Contenido extra

Con la ilusión que me hacía  a mí entrar en el blog y ver las columnas del tráfico de visitas… ahora casi no hay. He tenido que cerrar el blog por el tema del divorcio. El tema está muy caliente ahora y no me apetece que alguien aproveche alguna de mis intimidades contra mí.

Y, bueno, una de las ventajas de que me lee menos gente… es que voy a publicar por fin un post rompedor, uno que no pretende gustar (aunque tiene un mensaje muy profundo), uno cuyo contenido ahuyenta y atrae a partes iguales… Señoras y señores, voy a escribir sobre la mierda.

Cuando te conviertes en padre/madre, las caquitas de tu bebé pasan a formar parte de tu día a día y se convierten en un tema candente de máxima importancia. De hecho, era uno de los temas que quise reflejar en el blog, entre los primeros post, cuando escribía sobre la maternidad pura y dura… pero al final no cuajó. Hoy me saco la espinilla. Pero voy a hablar de la mierda de adulto.

Imaginad un zurullo bastante grande, marrón, enroscado sobre sí mismo, formando un montoncito maloliente… pues eso mismo nos encontramos un buen día en el portal.

Os explico: nuestra casa está en el casco antiguo del pueblo, en el llamado barrio de los bares… aunque afortunadamente en nuestra calle ni las calles inmediatamente aledañas no tenemos ninguno, a veces los fines de semana pasan debajo de nuestras ventanas gente “alegre”, que vuelve de fiesta. Y bueno, ya sabéis cómo son las fiestas… bebes, comes, bebes… y estás algo achispado y a lo mejor se te olvida ir al baño… o hay cola o lo que sea y total, la necesidad te pilla en medio de la calle, de madrugada… Pues nada, te alivias en un portal, por qué no. Ya que los vecinos del inmueble en cuestión son tan pánfilos de no tener luces automáticas que iluminen la entrada (porque sería un gasto de luz innecesario, porque cualquiera que pasara por la calle podría activar el sensor; así que es preferible cada vez que vuelves de noche, buscar las llaves en el bolso a tientas, buscar la cerradura a tientas…y lo que nadie se imaginó, que podríamos llegar a sufrir hasta la conducta anti cívica que os voy a describir a continuación), como os decía ya que es un portal sin luz, que se mete un poco adentro, con lo cual ofrece un hueco escondido de la calle, pues qué mejor forma que aliviarse allí.

Total que un domingo nos encontramos el “regalito”. Antes de que me pudiera sobreponer del asco, algún vecino bajó y recogió el montón y lo tiró, dejando en el suelo una pequeña manchita marrón, que olía débilmente. ¿Asunto resuelto, creéis?

A mí me molestaba la mancha. Me parecía antihigiénica. Así que armada con guantes, desinfectante y cepillo que di por perdido de antemano tras la batalla que se le avecinaba, bajé al portal, portando un cubo de agua además.

Y me enfrenté a la mierda.

Eché desinfectante y empecé a frotar enérgicamente. Eché un poco de agua para que eso reseco se ablandara y pudiera salir. Y de repente el suelo se llenó de agua marrón con espuma que desprendía un intensísimo olor a mierda. ¡De repente aquello era mucho pero que antes!! Fue increíble lo que una pequeña manchita reseca de nada dio de sí, qué peste… Todo inundado por un líquido maloliente color marrón… ¡La mierda parecía estar en todas partes!

Empecé a echar cubos de agua limpia, y un caminito de agua sucia se fue cruzando la acera, para fundirse con la calzada… Y seguí echando agua hasta que todo salía limpio. El olor desapareció y el portal se quedó sin rastro ninguno, la calle también.

Moraleja (aplicable como metáfora a un montón de situaciones vitales… como el divorcio por ejemplo):

Para quitar la mierda, hay que restregar y cuando restriegas, es cuando pero huele. Pero así es la única manera cómo se quita. 

¿Por qué os escribo esto? Cuando podría estar escribiendo la maravillosa mañana que viví ayer, en casa de unos amigos que acaban de ser papás de su tercer bebé. Cuando podría estar describiendo la armonía, la paz, el amor que impregna aquella casa… cuando sigo teniendo en mi retina la sonrisa llena de orgullo y ternura que se le dibujó a mi amiga en la cara cuando le pregunté si era feliz y ella miró la carita de su bebé en brazos y me dijo que cómo no se iba alegrar de tener a su precioso bebé con ella.

Tercer varoncito para ellos. Parto casero. Los hermanos mayores vieron al hermanito nada más nacer. El mayor de los hermanos (5 años) me estuvo contando lleno de ilusión cómo supieron que era un niño (no quisieron saberlo de antemano, así que fue una sorpresa). Mi amiga, una semana de dar a luz, estaba estupenda. Radiante. Su casa estaba como siempre. Los hermanitos mayores actuaban como siempre, yo les llevé un bizcocho casero como siempre, ellos me pusieron encima de la mesa todo lo que tenían en ese momento, hablamos y el tiempo pasó volando… como siempre. Sólo que había un bebé nuevo.

Que entre una toma y otra arrugó el morrito y se puso a llorar, incómodo… retorciéndose… era un apretón. Mi amiga se lo puso al pecho otra vez y el bebé se quedó calmado, con el pezón cual chupete… y de repente, con una especie de sonoro pedo “con cargamento” alivió sus pequeños intestinos (tan sonoro que nos sobresaltamos y creo que hasta el pañal le tembló… 😉 ).

De la descripción de su contenido ya os libraré por hoy… además no lo vi. Me despedí de ellos poco después y volví a casa. Fue una mañana preciosa. Me hizo olvidar por unos maravillosos momentos la caca reseca que tengo adherida a mi propia vida en estos momentos…

Pero restregando estoy.

 

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