Brazos

“No le cojas en brazos, que se mal acostumbra.”

Fatídica y errónea frase (desde mi punto de vista) pero mi pequeño no tenía más de 2 días de vida y ya me la habían soltado…

Viéndolo con la perspectiva de los 5 años pasados, no me arrepiento de haberle cogido en brazos en ningún momento y esto, que vaya por delante. Este post se podría subtitular: “Cógele en Brazos – Escrito en Defensa del Recurso Más Fácil y Natural para los Padres Desesperados.”

Los beneficios son múltiples. Aparte de que el niño se calma al instante y es feliz y si el bebé es feliz, todos a su alrededor pueden ser felices…, cuando el peque ya alcanzó cierto peso y yo le seguía cogiendo, desarrollé una musculatura en los brazos que para mi cuerpo, castigado con el abandono más severo de la gimnasia practicada con regularidad, esos bíceps perfilados y esos hombros marcados le venían muy, pero que muy bien para salvar las apariencias sobre todo con los vestidos de verano.

Recuerdo con cariño aquella vez que acudí a una de las solitarias clases de hidróbic, en uno de los tantos intentos (siempre fallidos) de volver al gimnasio con regularidad (la tarde de aquella clase creo que fue cuando mi tesoro se clavó un palo en el paladar y cuando volví a las diez de la noche agotada de la piscina, en lugar de un sueño reparador terminamos llevándole a urgencias porque se seguía quejando de dolor – afortunadamente no tenía nada, sólo nos mandaron antibiótico para prevenir una posible infección y la herida se curaría sola – y me acosté tarde y terminé muerta al día siguiente, lo cual dio al traste con la vuelta al gimnasio hasta la próxima vez que lo intentaría y que sucedería algo parecido – otitis con fiebres altas, por ejemplo – con lo cual, siempre pasaba algo que impedía mi vuelta al gimnasio de verdad… ). Total que en aquella clase, la monitora nos mandó brincar en el agua y levantar los brazos y empezar a hacer aspavientos en el aire, y brazos arriba, brazos abajo, delante, atrás, abrir, cerrar, pero sin relajarlos en ningún momento. Debía ser una clase especial para eso que llaman el “tren superior”. A los diez minutos, todas mis compañeras flaqueaban y hacían descansitos y se escaqueaban, todas excepto yo que seguía agitando mis brazos y pim pam pim pam, sin ningún esfuerzo y sin perder el ritmo no paré en los 45 minutos que duró la clase y me fui a casa sin ninguna agujeta y allí me di cuenta   de que realmente tenía los brazos fuertes.

Volviendo a mi niño, mi precioso bulto que durante años, encajaba perfectamente entre mis brazos que lo refugiaban con amor. Es un niño alegre, cariñoso y muy extrovertido. Me encanta ver cómo en el parque enseguida se acopla a cualquier niño o pandilla ya formada y se busca amigos para jugar, o cómo habla con los adultos que le rodean como si los conociera de toda la vida (en verano la abuela le llevaba al Museo de Ciencias y  terminaron siendo famosos y reconocidos entre todos los empleados… en el otro extremo, está su tendencia a soltar lo que piensa a desconocidos, por ejemplo cuando vamos por la calle y “alguien” nos echa el humo del cigarrillo en toda la cara – normalmente son gente con los que yo no me quisiera poner a discutir, no sé si me explico –  y mi niño empieza: “Eh, ¡vaya peste!! Señor, me has atufado!!” y yo tratando de huir lo más rápido porque normalmente tienen pinta de que si te contestan, no será para decir un educado “lo siento”. Pero he de decir que estoy con mi niño, doy gracias a la ley anti tabaco que nos haya librado de sus asquerosos humos en buena parte de los espacios compartidos y quisiera decir que la caseta de la parada del autobús, por más “al aire libre” que sea es un espacio pequeño… allí lo dejo).

Pero volvamos a lo de coger al bebé. Un recién nacido es mucho más pequeño de lo que te puedas imaginar. De hecho es súper pequeño y parece súper frágil y la verdad yo nunca cogía a los recién nacidos de otras personas, porque me daba mucho respeto, tenía miedo de hacerles daño y aparte sentía un cierto rechazo de contaminar con mi olor a la cría de otra mamá… Igual soy un poco rara con esto, ya que en los primeros meses con el mío hasta evitaba usar la colonia para que nada entorpeciera nuestros olores corporales… Total que antes de nacer mi niño, tenía cero experiencia en el manejo de un bebé tan chiquitín. Y tenía un poquito de miedo si seguiría sintiendo ese extraño rechazo hacia el mío, por miedo a lastimarle… ¿y sabéis qué? Simplemente, cuando tuve a mi pequeño, el miedo desapareció.

Desde el momento cero cogí al pequeño, no sé cómo, y le cambié los pañales, vestí sus diminutos bracitos con el body de manga larga (nos habían advertido que era lo peor pero no sé, no tuve ningún problema), le acuné en mis brazos, le puse en la teta, le puse en la otra teta, le achuché, le sobé y le arrimé a mi esternón todo lo que quise y más. Me salió con total naturalidad. Siendo el mío, de repente todos los reparos y reticencias se esfumaron.

Nunca me faltaron brazos para cogerle, no sé cómo explicarlo. El niño lloriqueaba y mis brazos salían disparados. Sentía con todas las fibras de mi ser que era lo que había hacer.

Y no tengo la sensación de haberme sacrificado. ¿Sabéis lo que sí es sacrificado, lo que es desgarrador e insufrible? Oír a una niña de 18 meses berrear en su sillita arrimada a la mesa en una comida familiar, un sábado a las tres de la tarde. La niña probablemente estaba muerta de sueño o no quería estar sola o no quería seguir en la sillita, cualquier motivo, el caso es que estaba profundamente molesta y con la carita contraída, con los mocos y las lágrimas mezclándose al surcar sus mejillas enrojecidas, lloraba y lloraba. Su padre supongo, un señor con la cara contraída por el disgusto, la reprimía severamente (“ahora vamos a comer y hay que estar sentado” creo que conseguí oírle – estaban en la mesa de al lado) – pues miren, yo habría cogido a la niña si fuera mi hija, la habría tenido en mi regazo, la habría acunado, entretenido con algo, pero desde luego no la habría dejado berrear en la sillita sin más. Estuvo sus buenos 20 minutos o media hora llorando, castigando por cierto los oídos del resto de los comensales del local, pero yo más que por mis tímpanos lo sentía por ella, me dolía ser el mudo testigo de su desasosiego…

De repente se hizo un bendito silencio y cuando me asomé con disimulo, resulta que la supongo que madre la tenía sentada con ella. Lo que han tardado en darse cuenta… hay padres que o están muy espesos o que están muy confundidos con lo de “no le cojas en brazos”.

Así que aquí va mi conclusión: La maternidad/paternidad ya es bastante dura de por sí, son 24 horas al día al servicio del mini ser y encima trabajando fuera de nuestras casas; así que si hay algo barato, de hecho gratis, y que funciona, y que no cuesta nada hacerlo y que es infalible y que sirve para calmar todas esas llantinas y todos esos discomforts de nuestros pequeños y es el cogerles en brazos, por Dios, si tenéis ese poder (porque sí es cierto que no siempre funciona: típico ejemplo, el niño llorando, el papá desesperado, meneándole en los brazos y a punto de enloquecer, viene la mamá, coge al bebé de los brazos del padre y al instante, silencio…), repito si tenéis ese poder, ¡¡¡usadlo!!!

O, usando aquella frase mítica de nuestro anterior monarca y cambiando “callar” por “coger”, aquí va mi recomendación:

“¿Por qué no le coges?”

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