Del Baúl de los Recuerdos VI – Mi primer beso de amor

Ecole Rose. Era una escuela literalmente pintada de rosa. Tenía un gran patio cuadrado, con una vieja higuera en un rincón y porches por dos de sus lados, a través de los cuales se accedía a las clases. Había dos clases de preescolar, una clase mixta de primaria y secundaria, dónde estábamos mi hermana y yo y un aula de árabe, dónde la pandilla de niños europeos de todas las nacionalidades nos desternillábamos de risa con las clases del sufrido “muhaylim” que es maestro en árabe, si mal no recuerdo.

El patio… un grandísimo invento que eché de menos con muchísima añoranza, una vez de vuelta en la República Checa. Salíamos al patio entre clase y clase y jugábamos todos juntos, sobre todo al “balón prisionero”. Éramos unos 8 niños… Sabrina, de las más pequeñas… era francesa de madre y argelina de padre… y vivían en una casa enorme de varias plantas. A veces íbamos a su casa a jugar. Recuerdo que sólo entrábamos en la planta baja. Nada más entrar, a la izquierda, había una habitación alargada con chimenea y una montaña de colchones apilados en un lado, que era la habitación de Sabrina pero también servía de recibidor para visitas, porque era la única habitación limpia y ordenada de toda la casa. Sin embargo, nosotras nos moríamos de ganas de poder adentrarnos en el resto del piso. No sé a qué se dedicaba exactamente el padre de Sabrina, un señor afable, enjuto y mayor… pero quiero pensar que a la venta de peces de acuario y todo lo relacionado, porque toda la casa estaba abarrotada de filas y filas de acuarios llenos de aguas con distintos grados de turbiedad y bancos de extraños pececillos de todos tipos. Recuerdo como recorríamos los pasillos en penumbra, con los ojos como platos, asomándonos a los micromundos azulados y verdosos… El olor, a humedad y a pez… no como el olor de pescadería, pero casi. Finalmente se llegaba a un salón desordenado con altas ventanas polvorientas y vistas al puerto; y a una cocina grande y llena de olores, dónde se manejaba una sonriente y jovencísima muchacha árabe, que era la sirvienta y la que cuidaba de Sabrina porque Sabrina vivía sola con su padre. Me parece que era huérfana de madre… o que su madre vivía en Francia. En cualquier caso, Sabrina era una niña muy madura para su edad y tal vez por eso congeniábamos tan bien, aunque yo le sacaba tres o cuatro años. Nuestro juego favorito era jugar a hacer sopas con especias de la despensa que nos proporcionaba la chica. Recuerdo que me llamaba la atención cómo la joven ama – Sabrina – pedía y la chica servicialmente accedía y se limitaba a observarnos tranquilamente, con una dulce sonrisa… nada que ver con el estilo autoritario de mi madre. Hacíamos un espeso mejunje que olía intensamente y sabía a rayos, pero nos retábamos a probarlo…

Otras veces mi padre nos cogía a mi hermana, a Sabrina y a mí y nos llevaba al bosque, dónde jugábamos libre. De allí es esta foto que es el único recuerdo que me queda de Sabrina. Nos perdimos la pista tras volver a la República Checa.

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Otra niña de clase, con la que nos estuvimos escribiendo durante un tiempo tras nuestro regreso, pero cuyo contacto finalmente también perdimos, se llamaba Dina y era mitad rusa (por parte de su madre) y mitad egipcia (por parte de su padre). Era hija única y tenía de todo. Era un poco rellenita y siempre iba la mejor vestida y peinada y era super simpática. Tendría mi edad y era muy “empollona”, recuerdo que en sus ratos libres se dedicaba a hojear el diccionario de francés y leer todas las entradas, para aprender vocabulario…  Un día, nos invitó a su fiesta de cumpleaños en su casa. Había muchos niños y su madre había preparado una super merienda, todo casero: pizzas, los salados “pirogi” que eran unos triángulos de masa con relleno de carne… pero sobre todo, había como tres tartas distintas, una de las cuales era un impresionante pastel de nata y fresas. Cuando nos íbamos a ir a casa, le pedimos a la madre de Dina tal vez con demasiado ímpetu que nos pusiera un trozo de cada cosa para llevárselo a nuestros padres para que pudieran probarlo, tan espectacular nos pareció aquel festín.

Luego había dos hermanas egipcias, cuyos nombres no recuerdo… y los dos únicos chicos de clase eran Alexis, mitad francés mitad italiano pero de sangre argelina también y que era más joven que yo; y luego había un chico polaco cuyo nombre de pila era Marcin (pronuncia “márchin”, Martín en polaco). Marcin tenía mi edad, era alto, atlético, rubio de ojos azules y al principio no le soportaba, porque hablaba muy bien el francés y era “el chico estrella” y me parecía demasiado engreído. Sin embargo, a lo largo del curso nos hicimos amigos y en los recreos, éramos inseparables y nos convertimos en los cabecillas de nuestro pequeño grupo, porque éramos los mayores. Como decía, Marcin era muy seguro para su edad y muy espabilado, tanto fue así, que tenía hasta un cuaderno con los nombres de todas sus novias y había tenido como ocho o así. Siempre hablaba de su última novia, que estaba en Polonia y con la que intercambiaba cartas.

 

 

Yo, debo decir, fui una niña enamoradiza desde pequeña. Poco antes de irnos a Argelia, me había fijado en un chico del vecindario, mayor que yo… y sufría una pasión no correspondida desgarradora. Bueno, tal vez debería decir que ardía de amor… y como niña emprendedora que fui, pues no me anduve con rodeos: un día le escribí una carta declarándome y la tiré por la ventana, con tan increíble suerte, que él pasaba debajo justo en ese momento y la carta le cayó en la cabeza. Yo tenía 9 años, para que os hagáis una idea y él podía tener ya 11 ó 12. Le oí cómo llamaba, abajo en la acera: “Oiga, oiga, ¡se le ha caído algo!” y me quise morir, escondida en casa y presa de un ataque de nervios. Mi hermana, con la que compartía habitación, ponía los ojos en blanco y meneaba la cabeza. Yo y mis excentricidades. Siempre fui más pasional y alocada y mi hermana, en cambio era tranquila y sosegada.

Un tiempo después, un buen día el chico me abordó en la acera y me preguntó si había escrito yo la carta (creo que no firmé pero puse dónde vivía, bueno ya no recuerdo qué puse, pero total que él ató los cabos y supo que teníamos que ser alguna de nosotras). Yo, roja como un tomate, mentí y dije que había sido mi hermana. El chico buscó a mi hermana y la abordó y mi hermana, indignada y furiosa conmigo, le espetó que había sido yo. Entonces la cogió y se la llevó delante mía, para obligarme a reconocer que había sido yo. ¡Tierra, trágame! Qué pena que mi primera declaración de amor fuera tal fiasco, de verdad… No sabía ni qué decir, total que él supo con seguridad que había sido yo y para mí fue un momento súper vergonzoso, estaba totalmente a su merced. En aquel entonces, yo no sabía que al expresar a alguien tus sentimientos le estás dando lo más preciado que hay en el mundo – tu afecto, tu admiración… y no lo supe “defender” con la dignidad que se merece tal acto de valentía… Y él se tomó como una ofensa que yo osara dirigirle tales sentimientos, con lo cual, cuando estuvo seguro de que había sido yo, me fulminó con su  total indiferencia y se fue. Puede que me dijera algo así como: “¡Que no se vuelva a repetir!”

Sin embargo, la cosa no termino alli, porque un día se apostó en la puerta del vestuario de mi clase, dónde dejábamos los abrigos de invierno y nos cambiábamos de calzado (dejábamos las botas de invierno, muchas veces empapadas de barro o nieve, y nos calzábamos las zapatillas que eran obligatorias para andar por el colegio… los checos son mucho de cambiarse de calzado de andar por casa, por las inclemencias del tiempo, supongo)  total que él se apostó en la puerta y me estuvo mirando fijamente, tranquilo y amenazante como un depredador. Yo demoré lo que pude mis menesteres guardando el abrigo y cambiándome, hasta que sonó el timbre y él se tuvo que ir corriendo a clase y entonces huí hacia la mía.

Total que yo seguía enamoradísima de él, pero quería morirme y desaparecer del mapa… y entonces, nos fuimos a Argelia y literalmente, desaparecí del mapa.

Vivía de las cartas que me enviaban mis amigas, dónde me escribían sobre él. Imaginaros cuando una de ellas me escribió que él le preguntó por mí, que si me había mudado de casa y ella le dijo: “Sí, se ha mudado, ¡a África!” y por lo visto él se quedó mudo de sorpresa. Bueno bueno, aquello era digno de una telenovela… Aunque él me hubiera despechado, ahora era yo la inaccesible y además, estaba en África, nada menos… Tal vez conseguiría atraer su atención al fin y al cabo. Total que yo soñaba con él y tenía frita a mi hermana con las historias y fantasías que me inventaba sobre mi amor hacia él.

Y en el colegio francés, si Marcin presumía de sus novias, pues yo presumía de mi “amor imposible”, aunque hubieran pasado tres años. Tal vez por eso (que yo estaba colada por otro) y seguramente por la absoluta falta de otras adeptas, Marcin me eligió como su nueva novia. Pasé a ser la nueva chica privilegiada en la lista de Marcin, la número nueve… jejeje.  Total que hacia el final del curso, un buen día Alexis y Marcin, los únicos chicos del colegio, me declararon ambos su amor, como dos rivales que habían hecho un pactos de caballeros: “que ella elija”. Cada uno me hizo un regalo con una nota declarándome su amor, “postrándose” a mis pies… Alexis era más joven, bajito, muy bueno… pero elegí a Marcin, obviamente.

Entonces hubo que sellar nuestro noviazgo con un beso, por supuesto. Acompañados de toda la pandilla, nos fuimos durante un recreo a la clase de árabe, que tenía unas estanterías altas que formaban un pasillo, y allí, escondidos en dicho pasillo, con Sabrina, Dina, mi hermana, Alexis y las dos chicas egipcias vigilando, Marcin me dio mi primer beso de amor. Yo estaba muy nerviosa y mandaba a todos: “¡Que no miréis!” y ellos se daban la vuelta, pero enseguida volvían las cabezas… y cuando por fin Marcin con decisión posó sus labios en los míos, justo todos se acababan de dar la vuelta y nos vieron.

Y esto fue mi primer beso y mi primer y  fugaz novio, con 12 años.

Poco después o puede que aquel mismo día terminó el curso escolar y nosotros abandonamos Argelia para volver definitivamente a la República Checa y tras unos meses de cartas que se iban espaciando cada vez más, supe que habría sido reemplazada en aquel corazón polaco que un día latió sólo para mí.

¡Feliz San Valentín a todos!

 

 

 

 

 

 

 

 

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