Feliz Día de la Madre

¡No hay nada mejor para una mamá bloguera que una tarde con predicción de lluvia! Así que hoy no hay parque, aunque tras las cuatro gotas iniciales vuelve a lucir un espléndido sol. Mejor, así se me seca antes la ropa de dos lavadoras, que es toda mi contribución a las tareas domésticas por hoy, y haciendo la vista gorda ante la capa de polvo que cubre los muebles y alfombras, me pongo a escribir.

Mi quinto Día de la Madre ya está aquí. Hoy, el pequeñín ha salido súper contento del cole con un sobre grande y lo primero se ha puesto a abrirlo para enseñarme tan orgulloso su “regalo”, el que habían hecho manualmente en clase. En sus ojos veía esa mirada de ternura y amor incondicional con la que me suele mirar de vez en cuando y es cuando sientes que todo lo que tú le has querido dar y demostrar siempre – confianza, complicidad, respeto, amor… va dando sus frutos. Es de esos momentos fugaces cuando el niño te muestra en espejo digamos la parte buena de la maternidad, y entonces te sientes súper feliz, afortunada y dichosa por tener a ese pequeño “chupa-energías” en tu vida.

De hecho, desde hace unos meses ya, me estoy planteando que el título de este blog ya no es fiel a la realidad, porque he encontrado mi equilibrio para no ser una madre agotada. Soy una madre que sí se cansa a veces, que no para, que lleva adelante muchas cosas, pero soy una madre muy feliz y esa felicidad la he alcanzado desde la serenidad.

La serenidad que me da el haber encontrado mi propia voz. La serenidad que me da el aceptarme como soy y sentirme agradecida por lo que tengo y a partir de allí seguir trabajando en conseguir esa versión un poquito mejor de mí misma… física, pero sobre todo mental y emocionalmente… Aceptar mi sensibilidad como algo positivo, abrirme a las emociones, hacer de la crianza respetuosa y con apego una verdadera bandera…

Pero sobre todo, para qué nos vamos a engañar, toda esta mejoría ha sido posible gracias a la desaparición de la siesta obligada de nuestras vidas y que el niño empezara a acostarse a una hora “decente” (diez, diez y media…) y yo a dormir mis 8 horas diarias… todo un lujo. También la reducción de la jornada ha traído sus frutos, ha sido la mejor decisión que ha aportado equilibrio a nuestras vidas y ha puesto las cosas en su sitio. Más horas con el niño por las tardes ha sido de lo más beneficioso para ambas partes, el niño y su madre también.

Por fin tengo la sensación de haber cerrado una etapa, la etapa de “niño dependiente” que en nuestro caso se prolongó más por la necesidad de acompañamiento y ayuda que ha mostrado el niño y yo se la he ido brindando, porque entendía que alcanzar esa clase de autonomía era algo madurativo.

Y tengo la sensación de que se abre una nueva etapa, en la que el niño y yo estamos ligados por unos lazos de confianza mutua y complicidad, que nos permiten separarnos a la vez que nos sostienen y nutren. No son lazos que oprimen y encierran, son lazos que permiten alejarse, porque la conexión ya está establecida y te da fuerzas desde dentro. Un niño que se ha nutrido todo lo que ha necesitado de la cercanía de su madre, empieza a soltarse, a abrirse al mundo. Y a mí me encanta estar allí, a su lado, para poder ser testigo de su infancia en estos breves años que pasarán en un santiamén y antes de que su cara se convierta en un mapa de granos y su perfecta piel lechosa se cubra de vello y su voz de pito se convierta en una discordante vozarrón de hombre y empiece a estar en conflicto eterno con el mundo mundial y a medirse la colita a escondidas a todas horas (he visto “Porkys”, así que lo sé), es mi niño y yo soy su guía, su fuente y su ejemplo.

Esta nueva etapa trae nuevos desafíos.

El niño empieza a interesarse por cosas “metafísicas” como la muerte, por ejemplo. A la vez está en plena época de fantasía desbordante y no diferencia fantasía y realidad, de allí que cuesta mucho explicarle que no se va a topar en la vida con un agujero negro, por ejemplo. Después de que un día la monitora del Planetario nos explicó con pelos y señales qué era un agujero negro (yo no lo sabía tampoco, la verdad), dejó de preguntar por el “qué hay dentro de un agujero negro” pero su existencia le seguía intrigando y preocupando. Le tuve que explicar que los agujeros negros están lejos en el Universo y que es imposible que los Humanos de la Tierra lleguemos allí nunca.

Fijaros qué procesos mentales es capaz de hilvanar esa cabecita suya. Unos días después, me preguntó con mucha insistencia:

“Mamá, ¿los muertos cuando se mueren van al cielo y se quedan en las nubes o van volando por el Universo??”

Me pilló un poco por sorpresa y me quedé pensando unos segundos en qué podría decirle y él, leyendo las dudas reflejadas en mi rostro, soltó en plan melodramático: “No lo sabes, ¿verdad?” y puso cara de abatimiento.

Yo le dije con suavidad:

“Nadie lo sabe, cariño, no sabemos qué hay después de la muerte. Como no hay nadie que lo pueda contar…”

Y la cosa se quedó allí. No soy partidaria de contarle “milongas” y por eso me alegré de haberle podido decir “la verdad” – que no se sabe.

Pero para un niño de 5 años, a veces es mejor contarle un cuento, porque se quedará más tranquilo.

Al día siguiente, su padre me dijo que al llevarle al colegio, el niño le decía que cuando se muriera, no quería ir a parar a un agujero negro. Entonces até cabos en la cabeza y cuando recogí al niño por la tarde del cole aquel día, le dije, lo más alegre que pude:

“¿Sabes qué, cariño? ¡Me he enterado de qué pasa con los muertos después de la muerte! Se quedan en las nubes. Seguro,” afirmé con rotundidad.

“¡¡Bien!!” se alegró el niño. “¿Y pueden vernos?” quiso asegurarse y yo sin titubear repliqué: “¡Por supuesto y también hablan entre sí!”

Y no ha vuelto a preocuparle el tema ni de los muertos, ni de los agujeros negros.

El niño empieza a abrirse al mundo y a mí me encanta explicárselo, como mejor puedo. Pero hay veces que me quedo sin recursos, porque la verdad no sé qué decirle. Como el día que me preguntó:

“¿Y por qué son 5 días de trabajo en el cole y sólo 2 días de diversión en casa cada semana?”

Y a mí no se me ocurría nada que decirle salvo que constatar para mis adentros, en tono fatal: “Ya está. Ya se ha dado cuenta.”

Y luego ponerme a hacer aspavientos con los brazos y a rapear:

“Porque… yo te lo digo… maldita sociedad… yo estoy contigo,” o algo así.

Aparte de preocuparle el tema de la muerte, los agujeros negros y otras cuestiones vitales, el niño tiene cierta tendencia a la inteligencia emocional. El otro día le dijo por ejemplo muy serio a su padre:

“Papá, si te enfadaras menos conmigo, tú y yo podríamos ser muy felices siempre.”

Contra lo cual, hasta su padre que efectivamente a veces se enfada demasiado deprisa con él, se derritió en un río de baba.

La misma que se me cayó a mí cuando abrí mi regalo del Día de la Madre por adelantado y vi el precioso dibujo que lo acompañaba. Y con él me despido de vosotr@s por hoy.

¡Feliz Día de la Madre a todas!

20170505_164557

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s