Una bombilla que parpadea

Confundir la realidad y el deseo.

Para una persona con cierta tendencia al optimismo y a la ensoñación, es una batalla perdida de antemano, eso de distinguir la realidad y el deseo.

¿Qué le voy a hacer?

Si yo pudiera saber con certeza qué es cada cosa, si yo pudiera distinguir con claridad dónde termina el deseo y empieza la dichosa realidad… qué fácil sería. El caso es que no veo dicha frontera, no soy capaz de identificar los respectivos márgenes… y una sospecha, una idea atrevida empieza a abrirse paso en mi mente y dice así: “¿Y si no hay?”

Y si no hay realidad, y si todo es deseo, espejismo, un sueño… Toda esta VIDA que nos dicen, las obligaciones, las responsabilidades, los miedos, las peleas, los rencores… y si todo eso es pura paja para rellenar el hueco de la realidad. Yo sigo pensando que el mundo es como un diamante tallado en mil facetas y todas reflejan la misma luz, pero cada una ofrece un ángulo diferente… y eso es, ni más ni menos, la famosa realidad. Un diamante en bruto al que el facetado es lo que le añade belleza y valor.

De modo que depende totalmente del cómo queramos tomarnos las cosas, el cómo percibiremos la “realidad”… de modo que la “realidad” nunca es “real” sino es fruto de nuestra interpretación. Y allí entra el deseo a todas horas. ¿Cómo no confundirnos, pues?

Es esperanza, es buena fe, es ilusión… lo que nos mantiene vivos, anhelantes, con sueños que cumplir. Es el sonido del viento de plata en los oídos (esto lo entenderán sólo los checos, pues “Viento de plata” es el título de una famosa novela checa de principios del siglo XX, sobre el paso de la adolescencia a la edad adulta y cómo no perder la fe y la ilusión de la juventud tras el primer desengaño amoroso…).

Y mirad qué belleza este otro poema de Jaroslav Vrchlicky, otro poeta checo, de finales del siglo XIX:

Por un poco de amor cruzaría el mundo entero,

caminaría descalzo y sin sombrero,

el hielo cruzaría, Mayo en el alma llevando,

el huracán cruzaría, canto de los mirlos oyendo,

el desierto cruzaría, con gotas de rocío mi corazón perlando.

Por un poco de amor cruzaría el mundo entero,

como aquel que humilde en la puerta canta pidiendo. 

No tengo problemas en enfocarme sólo en la realidad. En reconocer el hielo, el huracán y el desierto… puedo caminar por allí con el alma helada y el corazón abrasado… ¿Por qué no?

Qué fácil sería rendirme, olvidarme de la primavera y los árboles en flor, de los trinos de los pájaros, de la belleza de unas gotas de rocío reflejando los rayos del sol de primera hora de la mañana de un despejado y radiante día nuevo…

Y qué pobre y gris quedaría la triste realidad. ¿Y qué adelantaría exactamente con eso?

Yo ya sé que esto es una puta mierda. Un valle de lágrimas, llámese como quiera… elijo conscientemente y a sabiendas creer que el mundo es mejor de lo que es, porque esa esperanza y esa creencia hace que por momentos, aunque sólo sean momentos… lo sea. Y sin eso, sin ese empeño de verlo todo bañado con la luz dorada de la buena fe y la magia, no lo sería ni ese poquito. Así que esa fe y ese deseo son como una corriente alterna que intenta una y otra vez accionar una bombilla, cansada y desgastada, y encenderla con una luz brillante… y lo consigue, una y otra vez, intermitente, pero sin fundirse del todo.

Y eso es lo que hay.

 

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