El Concepto del Continuum

El Concepto del Continuum es el título de un librito finito, pero muy denso, que escribió una autora llamada Jean Liedloff allá por los años setenta del siglo pasado. En él describe a unos bebés yecuanos que nunca tenían cólicos y apenas lloraban, niños que no discutían ni se peleaban, en una tribu dónde los mayores no conocían la palabra “trabajo” porque simplemente se ocupaban de lo que había que hacer y lo hacían con alegría y felices de la vida… dónde no existía la competitividad. En una tribu dónde los adultos no conocían las depresiones, ni el agotamiento vital, ni las sensaciones de vacío emocional… dónde no existía la delincuencia ni la criminalidad. El secreto de estos indios consiste en que los bebés, desde que nacen, son llevados pegados al cuerpo de la mamá, cumpliendo lo que la autora llama “el continuum”. Cuando empiezan a gatear, son soltados, con la ayuda y el cariño de la madre disponible, pero no insinuándose – la madre se ocupa de sus quehaceres y el bebé/niño aprende a desenvolverse estupendamente. ¡Cuánta diferencia con la sociedad occidental, dónde primero negamos nuestros “servicios” a los bebés cuando lo habrían necesitado, pero luego cuando ya no nos necesitarían porque podrían descubrir el mundo movidos por su propia curiosidad, nos convertimos ¿in?voluntariamente en sus esclavos y andamos continuamente detrás de los niños para marcar cada uno de sus pasos: recoge los juguetes, abrígate antes de salir, merienda fruta, lávate las manos con jabón, siéntate recto, estáte quieto, juega bien (es increíble pero es así, hay padres que hasta les dicen a sus hijos cómo tienen que jugar. Por ejemplo si el niño mezcla dos construcciones, inventándose algún juego imaginario y los padres acuden alarmados y le cortan el rollo reprendiéndole: “¡Que has mezclados las piezas de las dos cajas! ¡Así no se juega!”), acuéstate (aunque no tengas sueño), esto no se hace, esto se hace así… ¿qué agotador, no? En contrapartida, me imagino a la mujer yecuana (la india del libro), siguiendo con sus menesteres cotidianos, cuidando el hogar, el huerto, yendo a por agua… y los bebés y los niños gateando alrededor, sin demasiada vigilancia, recibiendo dos valiosas lecciones: observando el mundo de los adultos sin tapujos, por un lado, para aprender cual será su lugar en el mundo el día de mañana; y poniendo a prueba sus propias capacidades y límites cada día, aprendiendo a cuidar de sí mismos con éxito (el instinto de conservación y supervivencia funciona y se encarga en gran medida). La autora por ejemplo menciona que los machetes y demás armas solían estar al alcance de los bebés y niños sin que nunca ocurriera ningún accidente. Curioso, ¿verdad? Esta parte tal vez es la que más me cuesta aceptar, pero veo la lógica que hay en ello y lo mucho que nos hemos auto-complicado los papás occidentales a nosotros mismos primero subestimando a nuestros hijos y segundo cargando con la responsabilidad cuando la podrían haber asumido perfectamente los niños. Un padre que continuamente le dice al niño: “¡Cuidado, que te caes!” le está diciendo en realidad: “no confíes en tí mismo, ya estoy yo para decirte qué va a pasar” y el niño termina por “obedecer” al padre. La autora lo llama instinto social o instinto de intentar agradar a los demás y cumplir con aquello que entendemos que esperan de nosotros: por eso si le dices al niño continuamente “te vas a caer”, al final el niño se caerá.

A continuación os copio y pego algunas de sus “ideas”: juzgad vosotros mismos… A mí la que más me ha gustado es esta:

“Sobre todo, el niño es respetado como algo bueno en todos los sentidos.”

El libro sin duda lo recomiendo. A mí me ha confirmado cosas que ya me decían mis instintos, así que sólo puedo agradecer a mi tozudez el haberme empeñado en seguir haciendo lo que el cuerpo me pedía que hiciera, como el coger al niño recién nacido en brazos cuando lloraba. Y en vista de lo que acabo de leer, ojalá no hubiera sido “por terca”, con la consiguiente porción de dudas y teniendo que malgastar buena parte de la preciosa energía de una madre recién parida y fata de sueño en defender mi postura a contracorriente… ojalá hubiera sido porque todos habríamos sabido y nadie pondría en duda que era lo único correcto y mejor. Porque contrariamente a lo que les gustaba, les gusta y les gustará augurar a muchos, no le habría hecho ningún mal al niño. Al contrario…

“El período inmediato al nacimiento es la etapa más impresionante de la vida fuera del cuerpo materno. Aquello con lo que un bebé se encuentre será lo que él sentirá que la naturaleza de la vida es. El cambio que experimenta  al abandonar la completa hospitalidad del útero es enorme, pero, como ya hemos visto, llega preparado para dar el gran saldo del útero a su lugar: los brazos de su madre.”

 “Un bebé – como un gurú iluminado – vive en el eterno ahora. El bebé que está pegado al cuerpo de su madre – y el gurú – viven el ahora en estado de beatitud; en cambio, el bebé que no está en contacto con el cuerpo de su madre lo vive en un estado de un vivo deseo insatisfecho en medio de un inhóspito universo vacío.”

“El sentimiento adecuado para un bebé que está en contacto con el cuerpo de su madre es una sensación de bienestar o de esencial dicha. La única identidad positiva que puede conocer siendo el animal que es se basa en la premisa de que se encuentra bien y de que es valioso y bienvenido. Sin esta convicción, un ser humano de cualquier edad está mutilado por la falta de confianza, espontaneidad y armonía, por un incompleto sentido de sí mismo. Todos los bebés son valiosos, pero sólo pueden saberlo por el reflejo, por el modo en que son tratados.”

“Si antes de poder pensar el bebé se siente seguro, deseado y en casa en medio de la actividad, la opinión que tendrá de las experiencias posteriores será muy distinta en carácter de la de un niño que no se sentía bienvenido ni estimulado por las experiencias que se ha perdido y que está acostumbrado a vivir en un estado de insatisfacción, aunque las experiencias posteriores de ambos sean idénticas.”

“En los países avanzados, la madre suele comprar un libro sobre el cuidado del bebé. Las madres jóvenes leen cualquier cosa y lo siguen al pie de la letra, desconfiando de su capacidad innata y de los motivos que tiene el bebé de transmitirle unas señales que siguen siendo perfectamente claras. En realidad, los bebés se han convertido en una especie de enemigo al que la madre debe vencer. El llanto de un bebé debe ignorarse para mostrarle quién manda, y una premisa básica en la relación es que debe intentarse todo lo posible para obligar al bebé a cumplir los deseos de su madre. La idea es que satisfacer los deseos de un bebé lo malcriará.” 

“Poder ser cada vez más independiente y madurar emocionalmente procede en gran parte de la relación que se ha mantenido durante la etapa de estar en brazos en todos sus aspectos. Por tanto, uno sólo puede independizarse de su madre a través de ella, por medio del papel correcto que ésta desempeña, brindándole la experiencia de la etapa de estar en brazos y permitiéndole que se gradúe plenamente en ella. Pero es imposible liberarse de una madre no-continuum. La necesidad de estar con ella sigue. El cociente de la experiencia de su continuum está casi a cero; su principal experiencia real es la del deseo.” 

“Con el comienzo del gateo, el bebé empieza a sacar provecho de la fuerza que ha acumulado pasivamente de su experiencia anterior combinada con el desarrollo fisiológico. En general, sus primeras expediciones son breves y cautelosas, y apenas es necesario que la madre o la cuidadora intervengan en sus actividades. El bebé ni pide ni recibe toda la atención de la madre, ya que no tiene ningún anhelo acumulado. Consecuente con el carácter económico de la naturaleza, no desea más de lo que necesita.” 

“Como cualquier otra cría de animal, tiene un gran talento para la conservación y un sentido realista de sus capacidades. Si la madre lo vigila constantemente y lo guía para que vaya adonde ella piensa que debe ir, si lo detiene y sale corriendo detrás de él cuando el niño desea explorar el mundo, pronto aprende a dejar de ser responsable de sí mismo mientras ella le demuestra qué es lo que espera de él. Uno de los impulsos más profundos en cada animal humano social es hacer aquello que perciba que se espera de él. Un ejemplo de esto: una niña pequeña desea ayudar a lavar los platos de pie sobre una silla. Si la madre es muy clara en sus expectativas de un posible desastre, el impulso social de la niña (a hacer aquello que entiende que se espera de ella) la empuje a hacerlo. Una mirada inquieta, una palabra que transmita lo que la madre está pensando: “¡Que no se te caiga!” o una “promesa”: “¡Ten cuidado! ¡Te vas a caer!” aunque sea contraria al instinto de conservación y a las tendencias imitativas de la niña, pueden acabar por hacer que ella obedezca y se le caiga un plato, se caiga de la silla o ocurran ambas cosas.”

“En el mundo civilizado, confiar en la capacidad del niño para protegerse a sí mismo es uno de los asuntos más difíciles. Estamos tan poco acostumbrados a ello, que dejar a nuestro hijo en manos de sus propios mecanismos, basándonos en la teoría de que funcionará mejor sin nuestra vigilancia, es más de lo que mucha gente pueda hacer. La mayoría de nosotros seguiríamos al menos lanzándole miradas aprensivas, corriendo el riesgo de que el niño las captara y las interpretara como una expectativa de ineficacia.” 

“El objetivo de las actividades de un niño, después de todo, es desarrollar la independencia. Ofrecerle más o menos ayuda de la que verdaderamente necesita tiende a frustrar el propósito.”

“Los cuidados, como la ayuda prestada, se prodigan sólo si el niño los pide. El alimento para sustentar el cuerpo y las caricias para alimentar el alma ni se ofrecen ni se niegan,sino que por norma siempre están disponibles de una manera sencilla y elegante. Sobre todo, el niño es respetado como algo bueno en todos los sentidos. No existe el concepto de niño malo ni tampoco cualquier distinción hecha con los niños buenos.”

“La curiosidad y el deseo de un niño de hacer cosas por sí mismo son la definición de su capacidad para aprender sin sacrificar ninguna parte de su desarrollo. El precio que un niño pagará por ser guiado a aquello que sus padres consideran lo mejor para él – o para ellos – será la disminución de su totalidad. Guiarlo sólo aumentará determinadas habilidades a expensas de otras, pero nada puede aumentar el espectro de sus capacidades más allá de sus límites innatos.” 

“Sin embargo, la actitud de los padres no es permisiva. Aunque honren la autonomía de sus hijos y asuman que se comportarán como seres sociales, establecen muchos modelos que sus hijos siguen.” 

“Una constante permisividad priva a los niños de los ejemplos de una vida centrada en el adulto en la que pueden encontrar el lugar que están buscando en la jerarquía natural de experiencias más o menos importantes en la que sus acciones deseables son aceptadas y sus acciones indeseables, rechazadas, mientras que ellos, los niños, son siempre aceptados.  Los niños necesitan ver que los adultos suponen que sus hijos son personas bienintencionadas y sociables por naturaleza.”

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