Carrera de la Mujer

El pasado domingo 7/5 corrí la Carrera de la Mujer en Madrid, fue precioso… la hicimos en 39 minutos, para mí que no soy una corredora muy entrenada, pues ¡todo un logro! De hecho si no fuera por mis compis mamás corredoras, que no me dejaron parar en el km 5 que tuve un momento crisis, no lo habría conseguido. Y me quedé pensando: ¿por qué alguna gente cuando siente dolor es capaz de apretar los dientes y seguir y otras personas – como yo – no? No creo que lo mío sea tan malo, simplemente respeto mi cuerpo, soy cautelosa, no quiero forzar… mi cuerpo me estaba diciendo “basta”, porque no estoy entrenada, sin embargo también sentía que podía seguir, que estaba en ese punto “si no me rindo, a partir de aquí no notaré más dolor” y al final así ha sido,  no tuve ni agujetas y fue un subidón cuando lo conseguimos… Sobre todo fue un subidón para mi autoestima, ¡me vino muy bien!! Es lo que más me gusta del running, la sensación de fuerza cuando terminas, la sensación del “¡yo puedo!”.
Y me da que pensar en mi actitud en la vida en general: ¿Es cautela o es miedo? Miedo a lo desconocido, a lo intenso, a dejar salir mi fuerza…
Fui una niña que tuvo que obedecer, mi madre no se andaba con rodeos, me tenía muy sujeta porque tenía poca paciencia y todo la molestaba y me doy cuenta ahora cuánta verdad hay en que tu infancia te condiciona de por vida. Antes de tener al niño no era tan consciente de ello pero la llegada del niño ha abierto “heridas” – le veo a él, desbordante, intenso, pura energía y me reconozco y a la vez veo cómo no me han dejado sacar todo eso porque molestaba.
Esta mañana venía al trabajo con esta conversación en mi cabeza (hablando conmigo misma):
“Tú y tú sois un gran equipo.”
“¿Qué es eso de tú y tú?”
“Sí hombre, la niña que quisieron tener de tí – ´hija no saltes´, ´hija obedece´, ´hija estate quieta´ y la que tú querías ser, la que quería saltar y correr y comerse el mundo…”
En fin. Que hasta de un evento deportivo yo saco material para seguir en mi trabajo de crecimiento personal, tirando del hilo para desenredar un ovillo muy grande y enmarañado que tengo dentro de mí y que es mi primera infancia. Algo clama por ser liberado…
Volviendo a la Carrera, fue preciosa. 33 mil mujeres andando o corriendo por las calles desiertas de Madrid, en una mañana fresca, húmeda, con un radiante sol abriéndose paso con fuerza por el cielo intensamente azul y despejado. Madrugón incluido, llegamos pronto, dejamos las cosas en el guardarropa que estaba situado en la zona de meta y nos fuimos, unos 45 minutos antes del inicio de la Carrera, a colocarnos en la cabecera, porque queríamos correrla. Es, además de una carrera, “la marea rosa”, una demostración, un movimiento, una reivindicación, con un fin solidario. La puede hacer cualquiera independientemente de la forma física en la que se encuentra y si quieres la haces andando. De hecho sé por una compañera de trabajo que superó un cáncer de mama y corrió junto con otras dos “supervivientes”, que hubo gente en tratamiento incluso de quimio, que no quiso perderse la cita. Obviamente no podían correr pero lo importante era llegar a la meta.
Nosotras nos colocamos en la cabecera, en el “sub 45´” que quiere decir para gente que la corre en menos de 45 minutos. Nos vimos con posibilidades. Bueno, la Mami Runner Jefa que se ha puesto muy en serio con el deporte y es totalmente incombustible, lo tenía “en el bote”. Las otras dos mamis, si no fuera por ella y su fuerza y su gancho, no lo habríamos conseguido, pero lo conseguimos que también cuenta. Nuestros cuerpos han podido, aunque nuestra mente es la que se quería rendir antes del tiempo, por lo menos en mi caso. Es curioso porque un día, después de correr fuerte con la Mami Runner Jefa, le pregunté: “¿Pero tú no te cansas? ¿A tí no te duele?” Y me dijo: “Pues claro que me duele…” ¡Pero no se rinde! Cualquiera lo diría. Tiene una fuerza de voluntad in-cre-í-ble.
La Carrera arrancaba en la calle Princesa, saliendo por el intercambiador de Moncloa. Esa zona tiene un significado muy especial para mí, porque cuando llegué a España hace 17 años, lo hice como au-pair de una familia que vivía en Pozuelo de Alarcón y Moncloa fue mi punto de partida para conocer Madrid. Llegaba con el bus interurbano a Moncloa, me dejaba escupir a la superficie por sus escaleras mecánicas sucias y abarrotadas de gente y bajando la calle Princesa, me sumergía en Madrid, la gran aventura… Iba andando para ahorrar billetes de metro… en aquellos primeros meses, bajé la calle Princesa decenas de veces, dirigiéndome a la Plaza de España, a la Plaza Mayor, al Palacio Real, a la Puerta del Sol, a los Jardines del Moro, al Templo de Debod, al Rastro, al Museo Reina Sofía, al Museo del Prado… para descubrir y disfrutar lo más típico y castizo de Madrid. Luego ya me saqué el Abono Joven y empecé a usar el metro y recorrer otros barrios y puntos de Madrid, pero aquellos primeros meses, la calle Princesa era mi boca de entrada a todo lo nuevo, a lo “exótico” (para mí todo era diferente – la arquitectura, la gente, sus ropas, modales, andares, el idioma de la calle me parecía fascinante y completamente diferente del español “de libro de texto” que yo había estudiado…). La calle Princesa para mí es la primera impresión que tuve de Madrid – ciudad de altos árboles, un empedrado característico, las ventanas con barandilla de sus edificios, sus tiendas… yo con los ojos como platos, con la ilusión del “viajero” por conocer la historia, el arte y las costumbres del lugar…
Pero también recuerdo la soledad de aquellos primeros meses, lo duro que se me hacía estar tan lejos de mi familia, sin amigos, sin nada…. Y quién me iba decir que 17 años después seguiría aquí en esta ciudad y como una lugareña más, acudiría a este evento tan especial, con nuevas personas que la vida te regala para que puedas seguir haciendo nuevos amigos.

“Quién tiene un amigo tiene un tesoro.” 

Es muy muy cierto.
La Marea Rosa es una carrera solidaria, y por tanto es un homenaje a la amistad porque celebra todos los valores que la amistad tiene: solidaridad, apoyo, ayuda… Me encantó estar allí.
También fue muy divertido, fue algo diferente y fue realmente espectacular formar parte de ese río de rosa que invadió las calles de Madrid. Mirabas calle para delante y calle para atrás y la vista era impresionante. Me sentía como una célula en la piel, como un glóbulo rojo en el torrente sanguíneo, como una fibra de un pañuelo de seda que se extiende en el viento…
Me sentía una pequeña pizca de algo mucho más grande. Me sentía viva, libre y muy feliz.

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