Las rabietas infantiles y cómo hacer que reine la paz en casa

Hoy os traigo una traducción de un artículo que leí en checo y me pareció muy bueno y acertado, sobre un tema muy actual para muchas familias y que plantea una solución tan simple, tan al alcance de todos que me pareció sencillamente genial.

Así que, aquí va. El texto original fue publicado en http://www.nevychova.cz y ha sido traducido al español por servidora.

Las rabietas infantiles – las vencimos con el voto del silencio

„Sé buena niña y no te enfades.”
„No se llora, sé un hombre.”
„Ya eres muy mayor para ponerte así.”
„Venga, no será para tanto.”
“Anda, si no es nada.”

Supongo que todos lo sabemos. Los niños se dividen en “buenos” y “malos”. ¿Os habéis fijado? Los niños buenos no se enrabietan, no son brutos, no lloran por cualquier tontería, no gritan.

Mi pequeño F. empieza a alcanzar la edad de experimentar las primeras sacudidas de las emociones. Algunos dirían que empezamos el período de las rabietas. Así que a veces nos vemos en la situación de niño con berrinche pataleando tumbado en el suelo, porque le acabo de prohibir lamer la papelera de la calle.

Y como parece de verdad como poseído por un demonio, los transeúntes suelen soltar un: “¡Menudo caudillo!” y yo por el tono en que lo dicen oigo el: “Vaya madre que no sabe ni educar a su propio hijo”.

En cambio, cuando mi pequeño está sentadito tranquilito en su cochecito y sonriendo, todos se deshacen en halagos que qué niño más bueno y guapo. Y yo, imperceptiblemente, me he creído que

un niño con emociones = mi fallo como madre.

Que un niño sólo puede estar contento y tranquilo. Que cualquier otro estado está mal.

„Ven, cariñín, voy a consolarte hasta la saciedad.”

Así que en cuanto mi pequeño se enfadaba o se echaba a llorar aparentemente sin motivo, yo salía disparada, abrazándole y hablándole. Le estaba machacando con una solución tras otra. Le distraía, le ofrecía otras opciones de entretenerse y no paraba de acumular razones por las que no tenía que sentirse tan mal como se sentía, ¡si no pasaba nada!

(„Cariño, no llores, no pasa nada. Mañana volvemos a salir al parque y llevamos la moto. Bueno, que no es para tanto… Mira, ¡en casa tenemos el camión grande!”)

El pequeño berreaba y se retorcía, atrapado dentro de su emoción, dentro de su ira. Y yo intentaba acallarle, presa de mi propia necesidad de calmarle lo antes posible. Para que todo volviera a estar bien cuanto antes.

Estábamos metidos hasta el cuello, cada uno dentro de su propia maraña y profundamente infelices los dos.

Yo tenía miedo de no dar la talla si no sabía ayudarle y me carcomía la duda si era normal y sano que por cualquier tontería pudiera pillarse esos berrinches desproporcionados.

La magia del entendimiento: estamos los dos igual.

Era una tarde cualquiera cuando mi pequeño decidió crear su obra maestra y épica con un yogur, un vaso de agua, un trozo de pan, su propio cuerpo y unos cuantos lapiceros. Se lo estaba pasando en grande.

Cuando quiso añadir mis pantalones a la mezcla, le corté el rollo con una disculpa y me lo llevé a la ducha. Él parecía que iba a estallar de la rabia. Yo me decía para mis adentros: „Por Dios, si sólo era un mejunje. En un rato se ha olvidado y se entretiene con otra cosa.”

Un rato después, mientras estaba preparando la cena, estaba haciendo mil cosas a la vez y se me olvidó echar la sal a la carne. Y de repente, ¡me dio tal rabia! Me había pintado la imagen idílica del marido que llega de trabajar y se queda extasiado con el sabor exquisito de mi guiso perfecto y en lugar de eso, iba a servirle una carne sosa o un triste sándwich. ¡Qué horror! Estaba a punto de echarme a llorar.

Una tontería, una cosa tan pequeña. Pero me superó igualito que mi peque momentos antes, cuando no consiguió hacer algo tal y como se lo proponía.

Y mi marido mi dijo después: „No pasa nada, si no está tan mal. Sólo es una cena, no exageres.”

¿Por qué creemos que nuestros motivos para estar enfadados o tristes son “mejores” que los de los niños?

A lo mejor porque los adultos pataleamos menos. Pero eso es sólo porque tenemos la capacidad del uso de las palabras. Un adulto es un ser inteligente y serio, no se va a sentar en medio del suelo de la cocina y no se va a echar a llorar porque no le apetece ir a trabajar. (aunque a veces tenga ganas de hacer justo eso ;-)))

Pero cuando oigo las atrocidades que somos capaces de decirnos los adultos cuando no estamos bien, me parece que no son mucho mejores que una rabieta infantil. Casi al contrario. „¿Tanto te molestaría que me ayudaras por una vez con los niños?” „Ya estamos, por favor, ya te haces la víctima como siempre.”

Vale, pues su emoción es la misma que la mía… ¿y ahora qué?

Si resulta que mi hijo y yo nos vemos atrapados en lo mismo, ¿tal vez podríamos usar la misma vía de escape?

Una vez que estaba yo de bajón, quedé para desahogarme con una amiga. Ella se mantenía callada y escuchaba. Y yo me lamentaba y entre queja y queja llegué a la conclusión de qué tenía que hacer. Y me sentí aliviada.

Otra vez intenté desahogarme con un amigo, que se dedicaba a bombardearme con consejos, casi no me dejaba terminar las frases. Su principal objetivo era solucionar el problema. No me ayudó ni una pizca.

Y entonces, tuve una revelación. Un ¡click! en mi cabeza.

Cuando estoy atrapada en mis emociones, no quiero soluciones. Ya me las buscaré yo luego. Lo que quiero es aceptación. Que alguien me entienda y me quiera, aunque resulto insoportable en ese momento.

Entonces me siento segura y se me pasa en un ratito.

Fin de las palabras, empieza la comunicación.

Lo probé.

Cuando mi pequeño tuvo su siguiente crisis lacrimógena y sonora, me senté con él y estuve en silencio. No le forcé para que dejara de llorar.

Vale, estábamos en casa. No tenía que lidiar con miraditas críticas de los transeúntes que por la intensidad del berrinche pensarían que estoy matando al pobre crío. Mantener la calma en la calle requerirá de más práctica. 🙂

Y en cuanto dejé de centrarme tanto en hacer que pase, por fin pude ver y escuchar qué era lo que le preocupaba.

Ah, no es que quiera cargarse el cuenco de porcelana agitándolo, es que quiere cocinar como yo. No quiere catapultarse de morros con la moto por la escalera, simplemente quiere montar. Al final del día no llora porque sí, solamente que de tan cansado que está no puede ni dormirse.

Le pregunté qué podría ayudarle y me presté a escucharle. Bueno y a mirarle, porque con 15 meses su vocabulario todavía no da para mucho. 🙂

Pero aunque no sepa hablar, sabe enseñarme exactamente qué necesita en cada momento.

Se puede montar la moto en casa, el salón se ha convertido en una carrera de obstáculos estupenda. Un cuenco de plástico con una espátula son ideales para el mini cocinitas. Cuando el cansancio es aplastante, a veces ayuda un buen abrazo, a veces un poco de teta,  a veces se duerme sólo con papá.

Él propone la mejor solución, basta con no presionarle.

Y de repente sucede que en lugar de un niño “malo”, tienes delante a un niño cansado, triste o decepcionado – y eso ya se puede solucionar. 😉

Con los niños más mayores el silencio trae más ventajas todavía 😉

Cuando de vez en cuando nos olvidamos de las súper súper importantes responsabilidades adultas y simplemente nos sentamos con el niño en el suelo, podemos enterarnos de un montón de cosas muy interesantes.

Si escuchamos suficiente rato, sin juzgar y sin opinar, a lo mejor hasta nos dicen lo que sino se habrían callado (como que se han llevado un juguete de la guarde a casa sin permiso o que la profe nueva a veces les grita mucho).

Un efecto colateral de cerrar la boca y abrir los oídos, es que escucharemos nuestras propias frasecitas que inmersos en el día a día ni nos damos cuenta que vamos soltando. Y de repente, con esa vocecita inocente, suenan escalofriantes.

„¡Silencio, que te calles ya!” dirigido al hermano pequeño, que canturrea un poco más alto. „¿Me has oído?!”

A veces este espejo puede dar ganas de vomitar. Pero escucharlo es darse cuenta de que hay que dejar de decirlo. Y eso es mejor que no descubrirlo nunca, ¿no?

Bonus: si empezáis a escuchar, los niños también empezarán a hacerlo.

Y no sólo porque nos imitan en todo. Es que si hablamos sin parar, están hartos de nuestros sermones, órdenes o explicaciones. Así que en cuanto nos ponemos, ellos directamente desconectan.

Y el progenitor puede quedarse sin cuerdas vocales y no le sirve de nada. Todo el mundo cabreado: niños saturados y padres afónicos.

Desafío: dadle una oportunidad a un día de silencio. Vuestras cuerdas vocales tendrán un merecido descanso y vosotros os podréis enterar de cosas que ignorabais.

Y cuando hayáis descubierto lo que os faltaba por saber, podéis hablar tranquilamente con los niños para llegar a un acuerdo de qué necesitáis que cambie. Para que en vuestra casa se respire bienestar, que sólo puede proporcionar una madre contenta que no pierde los papeles ocho veces al día.

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