Cómo te cambia la maternidad

Estoy pasando por un proceso de cambio y crecimiento personal. Hace un par de meses me embarqué en una aventura, un curso online sobre crianza y emociones, y una vez empezado este camino, ¡no puedo parar! Jejeje…  Así que pronto enlazo un curso con otro que profundiza más todavía en esto de las Emociones (sí, así, con mayúscula, porque son las que realmente rigen nuestras vidas).

Ahora sí que me siento como que estoy descubriendo una “Verdad” (sí, con mayúscula también) sobre la maternidad, ahora sí que estoy empezando a entender qué es lo que la maternidad te supone, cuál es ese cambio tan grande que desencadena la llegada de un hijo en tu vida…

La gente dice lo de “un niño te cambia la vida” y tú crees que se refieren pues a lo obvio: desbarajuste de horarios, más preocupaciones, nuevas (y abrumadoras) responsabilidades, miedo, falta de sueño, cansancio, amor sin límites, alegrías, altibajos, otras prioridades, otro presupuesto, otras perspectivas para tomar decisiones (ya no miras sólo por ti, ya miras por alguien más en tu vida…), etc. Pero, hay una parte muy brutal que la maternidad hace contigo y no todo el mundo es capaz de verlo y capaz de soportarlo y preferimos hacer mil maniobras para escondernos y escapar, pero la llamada está allí… y es que la maternidad te enfrenta a tu Yo más crudo y desnudo que te puedas imaginar. Te saca con pelos y señales todas tus carencias, miedos, daños emocionales, debilidades, pero sobre todo las CARENCIAS (afectivas, emocionales, de bienestar…), y te las agita delante de tus narices una y otra vez. Hay gente que no quiere ver, porque es muy duro, doloroso y porque asusta enfrentarte a eso, así que se aferran a la vida de espejismos y clichés que se han construido y se tapan los ojos y oídos y siguen contra viento y marea sin cuestionarse nada; y hay gente que se da cuenta y decide… mirar qué hay allí.

Una vez tomada la decisión de sumergirte en ese océano de cosas que te chirrían y que tu corazón siente de otra forma de cómo te las han contado y de cómo te hayan machacado mil veces para que las aceptaras así… una vez iniciado ese camino, sólo puedo decir que es enriquecedor y liberador y que sólo conduce a cosas positivas. Porque los daños se reparan, las heridas sanan, las carencias se rellenan… y todo empieza a fluir de verdad.

Cuando un niño llora, nos enfrenta a nosotros mismos llorando de bebés y sintiendo un enorme vacío porque nadie nos cogía y consolaba, porque “si nos cogían en brazos, nos malacostumbrábamos”. Cuando un niño rechaza una comida, nos enfrentamos a nosotros mismos que de pequeños no  soportábamos un sabor o no teníamos más hambre, pero nos obligaban diciendo “pues si no es para comer, lo tienes para merendar” o “¡hay que comérselo todo!”. Cuando un niño no te hace caso al instante y sin rechistar, nos enfrentamos a nosotros mismos y la enorme sensación de frustración e injusticia que nos teníamos que tragar cada vez que nuestros padres se imponían y nos cortaban “las tonterías” zanjando las cuestiones con unos categóricos: “¡obedece y punto!”

Hacer caso… ¿qué es eso de hacer caso? Yo no quiero un niño marioneta que baile obediente según yo tire de los hilos. Sería antinatural y además no quiero que el niño crezca sintiendo que siempre tiene que haber alguien tirando de los hilos y “conduciéndole”. Quiero que aprenda a relacionarse y tomar decisiones y asumir responsabilidades y para inculcarle eso, entiendo que “hacer caso” es “nos tenemos que entender mutuamente”. Yo tengo la necesidad de que se acueste, él tiene la necesidad de terminar un juego. Yo tengo la necesidad de que salgamos de casa ya porque si no llegamos tarde o lo que sea, él tiene la necesidad de seguir jugando…  No es fácil hacer que un niño te haga caso, porque no es algo automático – a mi entender – que se pueda exigir y punto.

Lograr una verdadera colaboración siempre es fruto de un diálogo, de un entendimiento, de llegar a una sinergia (cuando ambas partes ganan). Con los niños, implica saber escuchar (de verdad) y practicar el arte de observar sin juzgar, sin sacar conclusiones precipitadas, sin interpretar constantemente (“ya me está tomando el pelo”, “ya está enredando”, etc.), significa no crearse expectativas (“el niño tiene que ser así y asá”) y aceptar las cosas como son. Y un buen primer paso es aceptar que el niño se enfade o esté triste, porque es algo normal, aunque a nosotros nos han dicho tantísimas veces: “¡no te enfades!”, “¡no se llora!”, “sé bueno”, “¡anímate!” rápido rápido para barrer la emoción desagradable del medio.

En realidad lo que nos han hecho ha sido reprimirnos ese tipo de emociones, crearnos una sensación de que si me enfado o estoy triste estoy haciendo algo malo, no permitirnos sentirnos así. Y por eso, no podemos soportarlo en nuestros hijos. Los niños hacen lo que el cuerpo les pide, porque se rigen por sus instintos durante buena parte de su primera infancia. Es perfectamente normal lo que sienten y es perfectamente normal que todos sintamos toda clase de emociones porque:

“Tenemos necesidades y somos limitados por ello.”

Cuando entonces tu hijo se planta enfrente de tí y despliega toda su emoción “negativa” de turno – ira, enfado, tristeza, celos…  (en realidad, hay emociones agradables y menos agradables, pero todas son válidas, no hay emociones “buenas” y “malas”) te pilla “desprevenido” y muy indefenso. Te enfrentas a algo que te hace sentir incómodo, porque te han enseñado a que es malo; pero también porque tú te sentías incomprendido y decepcionado por tener que recibir ese mensaje de que no debías sentirte así.

En realidad las emociones pueden ser muy útiles, porque nos hablan de cosas que pasan por dentro. Si negamos la emoción, estamos negando poder descubrir – y solucionar – aquello que late escondido. “Quién se porta mal, se siente mal” – mirad la frase como si el malestar no fuera la consecuencia, sino la causa… y pensad en esto: “Los niños se enfadan por cosas pequeñas, pero se sienten mal por cosas grandes”… ¿veis la cantidad de posibilidades que abre este enfoque?

¿Qué más pasa cuando tu hijo está vibrando con la emoción en estado puro como un energúmeno?  Pues que todo tu interior se agita porque reconoce la imagen…

Hay gente que tira por lo aprendido, suelta el “¡no se llora!” y rompe el espejo. Y hay gente que se queda contemplando con incredulidad lo que el espejo de tu hijo te muestra: tu propio dolor cuando eras pequeño y sentías así y te mandaban a callar, la fuerza de la emoción…

Y si eres capaz de aceptar esas emociones dentro de ti cuando eras pequeño, las puedes aceptar dentro de tu hijo y las puedes aceptar dentro de tí de adulto y cuando haces eso es cuando sientes que algo dentro de tí se ha liberado y de que estás en el camino hacia algo nuevo y algo bueno.

Es decir, cuando tu hijo con su pureza y sus ganas de vivir y ser coherente con lo que siente despierta esa misma energía en tí, es cuando yo digo que los hijos verdaderamente te cambian la vida.

 

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