Del Baúl de los Recuerdos IV – Argelia

Cuando tenía 9 años, nos fuimos a vivir a Argelia durante 3 años.  Mi hermana tenía 7 y apenas acababa de aprender a leer y escribir… En los próximos 3 años nos tocó algo que nos entusiasmó – el “unschooling”. Nos enseñaba mi madre en casa y acudíamos dos veces al año a examinarnos: en enero, en la Embajada de la República Checa en la capital Argel, dónde había un maestro checo para los hijos de los diplomáticos que llenaban una sola clase mixta de todas las edades. Y en verano, en el colegio de nuestra casa en la República Checa, yo por lo menos, porque me pilló ya en secundaria y ya no valía con el simpático maestro “todoterreno” de la embajada cuyos exámenes ni recuerdo, porque no supondrían dificultad alguna.

En cambio en la República Checa hice exámenes de lengua con la profesora de lengua, de matemáticas con la de matemáticas y de biología y geografía con los profesores equivalentes… todo un desafío para una niña de 11-12 años, pero lo superé con éxito. Las profesoras estaban más interesadas en que les contara historias de nuestra estancia en África que en mi nivel académico así que es posible que me ayudaran pasar un poquito…

Además de no ir al colegio, en Argelia no teníamos televisión (mejor dicho, sí que teníamos, pero una pequeña, en blanco y negro y sólo pillábamos canales árabes y excepcionalmente, mi madre conseguía sintonizar algún canal español – recuerdo que veíamos El Precio Justo y nos hacían mucha gracia los nombres de los participantes porque todos se llamaban José, María o Jesús en diferentes combinaciones, hombres y mujeres… para nosotros un hombre con “María” en su nombre o una mujer con “Jesús” fue algo hilarante).

Y además de no tener tele,  nos pudimos llevar muy pocos juguetes obviamente, pero aquello no nos limitó para nada. Fueron los 3 años más felices de mi infancia.

Mi padre obtuvo un puesto de trabajo en el marco de un programa de cooperación de los países socialistas con otros países amigos en vías de desarrollo. Con su titulación de ingeniero químico y aunque en la República Checa se dedicara a la investigación en una gran central química, se fue a enseñar química en la universidad. Tuvo que desempolvar bastantes conocimientos, además de que tenía que dar las clases en francés. Como él, había otros profesionales que se convirtieron en profesores universitarios de la noche a la mañana, pero también hubo quienes ejercieron su verdadera profesión: veterinarios, médicos y enfermeras (a unas dos horas de nosotros había un hospital cuya plantilla era casi por completo checa), arquitectos… Y todos ellos eran Checos, Eslovacos, pero también Búlgaros, Polacos o Chinos, un matrimonio formado por un Egipcio y una Rusa… trabamos amistad con gente de muchos países.

Mi madre como las esposas de los demás se quedó en casa. La casa…

Mi padre se vino primero él solo, en coche, para asentarse y prepararlo todo y cuando estuviera todo listo, le seguiríamos mi madre, mi hermana y yo en avión.  La salida de mi padre de la República Checa fue muy emocionante, porque el pobre no había conducido en más de diez años. De joven había tenido dos o tres accidentes de tráfico graves, así que entregó el carnet y decidió no volver a conducir, pero para Argelia el coche era indispensable, además del dominio de francés. Sospecho que para mi padre habría sido pan comido aprender a hablar hasta chino en comparación con volver a conducir, y el francés lo superó sin problema; de modo que el verdadero desafío  fue sentarse al volante. Pero lo hizo. Compró un flamante Skoda de color rojo vivo de segunda mano, prácticamente sin estrenar, nuevecito, con muy pocos kilómetros. Más adelante le bautizamos con el nombre de Beda y cuando a los tres años Beda tenía ya sus 300 mil kms hechos y estaba destrozado por la arena y la sal y tenía una araña en toda la luna delantera de una chinita que nos dio en algún viaje, mis padres hasta nos dejaron adornarlo por dentro con pegatinas de los pitufos.

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“Beda” en el desierto del Sahara.

Con Beda recién comprado, mi padre hizo el primer trayecto desde nuestra ciudad Ostrava a la capital, allí se despidió de sus hermanos y de mis abuelos,  bajó de Praga al sur de Bohemia, hizo noche en casa de sus primos y tíos y volvió a coger el coche, para emprender su  camino a través de Europa con destino Marsella. Uno de sus primos se ofreció a guiarle hasta la frontera y mi padre aceptó encantado, sin saber lo que le esperaba – mi padre había venido conduciendo despacito, con buena letra… y su primo pisó el acelerador a fondo nada más arrancar y salió despedido, volando por las curvas de las estrechas carreteras secundarias que conocía como la palma de su mano, mientras mi padre le seguía como buenamente podía, sudando la gota gorda y a punto de un infarto. Y así se despidió de la República Checa para abrazar su nueva vida fuera de sus fronteras. Siempre  cuenta esta anécdota.

Mi padre cruzó Alemania y Francia, embarcó en Marsella y llegó felizmente a la capital de Argelia, la ciudad de Argel (nos contó en una de sus extensas cartas, que se convirtieron en el mejor testimonio de sus aventuras y llenaron nuestras mentes con nuevos y exóticos escenarios, que habían hecho escala en Mallorca – ¡una isla en medio del Mediterráneo! –  y que por el camino  había visto delfines – ¡delfines de verdad! ) y emprendió el último tramo de su viaje – unos 500 kms de Argel a Mostaganem, siguiendo la costa hacia el Oeste. A la salida de Argel, hay una pequeña población llamada Blida, cuyo nombre no se me olvidará porque en aquellos años ochenta, en ausencia de los GPS de hoy en día y con la única ayuda de rótulos con inscripciones en flamante caligrafía árabe y un mapa de carreteras que supongo no cuadraba, nos perdíamos siempre en el mismo sitio, en todas las veces que íbamos a la capital por cualquier motivo.

El resto del viaje transcurrió sin problemas y mi padre llegó a su destino.

Le dieron un piso pequeño de dos dormitorios en unos edificios viejos, pero con vistas al mar y vecindario “del lugar” salvo unos pocos pisos ocupados por otros colegas de la universidad. La universidad también disponía de pisos nuevos y grandes, pero construidos a las afueras  de la ciudad, además en la otra punta de la ciudad respecto a la universidad y con la mitad de ellos vacíos y sin nada alrededor; y posiblemente mi padre aceptaría la vivienda que le dieron porque le resultaba a distancia de caminar del centro de la ciudad y de la universidad y tenía las vistas al mar y tenía vecinos y definitivamente, tenía vida.

Auténtica vida del lugar. Esta consistía por ejemplo en un conserje con 12 hijos que ocupaban el bajo y el sótano del edificio y cuyas hijas en la edad nuestra se convirtieron pronto en nuestras amigas.

Nosotras no hablábamos en francés, pero aprendimos rápidamente palabras sueltas y con la ayuda de gestos y muecas, nos entendíamos estupendamente.

Consistía en la puerta principal de la vivienda hecha de una especie de cartón grueso con un inquietante agujero taladrado en medio a modo de mirilla, pero sin cristal. Al observar sus irregulares bordes deshilachados, siempre nos preguntábamos cuánto resistiría la delgada puerta… En un suelo de cemento pulido con varios agujeros dónde se desprendía una fina gravilla cada vez que pasábamos el cepillo con demasiado ímpetu. En armarios empotrados – “le placard” – un invento que veíamos por la primera vez en nuestra vida y que me daba muy mal rollo – soñaba que ya que los muros contenían armarios, podían tener también huecos con cadáveres escondidos…

El baño era oscuro, no tenía azulejos y tenía tanta humedad  que una vez se nos cayó un hueso de dátil y lo encontramos al cabo de pocos días con varias hojas que le habían brotado.  El agua corriente sólo la daban un rato por las mañanas y otro rato por las tardes, así que siempre teníamos un barreño enorme lleno de agua para coger durante el día. Y por supuesto sólo era agua fría. Si nos queríamos bañar, teníamos que calentar el agua, así que para gran alegría nuestra nos bañábamos una vez por semana.

Para beber, hervíamos el agua y la guardábamos en la nevera y sólo podíamos beber de las botellas de la nevera, nunca del grifo. La cocina consistía en un nicho de 2 x 2 al que se accedía desde el salón, pero con una ventana que dejaba pasar algo de luz (era alargada y estaba situada casi a ras del techo, de modo que justo debajo cabía el único mueble de cocina de tres puertas, pero por otra parte impedía el acceso a la ventana de modo que esta estaba polvorienta y la luz que dejaba pasar se difuminaba por ello).

La cocina tenía dos quemadores rotos, pero por lo menos el horno y los restantes dos quemadores sí funcionaban y era mejor que el primer horno que le dieron a mi padre, que no funcionaba nada de nada y era mejor que el segundo que le dieron, que tenía una estupenda familia de cucarachas viviendo en sus entrañas…

Los muebles, contó mi padre que le trajeron un montón de planchas de madera y barras metálicas destornilladas y resultaron ser los armarios, las camas, las sillas y la mesa. Mi padre montó los muebles como pudo, yendo a reclamar pacientemente a sus nuevos jefes sea un respaldo, sea una balda, sea unos tornillos… hasta que completó el mobiliario. Las camas de barras metálicas de nuestra habitación, las pintó con un barniz dorado, para deleite nuestro, que nos sentíamos como princesas durmiendo en camas doradas.

Pero antes que todo eso, tuvo que pintar toda la casa ya que las paredes lucían de un azul cielo de verano. No azul celeste y ni azul claro ni azul pastel, sino un vívido e intenso azul azul. Los argelinos lo consideraban su color favorito, porque pintaban así casi exclusivamente tanto los exteriores como los interiores de sus casas.  En los pequeños chalets de la playa quedaba muy mono,  pero en el interior de una vivienda mi padre lo consideró demasiado estridente y repintó varias veces las paredes hasta ocultarlo bajo un uniforme e inofensivo blanco.

Por aquel entonces mi padre empezó a tener ciertas dudas de si el hogar que estaba acondicionando iba a ser del agrado de su mujer y sí es cierto que el primer año, mi madre se empeñó en seguir reclamando mejoras, de las cuales la única que consiguió fue un modesto pero necesario radiador eléctrico para calentar toda la casa (en Argelia en invierno hace frío), pero poco más. Luego desistió y renunció a las comodidades de la vida moderna como agua corriente o una cocina impecable.

Durante los primeros meses, por unas trabas burocráticas, mi padre no percibió su salario. Esto se lo avisaron de antemano que podría pasar (en Argelia, las cosas eran así…) así que fue con unos ahorros (luego le pagarían todo lo atrasado de golpe) pero también nos ayudó una prima suya que años atrás se había casado con un argelino, también profesor universitario, y tenían 4 hijas, mis primas. Desgraciadamente vivían a unos 800 kms de nosotros, pero aún así nos visitamos varias veces durante nuestra estancia y sobre todo, estuvieron en contacto con mi padre desde el principio y le hicieron dos préstamos.

No sé si mi madre se enfadaba porque no nos pagaban el salario o por el estado de la casa, el caso es que  como mi padre, con sus amables recordatorios, no conseguía  ningún avance, en una ocasión mi madre, harta ya,  le pidió que la llevara delante de los jefes responsables y que se lo iba a decir ella misma. Por lo visto les montó un buen pollo, todo en checo mientras mi padre traducía, y cuando salió hecha una furia de la habitación y mi padre se quedó rezagado para disculparse con los árabes, que ni se habían inmutado, éstos le dijeron afablemente:

“Sabe qué, señor Heral… una buena paliza es lo que le tendría que dar a su mujer y ya verá como se calma.”

Mi padre se limitó a añadir esto a la lista de las anécdotas.

Recuerdo nuestra llegada al aeropuerto de Argel. No era la primera vez que volábamos en avión, porque habíamos ido dos veces a Bulgaria en verano. Pero era la primera vez que volábamos a otro continente. Recuerdo que antes de irnos, busqué Argelia en el mapa y fui a mi madre, llena de incredulidad y asombro:

“Pero, mamá… ¿Eso está en África? Pero… ¿nosotros estamos en Europa, no?”

y me parecía impresionante que fuéramos a cambiar de continente. En mi imaginación, ir a otro continente era algo así como ir a otro planeta y me imaginaba como vería por las ventanillas del avión un cacho de tierra flotando, con las raíces colgando como cuando arrancas una planta de su maceta, y arriba estaría África. Luego yo misma razoné y me dije que eso era imposible y luego mi madre me explicó que la Tierra era redonda, que sólo había que cruzar un mar, etc.

Por las cartas de mi padre, sabíamos un poco cómo sería nuestro nuevo hogar y sus vecinos, porque nos lo contaba con mucho humor, y teníamos muchas ganas de reencontrarnos con él y conocer de primera mano a todo lo que nos describía. Lo primero que recuerdo al llegar es el calor y la humedad en el aire, que nos envolvió como una pegajosa manta nada más salir por la terminal del aeropuerto de Argel; y unas altísimas palmeras que se recortaban contra el cielo. Y luego lo devorábamos todo con los ojos, de rodillas en los asientos de atrás (no había sillas), pegadas a las ventanillas del coche: los rótulos en árabe, las señales de tráfico diferentes, los coches y las casas diferentes…  las mujeres envueltas con los “haik”, unas enormes telas color crema que las envolvían de la cabeza a los pies y con unos pañuelos triangulares de color blanco en plan mascarilla tapando la nariz y la boca, de modo que parecían unos enormes huevos andantes…

Llegamos a nuestro nuevo hogar a altas horas de la noche, exhaustos, y me dormí sintiendo que el colchón seguía sacudiendo mi cuerpo rítmicamente como lo había hecho el coche durante el trayecto de 6 horas.

En nuestra ciudad – Mostaganem – había dos familias eslovacas con hijos de nuestra edad y otro par de matrimonios checos pero sin hijos. Quedábamos con todos ellos. Los eslovacos eran fuente de continuos cotilleos en casa, porque vivían en unos pisos estupendos en la parte nueva pero estéril de la ciudad, un “barrio dormitorio”, compartiendo rellano pero las dos mujeres no se soportaban. Así que sus continuas desavenencias y pequeñas rencillas domésticas suponían una gran diversión para nosotros. A una hora de nosotros, en la preciosa ciudad de Oran, había otras familias checas con niños y a veces íbamos a visitarles.

Íbamos a hacer la compra al mercado de frutas y verduras y luego nos dábamos una vuelta por los demás puestos: de especias, de abalorios varios, perfumes y cosmética que me tenía absorbida cada vez que íbamos; carnicerías cuyos productos no nos podíamos permitir, estando como estábamos con el sueldo congelado y viviendo de los ahorros y con dinero prestado, pero comprábamos pollo de vez en cuando y huevos – cartones enteros de 30 – y leche y a veces yogur, pero no estaba muy bueno. Después de algún tiempo, mi madre obtuvo cultivos de yogur de una familia búlgara y hacía yogur casero y también hacía requesón duro, dejando agriar la leche primero, luego recogía el cuajo en un paño y le exprimía los restos de agua…. Comprábamos unas sabrosas barras de pan en la panadería  del barrio y el resto de los víveres, los íbamos a buscar a un hipermercado, que era enorme pero con las anchas baldas con muy pocos productos. Hacíamos acopio de sacos de 5 ó 10 kgs de harina y azúcar en cuanto veíamos que había. Comprábamos muchos paquetes de pasta que prácticamente era la base de nuestra dieta y unas latas de 1 kg de mermelada, que podía ser de pera, de albaricoque o de ciruelas. Esta última tenía un color azul oscuro casi negro y la misma textura líquida como las demás pero sabía bien y era la que más nos gustaba.

A veces mis padres nos compraban una tableta de un chocolate con leche local, que nos hacía gracia porque el envoltorio era azul con la foto de un risueño delfín y el chocolate olía a perfume. A lo mejor llevaría simplemente agua de azahar pero en una cantidad tan generosa de modo que para nosotros nos parecía “olor a colonia” y nos llamaba mucho la atención.

En el mercado había también puestos de charcutería y quesos pero rara vez mis padres probaron algo, porque los precios eran demasiado altos. La charcutería, sin embargo, no dejó de fascinarles… ya que los árabes no comen el cerdo, había toda clase de salamis, salchichones y demás derivados cárnicos pero de carnes como el caballo o cordero o ternera. Creo que mi padre no se pudo resistir y llegó a probar un salami de caballo.

A veces comprábamos pescado fresco, sobre todo el último año que ya íbamos mejor de dinero y mi madre aprendió recetas de cómo prepararlo – nos encantaban las sardinas rebozadas con una mezcla de harina y especias y fritas. Por lo demás, comíamos muchas legumbres y arroz, que resultaban baratas y un buen alimento.

En fin, que llevábamos una dieta muy sana. Mis padres adelgazaron los dos y las niñas, aprendimos a comer sobre todo las verduras – eran la base de nuestra dieta. Para cocinar usábamos aceite de girasol y, cuando traían mantequilla al supermercado, mis padres aprovechaban y compraban unos bloques gigantes de 2 o 5 kilos que luego mi madre troceaba y congelaba para ir sacando.

La señal de que habría mantequilla era porque en el puerto, que también veíamos desde la terraza, atracaba un barco creo que danés u holandés y ese habitualmente traía la mantequilla.

La terraza de la casa era sin duda su mejor parte y el motivo por el cual mis padres finalmente decidieron quedarse allí, aunque al segundo año les ofrecieron un piso nuevo, grande, sin humedades, con calefacción central y agua corriente… pero sin vistas.

El mar mediterráneo… cada día tenía otro color. A veces azul pálido, otras gris plomizo, a veces verde esmeralda… algunos días su superficie formaba un ondulante tapiz de mil matices de azul, con pequeñas crestitas blancas de las olas, otras veces había un oleaje fuertísimo, con enfurecidos muros de agua coronados de montones de espuma blanca, que rugían castigando la costa.

Nos acercábamos a ver el temporal y mi madre exclamaba exagerando:

“¡Esa ola tenía por lo menos diez metros de alto!”

Y mi padre le contestaba, sarcástico:

“Sí, tenía diez metros, pero de ancho…”

Las playas de los alrededores eran otro de los grandes incentivos de nuestra vida allí.

Playas anchas y vírgenes, de arena dorada y fina, sin ni rastro de explotación hotelera, con algunos pintorescos chalets minúsculos de verano en algunas partes, pero normalmente ni eso… Llegábamos a ellas por caminos de tierra, cruzando el campo y/o el bosque, animados por la recomendación de alguien. En invierno, íbamos a caminar, kilómetros de paseo hasta unas rocas dónde trepábamos y jugábamos a casitas, mientras el agua rugía debajo y alrededor nuestra. Entre algunas rocas se formaban lagunas llenas de anémonas, erizos y estrellas de mar que observábamos… y por supuesto la línea de la marea estaba sembrada de conchas de todo tipo y muy poquita “basura” – de vez en cuando encontrábamos algún cristal o trozo de baldosa, con los cantos redondos y pulidos de tanto ajetreo en el mar y una vez encontré un zapatito de tacón de Barbie que guardé  como un tesoro. Tener una Barbie de verdad era un gran deseo que tenía en aquel entonces y que vi cumplido con 10 años y ¡¡la ilusión que me hizo!!

De mayo a octubre, nos bañábamos casi a diario. Los lugareños sólo se bañaban en julio y agosto, que era cuando nosotros regresábamos a la República Checa, así que íbamos solos o en compañía de otros Europeos  como nosotros.

Por cierto había gente que llevaba veinte años viviendo allí, renovando la estancia de 3 en 3 ó 5 años… a nosotros nos pilló justo al final de la época segura y no renovamos  al cabo de los 3 años iniciales, porque por un lado, durante el último año cayó el Muro de Berlín y la República Checa se liberó del yugo soviético y comunista, y por otro, la situación política de Argelia empezaba a tornarse más incierta debido a los radicales que querían usurpar el poder y gobernar el país a su imagen y aquello no prometía mucha tolerancia con los extranjeros.

La naturaleza de Argelia, tal y como la recuerdo y creo que habrá cambiado poco, porque mucho turismo no tiene, es exuberante. Es un país precioso. Las playas son un tesoro, pero también el resto de la campiña – hay bosques de pinos, eucaliptos y retamas, dónde hacíamos picnics con otras familias y mientras los niños jugábamos a hacer casitas con lo que encontrábamos por el suelo o buscábamos tortugas (para llevarnos a las más pequeñas a casa como mascotas), las mamás se iban de paseo a recoger setas comestibles… La primavera era preciosa… suelos literalmente alfombrados de flores – no había borde de carretera que no fuera un tupido manto y una explosión de colores; el bosque de repente alfombrado de hierba verde que lo hacía parecer sacado de un cuento de hadas… los almendros y mimosas gigantescas que te volvían loco con su dulce aroma… Recuerdo la flor de la batata de color azul oscuro que adornaba muchos jardines, campos de cultivos llenos de vida – verdes en primavera, dorados en verano… y si no me equivoco, gracias al clima tenían dos cosechas al año… así que la harina de trigo no la tenían que importar como la mantequilla por ejemplo. Además tenían cosechas de dátiles, exquisitas naranjas y mandarinas… una vez nos perdimos buscando alguna playa remota y recuerdo que un amable campesino nos indicó el camino y antes de que partiéramos, nos hizo señas para que aguardáramos, se acercó a uno de sus naranjos  y arrancó unas naranjas grandes como pelotas y nos dio una a cada uno. ¡Qué ricas!!

Nuestra vida social era escasa, pero tal vez por eso la disfrutábamos más, al igual que pese a la distancia, estrechamos el contacto con todos nuestros familiares, especialmente con los abuelos paternos con los que manteníamos una fluida correspondencia. No había internet ni whatsup ni teléfonos móviles, así que nos escribíamos cartas que mandábamos en unos sobres ribeteados de un estampado de rayitas rojas y azules que tenían pre-impresas las palabras “par avion”. ¡Qué ilusión la llegada de cada carta!! Gracias a las cartas, en los 3 años viviendo en otro continente, supimos más de la vida diaria y los quehaceres de toda la familia, que cuando vivíamos a 500 kms de ellos. De la misma manera, en los 3 años participamos en más picnics, excursiones, visitas y planes junto con las familias amigas, que viviendo nuestro día a día en la República Checa, inmersos en las rutinas del trabajo y colegio.

El último año, mis padres ya se habían repuesto y estabilizado económicamente y decidieron mandarnos a mi hermana y a mí a un colegio francés que se llamaba poéticamente “La École Rose” y estaba enteramente pintado de rosa por fuera.

Pero de eso, casi que escribiré en otro post, porque daría para mucho y ya me estoy extendiendo demasiado…

En resumen, la época de Argelia fue como una época dorada de nuestra familia. Para mi hermana y para mí, ese trocito de nuestra infancia, sin colegio, sin tele, sin muchas posesiones materiales ni comodidades, rodeados de naturaleza vírgen, nos marcó muy positivamente… aprendimos a usar la imaginación, a ser creativas, nos hicimos muy autónomas y maduras para nuestra edad, tratábamos a los adultos como a nuestros iguales, pero asumiendo la co-responsabilidad… de hecho, cuando regresamos, por lo menos yo tuve un pequeño problema  para adaptarme al colectivo de niños en el colegio. Cuando por ejemplo entraba una profesora y nos mandaba a armar menos bullicio durante el recreo, yo me callaba porque me lo habían pedido y estaba acostumbrada a responder a los adultos colaborando, pero los demás niños en clase estaban como sordos, desatados y seguían chillando, sin ninguna reacción. Yo no lo entendía y cuando inocentemente insistí a mis compañeros para que se callaran, lógicamente se rieron de mí.

Durante años, viví mi parte de la infancia en África como un hándicap y prefería callármelo, pero ahora me doy cuenta de lo mucho que me aportó y enriqueció aquello. Porque cuando de adulta me enfrento a un sinfín de situaciones, vitales o profesionales, veo en mí  unas inusuales capacidades proactivas, de responsabilidad y de autonomía. No se me da bien discutir porque me sigue faltando la “violencia” o “dureza” necesaria que seguramente habría aprendido si durante aquellos años mi día a día fuera competir con 30 niños en un aula… pero no me arrepiento. Alguna parte de mi personalidad es fuerte como una roca gracias a los cimientos de independencia y conexión conmigo misma que tuve el privilegio de disfrutar durante los 3 años de libertad en África.

Para mis padres, fue una buena época también. Como me dijo mi padre cuando nos vimos en estas Navidades:

“Hija, los primeros 10 años del matrimonio son los más difíciles. Yo me quería divorciar todos los días… hasta que pasamos por Argelia y allí, en África, de repente nos hicimos muy amigos con tu madre…  aquello nos unió.”

Hechos una piña. Esas son las palabras que buscaba – en Argelia, toda la familia vivimos hechos una piña. Y eso fue lo más bonito.

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