Gratitud

A veces el entorno te presiona, te exige, te genera estrés hasta límites insoportables, y mi única manera de mantener la cordura en momentos así es buscar dentro de mí chispitas de una cosa que yo llamo gratitud.

Es eso que sientes cuando vas caminando por un parque y miras un momento al cielo y te das cuenta de que hace un maravilloso día y de que aún puedes sentir el calor del sol, la frescura de la brisa que te acaricia el rostro y oír el canto de los pájaros que siguen con sus trinos ajenos a todas las desgracias de este mundo.

Es eso que siento cuando salgo a correr por el parque y hago un poco de ejercicio rodeada de la naturaleza primaveral… siento gratitud en primer lugar por dedicarme esos momentos… por el simple hecho de estar allí, habiéndoles “robado” ese trocito del día a mi familia; y en segundo lugar me siento agradecida y afortunada por estar sana y poder disfrutar así de mi cuerpo.

Hoy lo sentí en medio del Auditorio Nacional, al escuchar a los solistas y al coro cantar acompañados de la Orquesta Filarmónica… y pensé: “Qué bien que existan estos momentos tan puros en este mundo tan competitivo”, con gente mostrando un don (de su garganta), y otra gente escuchando con la piel de gallina y aplaudiendo los frutos de ese don… ¡Es maravilloso!  Cuán incomprensible profesión se me antoja la del músico… Menuda panda de locos que se ganan la vida haciendo sonar sus instrumentos de modo que entre todos salga un sonido único, una melodía limpia capaz de emocionar al público… Practicando horas y horas para un par de horas de fugaz éxito… Pero, la música de alguna manera llega al alma. Y supongo que eso hace que merezca la pena.

Sí, era un concierto familiar así que el peque se vino con nosotros y estaba subido en mis rodillas y sí, por momentos le costaba estarse quieto. Pero para mí se portó fenomenal y aunque su padre le terminó sacando antes del final y se lo llevó al parque (y por lo visto se lo pasaron en grande y conspirando contra mí, tachándome de culpable de arrastrarles a sitios inadecuados para niños), yo sigo creyendo que fue buena idea llevar al niño porque al igual que me ha puesto la piel de gallina a mí, él tiene el mismo derecho de recibir una experiencia así, una experiencia que eleva el espíritu…  Llevar a mi hijo a un concierto de música clásica es mi manera de enseñarle el mundo, quiero enseñarle las cosas buenas por las que merece la pena vivir, ¿sabéis? Y había muchos niños en el público, así que no soy la única “loca”. Aunque no sé si los tres chavales de diez años que se sentaron detrás nuestra y que hacia el final se pusieron a comer patatas fritas o gusanitos (en cualquier caso, algo que hacía “crack, crack” a cada bocado) y nos daban continuas patadas en el asiento estaban pillando la lección…

Nunca sabes qué le valdrá de mayor a tu hijo de su infancia… qué recordará, qué le servirá para algo… A mí de pequeña mis padres me llevaban mucho a hacer senderismo por la montaña o por el campo y ahora lo valoro muchísimo, ya que he aprendido que el contacto con la naturaleza y el ejercicio físico son unas maravillosas fuentes de paz interior.

Y la cultura también. Sea una función de teatro, sea un concierto de música clásica, sea una exposición de pintura… lo cual me lleva a pensar que todavía no hemos ido con el peque al Prado, pero en cuanto nos recompongamos de la ración de música clásica de esta mañana, iremos a darle al Goya, oh sí… o mejor lo dejamos para más adelante… aunqueee…

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