Disfruta…

Hace poco me llegó un correo en el trabajo, anunciando que una comercial de otra empresa se acababa de reincorporar tras su baja maternal. Le escribí inmediatamente felicitándole por su bebé e interesándome por su recién estrenada maternidad y me sorprendió cuando leí sus palabras: “aunque hay agobios intento relajarme y disfrutar.”

¡Me pareció tan sabio y tan maduro!! Y sonaba tan fácil…

A mí, eso de relajarme y disfrutar cuando tuve a mi pequeño, se me olvidó… o con la locura que se desató tras su llegada, dando paso a un “tiempo sin tiempo” dónde no diferenciaba ni día ni noche y literalmente no tenía ni 5 minutos para comer tranquila, como que ni se me había ocurrido “relajarme y disfrutar”. ¿Disfrutar del cuerpo destrozado por las noches en vela? ¿Disfrutar de no conseguir la dichosa lactancia materna y tener que pasarme al biberón? ¿Disfrutar de no saber qué le pasa en los ojos a este niño, disfrutar del terrible diagnóstico, la operación, el postoperatorio…? Vale, en mi caso tal vez todo se complicó por el glaucoma… Porque al niño seguramente le dolía pero ignorábamos que pudiera ser eso. Tenía un niño que lloraba mucho, que no se dormía solo, que no se enganchaba a la teta y aunque yo siempre defendí que “si los niños lloran, es por algo” y nunca le dejé llorar en la cuna… tenía que soportar comentarios tipo: “Le has malacostumbrado”, “Vaya carácter tiene”, “Los niños saben latín y te tiene dominada”… ¿Cómo disfrutar de las dudas sobre mí misma y la enorme presión que todo eso añadía sobre mis hombros? Parecía que era yo la única responsable… y lo de relajarme y disfrutar, pues no fue la respuesta natural de mi mente.

Con el diagnóstico, al principio me vine abajo, porque fue la gota que colmó el vaso. Recuerdo que no podía parar de llorar. Así que pedí medicación para poder sobrellevar la ansiedad. Entonces, por fin me relajé.

Los pensamientos negativos, las dudas, el miedo, todo eso seguía bullendo en mi cabeza y martilleando, pero fue como si golpearan en un colchón de plumas… no me afectaba lo más mínimo. Podía aparentar la fuerza que mi niño necesitaba ver en mí, la que se merecía para saber que todo iba a salir bien, y afortunadamente, todo salió más que bien. Dentro de la mala suerte, fuimos muy afortunados.

Me volví más sabia, más escarmentada… Pero no extraje ninguna lección importante entonces; me estoy dando cuenta ahora: el ánimo de la madre es importantísimo.

Cuando el niño tenía unos 9 meses, me sentí por fin en mi sitio como madre, cómoda en mi nuevo papel y realineada con el Universo de nuevo y desde entonces, vamos “quemando etapas”: hemos sobrevivido a la retirada de pañal, a las banderas, al inicio del cole… voy ganando soltura en esto de la maternidad pero cuando hay algún quebradero de cabeza, “relajarme y disfrutar”… sigue siendo una respuesta que no se me da nada bien.

El otro día nos dirigíamos a música con mi peque y no reinaba un ambiente precisamente festivo, no. Desde un tiempo a esta parte, el peque no quiere ir a clase, no quiere practicar en casa… y me da mucha pena, porque luego cuando se pone a tocar espontáneamente, se sabe las canciones y da gusto verle tocar las melodías correctas o leer las notas sin titubear… y me da rabia que se pierda una oportunidad de aprender algo tan único sólo porque los martes también preferiría hacer el indio en el parque, teniendo además todas las demás tardes libres sin otra ocupación que haciendo el indio en el parque (bueno, en realidad juega al Wipeout o Splatalot o Resbalón Recargado. Todos estos han entrado en nuestras vidas para quedarse. Pero está bien, porque cuando luego ya en casa se chupa esos vídeos en youtube que a excepción del Resbalón son todos en inglés, algo le quedará, digo yo… aunque sólo sea el acento).

Total que veníamos a música con el habitual tira y afloja de “venga, date prisa” y “hoy quiero que estés atento y que hagas lo que diga el profe, vale” y él arrastrando los pies y/o haciendo pucheros cuando nos encontramos con otra mamá de una compañerita de clase, que venían también. La mamá me preguntó con su habitual alegría: “¿Qué tal?” Y yo, inmersa en la lucha interna que tenía todavía conmigo misma, solté sin pensar: “Pues regular, que estamos que J. no quiere venir y estaba pensando darlo de baja, porque siempre protesta y no quiere practicar…” y la mamá me miró intensamente y me dijo algo que me dejó totalmente de piedra. Me dijo: “Nosotras estamos igual.”

Su niña, para que os situéis, toca estupendamente con las dos manitas (nosotros todavía no hemos llegado) y en clase se está sentada quieta como la espuma y aparentemente sigue atenta al profesor y su mamá no para de sonreír, tan relajada… nada que ver con el mío que continuamente se menea, se cae del taburete, se tumba en el suelo intentando meterse debajo de mi silla o se sube encima de mí… vamos, que yo tenía a la otra niña por una alumna modelo, a juzgar por la estampa feliz que representa junto a su mamá cuando ejecuta los ejercicios en perfecta armonía mientras que la tensión en nuestro teclado se podría por momentos cortar con un cuchillo. Pues resulta que la otra niña en casa también practica a regañadientes y que tampoco quiere ir a clase, pero su mamá me dijo tan serena: “Yo intento que se lo tome como algo que podamos disfrutar juntas, un momento que estamos juntas mamá-hija” y fue como si en mi cabeza resonara un gong y se iluminara el siguiente mensaje otra vez: ¡RELAJARSE Y DISFRUTAR!

Así que empiezo a pensar que es muy cierto que tú le transmites tu estado de ánimo al niño. De alguna manera relajarse no parece ser una respuesta automática en mí, pero me empieza a seducir la idea. Parece que lo abarca todo en su genial simplicidad. Voy a intentar que a partir de ahora no se me olvide. Cuando tenga cualquier contratiempo, dificultad, estrés, adversidad, complicación, bajón, mala racha… respiraré hondo para relajarme y disfrutar.

La felicidad es algo tan efímero… y que se esconde tras las cosas que menos identificarías como “traedoras de la felicidad”.

Por ejemplo, una mirada cómplice con tu marido mientras le estás dejando “ganar” al peque al Tres En Raya… o jugar los tres al “quien aguanta callado más rato” mientras vamos en el coche (intercambiando otras miradas cómplices con el papá mientras un jugador muy malo muy malo en el asiento de atrás se esfuerza al máximo para no perder…).  Son pequeños momentos llenos de magia cuando de repente te relajas y disfrutas… y eres simplemente feliz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s