Un post un poco raro…

Este post nace a 10 mil metros de altura, sobrevolando España camino de Jerez a Madrid.
Para el viaje, me había comprado un libro edición de bolsillo: “Una mochila para el universo” de Elsa Punset. No había leído nada suyo y solo la había visto una vez en el Hormiguero, en alguna muy rara ocasión en que mi tesoro se haya dormido pronto y pude ver el programa o tal vez porque me interesara mucho el invitado de aquella noche y puede ser que lo grabáramos… el caso es que la vi y me pareció alucinante y me apetecía leer algo suyo. La descripción del libro además no me dejó con dudas. Cómo resistirse a la promesa de: “Una guía indispensable para entender a los demás y manejarse con éxito en el universo de las emociones” y para “comprender lo que nos rodea,reconocer la importancia de nuestras relaciones con los demás, descubrir que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa, encontrar formas eficaces de comunicarnos, gestionar la relación entre el cuerpo y la mente,” etc.  Está pensado para adultos pero yo en realidad el primero a quien quiero llegar y comprender, es a mi hijo y ¡me está resultando muy revelador!

Voy por el capítulo dos así que apenas he empezado pero esto promete. Más adelante hablaré de lo que estoy leyendo ahora, la amígdala, que quien ejerce la maternidad se ve presa de ella con suma facilidad.

Pero antes de la amígdala, lo primero que me ha llamado poderosamente la atención es cuando habla de patrones de miedos emocionales grabados en nuestros cerebros.  Que crean huellas difíciles de borrar dentro de nuestros centros de mando y que si lo he entendido bien, lo que hacen es generar una reacción emocional y rápida, que no podemos controlar, ante una situación parecida a la que haya originado el miedo grabado.  En mi caso esa ruta al cerebro emocional debe ser especialmente fácil de establecer.

Me hizo reflexionar sobre mí y sobre mi hijo, sobre nuestras infancias y el cómo haya influido la mía en mí y en cómo estaré influyendo yo en su futuro yo…

Creo que ya lo mencioné alguna vez… por lo que recuerdo, mi madre no se andaba con rodeos y era bastante… dominante y estricta, cuando yo era pequeña. Paciencia cero, digamos. No se puede tener un recuerdo perfecto y nítido de tu primera infancia, supongo, pero la verdad es que tengo realmente muy pocos recuerdos de mi primera infancia – mis primeros recuerdos conscientes son de a partir de los 5-6 años. Antes nada.

Desde que nací hasta los 5 años estuve en casa con mi madre, luego fui a la guarde durante un año (de allí tengo recuerdos sueltos) y con 6 años, entré en el colegio, a partir de allí el hilo de recuerdos se hace mas sólido, cosas buenas y cosas malas, como todos…

Lo que me resulta muy raro es que por más que lo intento, no consigo sacar de los pozos de mi memoria nada de antes de los 5 años. ¿Viviría yo tan feliz, encerrada en mi mundo, que no necesité almacenar recuerdos? ¿O los suprimí por algún motivo? ¿Qué fue lo que se incrustaría en los pliegos más profundos de mi cerebro en mis primeros 5 años de vida?

Tengo un recuerdo, un fugaz destello de placer – recuerdo que me gustaba  mucho la tela de una blusa que me hicieron – era de franela y tenía un tacto velloso y suave y además era de color rosa con lunares rojos… Hay fotos mías con aquella blusa en las que tendré unos 3 años… Sólo recuerdo que la llevaba puesta, cómo acariciaba la tela, la felicidad que me inundaba y puedo ver el puño de mi manga, mi manita regordeta saliendo de allí y un trozo del antebrazo hacia el otro lado, como una especie de flash, con el rosa con lunares rojos inundándolo todo. Pero no tengo ningún otro recuerdo de ninguna otra cosa tan claro… ¿Salíamos a pasear o íbamos a jugar al parque? ¿Íbamos a hacer la compra? ¿Con qué jugaba, jugaba mi madre conmigo? ¿Me leía cuentos? ¿Me daba mimos, se enfadaba conmigo y me echaba charlas? No lo sé. No recuerdo nada de antes de los 5 años.
¿Cómo era mi madre conmigo cuando yo era muy pequeña, pues? Sólo puedo deducirlo por mi relación con ella luego, por cómo la recuerdo durante el resto de mi infancia y… tal vez por mi forma de enfrentarme al mundo de mayor.

De alguna manera, nunca jamás en la vida, se me cruzó por la mente ni me planteé rechistar o desobedecer a mi madre. Ella solía chillar mucho… Mi madre tiene el típico carácter de persona nerviosa que dice lo que piensa sin pensar y se calienta muy rápido. Una vez le dije medio en broma una tontería… y me dio un bofetón enorme. Me sigue ardiendo la mejilla hasta hoy en día. Mensaje recibido: a mi madre no se le tomaba el pelo.

Yo soy muy reflexiva y sensible y siempre pensé que por eso ante los conflictos, me quedaba y me sigo quedando paralizada, enmarañada en un enjambre de percepciones emocionales que no sé interpretar correctamente en el momento. Cuando alguien me ataca verbalmente o tiene una actitud prepotente, me paraliza una sensación de injusticia que yo achacaba a la dichosa hipersensibilidad.

Ahora me doy cuenta que para un niño al que le prohíben hacer lo que más placer le da, pero que suele molestar a los mayores – su espontaneidad, sus tonterías, sus ruidos, su energía – es justo eso lo que debe sentir cuando se ve reprimido – injusticia. ¿Es entonces mi incapacidad de mandar a alguien a tomar vientos como Dios manda, cuando me atacan o me hacen daño, en realidad el resultado de un atajo cerebral a la parte más emocional de mi cerebro, por la huella de un miedo grabado a nivel inconsciente a lo largo de mi primera infancia ante continuas situaciones de injusta represión conmigo?

Cuando hay un conflicto, mi  hipersensibilidad entra en escena, sin duda interviene y hace que sea como si recibiera demasiada información de golpe – percibo demasiadas emociones mías, demasiadas del lado contrario – y me quedo paralizada, incapaz de procesarlo todo.  Siempre se me ocurre la mejor respuesta dos horas después. En el momento, me quedo en blanco, me pongo a llorar con facilidad…

Pero esa parálisis es también la clásica respuesta atávica del cerebro más emocional ante el peligro – puede reaccionar con parálisis, ataque o huida. Así que, ¿hay miedos grabados dentro de mi cabeza que son los responsables y no el hecho de que además, yo sea una persona sensible? Sensible no es lo mismo que débil ni cobarde ni necesariamente indeciso, al contrario…

De todas formas, “todos cojeamos del mismo pie” – de una mochila emocional muy mal hecha. Me da la sensación de que las personas dominantes, las que llaman “de carácter fuerte”, normalmente lo hacen por miedo y, aunque dan imagen de dureza, actúan así por inseguridad. En su caso el miedo despierta algún instinto (asesino) que prende fuego en sus mentes y les hace atacar cual guerreros furibundos al grito de “¡al ataqueee!!!

Me parece un derroche de energía tremendo, es como ir por la vida dándote de cabezazos contra la pared y luchando constantemente contra todo y contra todos y además, exponiéndote innecesariamente delante de los demás (fijaros que lo acaba de escribir una persona que desnuda su alma públicamente y hasta le resulta sanador y terapéutico. Creo que voy a publicar esto. De todas formas pienso que estos post tan largos no los lee nadie hasta el final pero si alguien lo hace, entonces me sigue el hilo y creo que me estoy acercando a algo importante y me gusta pensar que alguien pueda sentirse identificado…).

Y ahora, la amígdala.

Cuando se activa la amígdala, es lo que comúnmente se llama “perder los estribos”. Hacer algo irreflexivo, que luego lamentas, pero que cuando el estrés se acumula, es la reacción automática y normalmente bastante destructiva de tu organismo para con su entorno. Es pura química – el estrés hace que liberes determinadas hormonas, cuando su nivel en sangre aumenta, eso hace que las decisiones pasen a las manos de la amígdala directamente (estás perdido), que segrega otras sustancias y hormonas que hacen que nos pongamos fuera de sí, sin poder remediarlo. En la serie aquella de dibujos “La vida es así”, al lado del viejecito bondadoso con la larguísima barba blanca – el cerebro, la amígdala podría haber sido representada por una loca desatada (como la señora loca de los gatos que te tira gatos a la cara de los Simpson) que desbanca al pacífico  anciano y siembra el caos. Su cometido es que te “secuestra emocionalmente”.

Un ejemplo muy cotidiano de la vida de una madre: el trabajo, la casa, tu hijo… te estresas y terminas perdiendo la paciencia chillándole, para luego darte cuenta de que tu reacción ha sido desmedida y arrepentirte… pero el mal ya está hecho. Le has dado miedo a tu hijo. Y eso no me lo invento, eso lo sé porque me lo han dicho.

Y entonces, aparte de avergonzarme y arrepentirme, ha sido como que se me encendiera la bombilla. Algunas cosas en mi mente empiezan a encajar. Tema para otro post, que hoy ya me he explayado demasiado y necesito reposar todo esto y reponer fuerzar para hurgar más: ¿Qué estresaba a mi madre? Y, ¿de qué tenía miedo la niña que creció pegada a ella?

Tal vez entender tu pasado haga que te reconcilies con tu futuro y puedas disfrutar del presente. Nunca es tarde.

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