Niños capaces de cambiar el mundo

Hoy me siento frente al ordenador con la cabeza como un caldero lleno de ideas burbujeando. El viernes tuve un día maravilloso, sino fuera por la pequeña sombra de un posible conflicto que me espera en el trabajo el lunes (ya veré con qué me sorprenden, si con una charla o si con un “cuéntame qué te pasa” – yo voto por la charla, por eso estoy preocupada y dándole vueltas…) pero en fin. El viernes me cogí “a day off” = un día libre de profesional, de madre, de esposa… y fui a empaparme de conocimientos. Por la mañana, en un sitio, por la tarde, en otro. ¡Un día de lo más completo!

Por la mañana acudí a un “Desayuno Ligero con Kaiku” en el Club de las Malasmadres (sí, volví… esta vez iba sola pero ya no era lo mismo, ya sabía a dónde iba). La amable Malamadre-Recepcionista (la que se pone en la entrada y te tacha de la lista) hasta se acordaba de mi cara y la Malamadre-Fotógrafa con la que charlé en febrero, me debió de reconocer a su vez y presta se dispuso a sacar de la nada un taburete para mí, que llegué con la hora justa, cuando ya no cabía un alfiler en la sala… Espero que me haya sacado guapa en las fotos, por cierto 🙂

Llegué tarde porque no me terminaba de decidir el qué me ponía y porque decidí maquillarme por una vez y también peinarme… pero, casualidades de la vida, en el metro me encontré a una amiga madre con hijos – Checa además – que hacía tiempo que no veía. Al verme tan peripuesta (hasta con camisa de seda iba yo), espero que no se haya hecho una imagen equivocada de mí, yo normalmente voy mucho menos arreglada. Ella iba sin maquillar y también llegaba tarde, pero el motivo de su retraso en este caso venía con ella y no paró de observarme en silencio con su mirada limpia mientras se subía alternativamente a las rodillas de su madre y volvía a la silla de paseo, durante todo el trayecto. Pero, como coincidimos, si no fuera por el retraso, no nos habríamos cruzado y a las dos nos sentó muy bien ese encuentro inesperado.

Ya en la Malasmadres House, escuché la charla superinteresantísima titulada “Niños capaces de cambiar el mundo” (¿cómo me iba yo a perder algo así?) pero lamentablemente, cuando terminó, no me dio tiempo de “socializar” con las Malas Madres y degustar los Kaiku sin lactosa como me habría gustado, porque me esperaba un taller sobre “Comunicación y Confianza”… en el ámbito empresarial y sin nada que ver con la crianza, pero para mí, todo se comunica. Dentro de cada adulto hay un niño y entenderte con un compañero de trabajo o tu jefe y entenderte con tu propio hijo puede ser igual de peliagudo a veces.

En ambos casos se trata de dominar el arte de la comunicación, de tejer redes de confianza, en ambos mundos hay emociones, porque seguimos siendo unos humanos dentro y fuera de nuestras casas. Con los seres de tu casa tienes vínculos afectivos, pero por casualidades de la vida pasas más horas al día con tus compañeros de trabajo así que aunque sean unos completos extraños, necesitas entenderte bien con ellos.

Ahora que tengo delante mía a mi hijo y vivo su infancia con él (porque gracias a la reducción de jornada las tardes son con él), veo de cerca cómo se despierta ante la vida, cómo se abre ante ella y la empieza a querer comprender y cómo chocan el mundo adulto con el infantil. Y a nivel de emociones veo muchos, muchos símiles entre los dos mundos. Todos los adultos fuimos niños el día de ayer y todos los niños serán adultos el día de mañana.

Volviendo a la charla de las Malasmadres, nos hablaron de cómo criar niños emprendedores, niños superhéroes para que “salven” nuestro futuro, o cómo criar niños que cambiarán este mundo. Se me quedó grabada una de las primeras frases de la ponente (Nuria Pérez Paredes, http://www.sparksandrockets.net) que dijo:

“Necesitamos urgentemente líderes de los de antes.”  Y nos decía que miráramos en qué mundo nos estamos convirtiendo, qué líderes (políticos) están ganando las elecciones y decía (es madre de dos niños): “A mí personalmente eso me quita el sueño.”

¡Y a mí! Hace poco los periódicos se vieron invadidos por titulares que decían: “¡Tercera Guerra Mundial!” Y yo sentí una profunda desazón y miedo, sentí auténtico miedo. ¿Cómo le explico a mi hijo qué es la guerra? ¿Qué será de nosotros, qué será de este Planeta? ¿Es que ya no hay gente con criterio propio, amor propio, capaz de dialogar, de pensar en un bien común? ¿Qué clase de mente retorcida es capaz de plantearse siquiera un segundo un ataque nuclear? Para destruir otro país y de paso, parte del Planeta que te sustenta, que te acoge, que no te pertenece… ¡un poco de humildad, por favor! Y de respeto a la vida. ¿Cómo le explico yo a un niño de 5 años, que los malos malísimos con cascos y metralletas y los malos peores todavía, los que pulsan el botón de lanzamiento de un misil de destrucción masiva, que todos esos existen de verdad? ¿Y cómo le explico que te tienes que quedar de brazos cruzados porque no puedes hacer nada, porque “la mayoría” ha votado a unos imbéciles? ¿Ese es el consejo que le debo dar, para que no sufra en esta vida, debo decirle “hijo, ve con la masa, no opines distinto, déjate llevar, no pienses”?

No y no y no, me niego a rendirme. Desde que soy madre y he descubierto el potencial del amor, veo su falta desesperada en el mundo. Vivimos en una sociedad enferma, en un mundo sin valores, todos los adultos terminamos contaminados pero los niños siguen naciendo puros, fuertes, llenos de amor, de pasión, de bondad, de ilusión… así que sí, sí y sí, necesitamos urgentemente volver a decirles a nuestros hijos: “Yo me adapto a tí.” Necesitamos perder el miedo al individualismo. Estamos llegando a unos límites malsanos con esto del “trabajo en equipo”: ¿Qué es eso de dar medallas a todo el equipo de fútbol? ¿Para que los que pierden no se sientan mal? ¿Para que los que ganan no se sientan bien, no saboreen la merecida victoria? Pero en el deporte, ¿no se trataba de aprender a ganar y aprender a perder?

Necesitamos fomentar y hacer crecer los potenciales de nuestros hijos, desterrar el miedo a ser diferente,  aprender a sacarle el partido al hecho de ser diferente.Porque las personas innovadoras y visionarias lo son porque hacen las cosas diferentes… y a su manera.

Y yo añado que necesitamos enseñarles a nuestros hijos a pensar por sí mismos y a cuestionarse las cosas y a buscar sus propias respuestas. Ahora que estoy inmersa en un curso sobre emociones y crianza y descubriendo y re-planteándome un montón de cosas, me doy cuenta de que cuesta mucho romper los estereotipos en mi cabeza pero sobre todo, vencer una especie de pereza adquirida de “no pienses, no te cuestiones, obedece y punto, no busques otras respuestas, memoriza y repite lo que te dicen, no te salgas de la raya, ve con la masa…” Sí, lo llevamos dentro y para mí se ha convertido en un estorbo.

Volvamos a celebrar la diferencia. Eso es algo que yo siempre he sentido así, si tu hijo es bueno en algo – apóyale en eso, no le fuerces a “mejorar” en lo que se le da mal – nunca será bueno, será en todo caso mediocre a costa de mucho sufrimiento y perderá todo el potencial que hubiera podido desarrollar si le dieras “vía libre” a su don. Los dones, en el sistema educativo actual, no se aprecian, ni se cultivan, ni se propician, ni se buscan… Salen poquísimos innovadores de las aulas de hoy en día. Esto es así porque se sigue enseñando para formar personas para la revolución industrial – obreros obedientes que trabajaban en masas en las fábricas. Pero, como decía la ponente el otro día, aquella era ya pasó y ahora estamos en la era de la revolución de las conexiones, del mundo digital. El conocimiento ya no está en las universidades, está en la red.

Quien triunfará el día de mañana, no será el que sepa hacerlo mejor, será aquel que sepa contar una historia…

Que sepa emocionar, dar una experiencia… ¿Y cómo podemos hacer que nuestros hijos triunfen en este mundo cambiante? Potenciando su creatividad y pasión innatas, su curiosidad. ¿Cómo?

Dejando que los niños se aburran. Dejando que hagan las cosas solos.  Dejando que los niños puedan hacer lo que les apasione.

Esta autonomía lleva a una autoconfianza bestial… y la autoconfianza hace que te puedas abrir a los demás, que puedas acoger sus necesidades, es decir, lleva a la empatía, no al egocentrismo, como algunos podrían pensar. El objetivo es conseguir niños resilientes, no niños tiranos.

Proveer a nuestros hijos de un arnés de resiliencia (ya está, ya tengo en mi blog esta palabra, que se ha puesto de moda y me encanta y estaba deseando poder usarla!!!), respeto, confianza y autonomía – qué mejor “regalo” les podríamos hacer para enfrentarse a la vida, ¿no creéis?  Y para conseguirlo, es tan simple: dale espacio para que pueda hacer y no hagas las cosas por él. Independencia y libertad. ¡Yo me apunto!

Al término de la charla, cuando tocó el turno de las preguntas, una mamá levantó la mano y contó que su hijo de 2 años y medio era un niño muy callado, que no hablaba casi, tímido y muy encerrado en su mundo y que ella en principio le dejaba ser así, pero que siempre estaba con la duda de si ¿no debería estimularle, ayudarle a salir del caparazón de alguna manera? ¿No debería ser más abierto y “dichararero” como los demás niños?

Mientras la ponente le contestaba (que le dejara a su rollo, que era pronto y que en todo caso, si más adelante esta forma de ser le causara algún problema serio, sería el momento de trabajarlo con especialistas… y que los niños tímidos tenían una gran riqueza de vida interior), yo me quedé pensando en que tenía en casa justo el “caso” contrario: Un niño precoz en el lenguaje y que hablaba muchísimo y que necesitaba contar cosas (“yo tengo que decir cosas importantes, mamá”). En mi caso nunca fue un problema, hasta que llegó al cole y en clase, tenía que callarse y ceder el turno a los demás, todos por igual. Yo me imagino al pobre niño callado, al niño al que no le gusta hablar cómo sufre cuando se ve obligado a abrir la boca y decir cosas; y sé seguro que para el mío es igualmente una tortura tener que callarse.

Me quedé pensando en que la otra madre estaba preocupada por un extremo y yo por el otro y la conclusión que saqué es que ninguna de las dos estábamos viendo las diferencias de nuestros respectivos hijos como algo positivo – el suyo tenía una vida interior súper rica y tal vez llegaría a ser un gran observador, el mío tenía un don de lenguaje y tal vez llegaría ser un gran comunicador el día de mañana – en lugar de eso, ella está preocupada a ver si es que su hijo debería hablar más y yo realmente no estaba nunca preocupada por el don de mi hijo, siempre lo vi como algo positivo – sería alguien que diría cosas importantes – un nuevo Matías Prats o alguien que se le daría bien hablar en público, un portavoz o yo que sé… – y nunca lo viví como un problema hasta que el cole me lo hizo vivir como un problema. Os voy a dar un ejemplo: Del apartado “Observaciones” en las notas del año pasado, primer trimestre (tres años y medio): “J. es un niño alegre y extrovertido. Expresa sus necesidades y sentimientos durante todo el día y a veces le cuesta esperar su turno de palabra ya que siente la necesidad de contar continuamente sus vivencias y experiencias.” Muy bien, yo no vi el peligro, yo tan orgullosa de mi niño. Imaginaros el batacazo emocional que sentí cuando leí esto al final del segundo trimestre: “Ha ido evolucionando en este trimestre… aún le cuesta esperar su turno de palabra o escuchar un cuento o una historia sin intervenir. No se me olvidará la sensación de decepción, incredulidad y pena, cuando leí esto. Me quedé pensando: “¿Y eso es una ventaja? ¿Eso es un logro? ¿Le enseñan a callarse a un niño que podría ser el más participativo, el portavoz, un orador… ¿le cortáis las alas de esta manera?” Yo no puedo evitar verlo así. Pero volvemos a lo de siempre, 26 niños en el aula…

La ponente de ayer nos dio el siguiente mensaje: el sistema educativo es quien tiene un error, quien está mal, quien está cojo en este sentido y necesita una reforma urgente, pero mientras eso ocurre, lo único que podamos hacer los padres es por las tardes y los fines de semana, sí incentivar la pasión de nuestros hijos. Y nos advirtió que de ninguna manera demostremos nuestra disconformidad con las cosas del cole delante del niño. Que es preferible pedir tutorías y hablar con los profesores a solas, para que cambien el contenido o el enfoque de los deberes por ejemplo; pero que nunca el niño debe percibir a los padres y al cole como dos frentes enfrentados. Eso es cierto y un consejo muy razonable. Ahora, que las tutoras estén abiertas a tus preocupaciones y sugerencias, es otro cantar… Ay, ¡qué miedo me da cuando lleguen los temibles deberes! Si ya ahora, estamos en infantil y mi hijo me dice el otro día: “¡El cole es inútil! Sólo me regañan, me dicen que me calle, no me dejan hacer nada.” ¿Cómo lo capearemos cuando empiece el lavado de cerebros de verdad? Si esto es sólo “la entrée”…

En resumen, apoyar a nuestros hijos y enseñarles el valor de perseguir tus sueños es el mejor regalo que les podamos hacer. Porque

Los sueños hacen que la vida merezca la pena, independientemente de que lleven a éxito o no. 

Nuria nos dio ejemplos de niños “superhéroes” que consiguieron cosas increíbles y nos dijo: “Aquí los verdaderos superhéroes han sido sus padres también, porque creyeron en sus hijos y les apoyaron y les dieron pie a que persiguieran su sueño.” Yo con el que más alucinada me quedé fue con Ciro Ortiz. Buscad su historia en Internet o en Youtube, ella nos puso un vídeo del niño plantado con una mesita y una silla plegable en el metro de Nueva York, con un cartel diciendo “consejos emocionales a 2 dólares” y un éxito rotundo de audiencia. Ciro fue un niño al que no se le daba bien hablar, pero se le daba bien escuchar y aconsejar. Y puede hacerlo. Las Malasmadres no pudimos evitar soltar risitas de incredulidad al ver el vídeo con el niño de 11 años plantado con cara seria escuchando las confidencias de un adulto hecho y derecho encorvado enfrente de él, pero… es la realidad.

Son niños capaces de cambiar el mundo. 

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