Tirar la olla

Cuando era pequeña, había una comida que odiábamos con mi hermana con todas nuestras fuerzas. Pero no recuerdo ni siquiera el sabor, sólo que era lo peor de lo peor. Se llamaba “skubanky”. El otro día me topé con su receta en el Facebook y no pude resistir la curiosidad de saber por fin qué era ese plato odiado, así que me la leí. Y me fascinó tanto que lo compartí en mi muro y desde entonces, sigo fascinada. Digamos que hacer ese plato es pura alquimia. Tal vez algún día hasta lo probaré hacer por pura curiosidad, porque no termino de verlo, la verdad.

Digamos que su preparación (aunque en el encabezamiento de la receta ponga “plato fácil, rápido y sencillo, además de barato” – barato será, pero lo otro… tengo mis dudas) es algo compleja. Seguramente ese fuera el motivo de que en nuestra memoria ese plato se quedara con la etiqueta de asqueroso para siempre – mis padres intentarían cocinarlo y les saldría mal. Y pronto mis sospechas se vieron confirmadas por el comentario que rápidamente añadió mi madre: Skubanky fácil? Intenté hacerlo sólo una vez y ¡lo tuve que tirar con la cacerola incluida!”

El comentario me hizo gracia, sentí la fuerza del habitual sentido de humor de mi madre (es una mujer dominante y de carácter fuerte pero siempre ha sido y es muy divertida) y el mero hecho de que comentara ya es significante – mi madre es como un ente silencioso en el Facebook, que se mantiene en un discreto segundo plano, sólo cuelga fotos inquietantes de las fiestas con los actores de su teatro y pone muchos likes en todas las fotos de su nieto que yo sigo colgando para ella, aunque después de cada álbum me salen 80 notificaciones de “me gusta” nuevos, porque se empeña en ir de foto en foto).

Aquí va la receta:

Uno de los platos de nuestras bisabuelas, casi olvidados hoy en día, son los “skubanky” – plato rápido, fácil y sabroso que además resultaba muy barato. 

Cómo hacerlo? Pelamos las patatas, las cortamos y cubrimos con agua caliente y añadimos sal. Cocemos pero justo antes de que las patatas se queden en su punto, escurrimos el agua y la sustituimos por leche caliente. Espolvoreamos con la harina, tapamos con una tapa y dejamos que las patatas terminen de cocer a fuego lento (10-15 minutos). Añadimos mantequilla, machacamos todo hasta conseguir textura de puré. Con una cuchara mojada en manteca derretida vamos recortando pequeños ñokis y los servimos espolvoreados con semilla de amapola molida y azúcar glas. 

Ingredientes:
1 kg patatas

10 dkg harina
6 dkg mantequilla
4 dcl leche
3 dkg semillas amapola
3 dkg azúcar glas
sal
un poco de manteca

A mí me fascina el momento ese de “espolvoreamos con la harina, tapamos con una tapa y dejamos que las patatas terminen de cocer a fuego lento (10-15 minutos)” –  si eso sale bien sin quemarse, es magia pura.  Allí o sucede una transmutación digna de un alquimista de lo más avanzado o de verdad… es para tirar la olla.  ¿1 kilo de patatas y 4 dcl de leche nada más y que eso siga cociéndose y encima con harina sin mezclar ni nada, sólo “espolvoreada”? ¿La harina se derrite o qué? En fin…  No me extraña que mi madre pusiera ese comentario 🙂

Pero el asunto me removió algo más que un recuerdo de mi infancia y una sonrisa.  Lentamente empecé a pensar en esta pequeña anécdota como una metáfora de otras situaciones…

Pongamos que las ollas y cacerolas u otros recipientes de cocinar fueran las relaciones en pareja y la comida que preparas pues fuera el fruto de esa relación y entonces saldrían cosas como alegría, complicidad, felicidad, apoyo mutuo, soporte, ternura, camaradería… que serían como los sabores exquisitos de ese plato perfecto que crean los dos cocineros… o a veces salen otras cosas no tan agradables.

Entonces cuando una “comida” no sale bien, porque digamos te equivocas con los ingredientes o las cantidades o lo dejas demasiado rato en el fuego o se te olvida echar suficiente agua… y lo que estás cocinando se chamusca y se queda hecho un pegote ennegrecido en el fondo de la olla… o un bizcocho en lugar de esponjoso se queda “cuajado” y hasta tan duro y enquistado que no hay quien lo desprenda de dentro del molde… Pues hay cocineros que supongo que ponen a remojo, raspan, hurgan, frotan y refrotan hasta sacar toda la porquería y vuelven a utilizar el recipiente para volver a cocinar otra vez… porque les merece mucho la pena cocinar en esa olla en concreto y conseguir cocinar algo bueno, algo decente o algo espectacular…

Pero a veces uno de los cocineros es posible que tire la toalla y ya no le interese seguir cocinando… si por ejemplo las recetas salen mal una y otra vez… y te cansas de raspar, de frotar y de quitar tanta porquería una y otra vez… y al final, no te queda otra que tirar la olla.

Mamá, cuánto te echo de menos ahora mismo. Sé que me abrazarías como aquella noche del enchufe que no funcionaba en Praga, dejarías que hundiera mi cabeza en tu regazo que me envolvería con ese olor tan familiar, con tu olor y sé que me consolarías y apoyarías como siempre has hecho, sin exigirme nada, dejándolo en mis manos y respetándome… confiando en mí, ¿verdad?

2 comentarios sobre “Tirar la olla

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