Una mamá en el camino del bienestar

Pues sí, con 5 años de maternidad a cuestas, yo que creía que ya estaba de vuelta de todo, acabo de descubrir otro aspecto de esto de ser madre del que nadie me avisó. Y creo firmemente que es algo con lo que lidian tarde o temprano todas las mamás y que cada una ha tenido que aprender  a duras penas, con más o menos éxito.

Hablo de aprender a sacar y defender tiempo para ti misma y de aprender a cuidarte cuando un hijo… o varios… inundan tu vida.

Lo que pasa es que esta vuelta  a los hábitos saludables no es fácil, ya que no basta con volver a lo que hacías antes de ser mamá…  porque antes de ser mamá, disponías de más tiempo, podías descansar cuando quisieras… así que hay que ser creativa y buscar la manera de cuidarte pero dentro de tu papel como madre y esposa.

Y eso es un nuevo aprendizaje con el que me acabo de topar en esto de ser madre y que ignoraba que sería necesario.

Tal vez ahora me caiga un aluvión de críticas de: “¿No lo sabías? ¡Pues qué tonta!” Pues no, no lo sabía… sí sabía que con un hijo cambian tus prioridades y que ya no dispondrás de tanto tiempo libre como cuando eras una Sinhijos, feliz en su ignorancia…

Lo que no sabía, porque nadie lo dice, que las ganas de tener ese tiempo para ti y de cuidarte y verte bien, seguirán allí y te crearán una terrible lucha interna que te volverá loca por momentos. Te sentirás culpable por querer escapar del niño, te sentirás mal por no conformarte con el estado de mamá ojerosa, flácida y más pesada de lo que te gustaría… Entonces terminas confundida e intentas acallar esa vocecita insistente que reclama algo de atención dentro de tí y la mandas a callar diciéndote: “Esto es lo que hay. Soy mamá. Mi prioridad es el niño. Nadie dijo que iba a ser fácil,  cuando eres madre ya no hay tiempo, acéptalo. Es lo que hay, todas lo sufrimos…” Y allí está. Todas lo sufrimos en silencio. Y al final, todas nos rebelamos, cada cual a su manera, en mayor o menor medida, más descaradamente (diciendo bien alto: “¡Quiero tener tiempo para mí y esto es lo que hay!” y aceptando las críticas tipo: “Mira esa, se pasa el día en el gimnasio. ¡Pobre niño!”) o más a escondidas (esos intentos infinitos de iniciar una dieta a la vez que cocinas “lo de siempre” para el resto de la familia, ¿quién se apunta?).

Mi momento de “rebelión” ha llegado. Así que hago de la tarea de encontrar tiempo para mí una nueva prioridad. Y allí está:  Estoy re-aprendiendo a cuidarme. Re-aprendiendo a cenar saludable (no, las sobras de la merienda y de la cena del Buenhijo no son el camino y saltarme la cena tampoco), re-aprendiendo a hacer mis 5 comidas equilibradas al día (fuera galletas entre horas), re-aprendiendo a sacar hueco para hacer deporte…  (hay vida más allá del gimnasio y consiste en  estupendos tutoriales en youtube para hacer toda clase de ejercicio en casa, además de mis mamis runners esperándome una vez a la semana en el parque para correr y los 30 minutos a la semana de poder nadar mientras el Buenhijo está en su clase de natación).

Cuando te conviertes en madre recién parida, te das cuenta con más o menos batacazo, que tu gran prioridad pasa a ser el niño. Pues vale. Todas pasamos por aquella experiencia demoledora de las primeras semanas sin dormir, locas de preocupación para que el niño coma y convertidas en unas vacas lecheras andantes. Todas aprendemos la lección de la abnegación y entrega total… y creo que es lo suyo durante los primeros meses, incluso años…  hay que volcarse en el bebé. Pero llega en la vida de la madre un momento cuando los hijos poco a poco se van independizando, lo cual no quiere decir que tu “carga de trabajo” sea menor (ya sabéis, “Hijos pequeños, problemas pequeños. Hijos grandes, problemas grandes.”)  pero por lo menos tu mente se despeja lo suficiente para poder enfocar su atención también un poco en ti misma, a la que te habías dejado completamente de lado.

Y entonces, si quieres hacer algo por ti, llega el momento de aprender a cuidarse otra vez, pero sin descuidar a tu familia, por supuesto. De volver a sentirte mujer, además de madre.

El gran momento de recuperación comúnmente aceptado y de sobra conocido es la vuelta a tu peso tras el parto… pero nadie te dice que para poder enfrentarte con la energía suficiente a la ardua tarea de criar a un niño durante el tiempo necesario hasta que llegue a su madurez (¿18 años? ¿Sí, no?), sin que tus sueños e ilusiones y todo lo que te define como mujer (cintura esbelta, tripa plana, culo y pechos firmes, piel radiante…llámenme superficial pero es así) perezcan en el intento, tendrás que hacer un trabajo más grande todavía. Yo estoy en plena fase de esa recuperación del tiempo perdido y ¡me está sentando fenomenal!  Por eso digo que es vital hacerlo y no renunciar a sentirte bien contigo misma.

Y no, no estoy diciendo que para ser bella hay que pesar 55 kilos y tener las medidas 90-60-90. ¡Por favor! La verdadera belleza por supuesto radica en nuestro interior, además es la única capaz de soportar intacta el paso del tiempo y de hecho, suele aumentar con los años vividos.

Las madres tenemos una enorme ventaja: tenemos algo que hace que nuestras vidas rebosen de amor, así que tenemos esa luz interior, podemos tener ese brillo que nos convierten en irresistibles y eternamente bellas, no importa cuánto pesamos o cuánto miden nuestras cinturas. Las madres somos amadas incondicionalmente, con todas nuestras imperfecciones físicas. Y para poder soportar todo ese amor y devolverlo en su justa medida, nos tenemos que aceptar también nosotras a nosotras mismas, con todas nuestras imperfecciones.

Casi seguro que en el proceso de cuidarnos mejoraremos nuestra apariencia, pero sobre todo, se trata de ganar energía, vitalidad, fuerza, optimismo… y de mirarse en el espejo y poder decirse a una misma: “Yo también te quiero, ¡¡estás estupenda!!”.

Además, ya se encargará la menopausia dentro de unos años de darnos un buen revés a nivel físico, así que… ¡lo que puedes ganar en salud hoy, no lo dejes para mañana!

 

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