de la tarde, mientras las niñas dibujaban la torre-mirador, di un paseo por el bosque cercano, con el deseo secreto de encontrar moras… Uno, porque me apetecía un poco de fruta a media tarde  y dos, porque quería volver a sorprender a mi nueva amiga con moras… Y encontré un prado entero lleno de zarzales cargados de fruta, superando con creces todas mis expectativa.

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