Catherine e Heathcliffe

Días extraños con el niño de vacaciones y yo trabajando. Cuando me voy por las mañanas, está dormido aún así que le veo por la primera vez en el día a las cinco – cinco y media de la tarde…. Si por lo menos yo volviera a él de haber estado todo el día en un spa, de masajitos, de tratamientos de belleza, de compras, de cafés compartidos con amigas, llena de risas y con el cuerpo ligero por el “dolce far niente”… pero yo vuelvo agotada tras un intenso día en la oficina, con el cerebro agotado. Unos dirán – “estos días entre fiestas no cuentan, todo el mundo está de vacaciones, la actividad baja”… pues no en mi caso. Así que vuelvo a mi casa exprimida, como una naranja sin su jugo, como un limón partido por la mitad y olvidado varios días en la nevera hasta quedarse duro y reseco, como un nudoso árbol de madera reseca que muere lentamente sin ni gota de savia debajo de su gruesa corteza… así vuelvo yo. Sin luz, sin alegría, sin ánimo de nada.

Y saco una enorme sonrisa para reencontrarme con mi hijo y me conformo con quedarme quieta observando su incesante parloteo y sus brincos, mientras la extrañez de la separación forzada me pesa en el cuerpo.

Luego me impaciento, le chillo sin motivo, se me caen las cosas de las manos y estoy torpe de puro cansancio y me desahogo con alguna palabrota y para no estropearlo del todo, rectifico nombrando lo que me pasa y digo con tono rendido: “Perdona, cariño, es que estoy muy cansada. Hoy he trabajado mucho.”
Y mi niño,  mi brillante estrella llena de luz, mi tierna flor con el tallo terso y recto, repleto de savia, mi pequeño me pregunta con toda su inocencia: “¿Y por qué haces ese trabajo tan grande, que te cansa tanto, mamá?”
Es verdad, ¿porqué? ¿Porqué las madres trabajamos fuera de casa tantas horas cuando podríamos ser amas de casa y criar a nuestros hijos sin prisas y sin agobios?
Dinero, dinero, dinero… no estoy renegando de mi nómina, no… pero cuanto más mayor me hago, más acuciante es la sensación de ser un hámster en la rueda, un gran círculo sin salida de ganar y gastar, ganar y gastar, ganar y gastar el dichoso dinero…
He llegado hasta aquí y al releer lo que había escrito y borrar una buena parte que hasta a mí me pareció demasiado lúgubre, me he acordado de una frase de mi autora favorita Betty McDonald (la verdad no sé si sus libros están traducidos a español) cuando en uno de sus maravillosos libros autobiográficos describe a un compañero o compañera de las clases de escritura creativa a quien le dieron el consejo de escribir “más divertido” y entonces, Betty dice con su particular sentido de humor algo así como: “…y a partir de entonces, sus textos seguían siendo igual de malos, pero adornados con chistes laboriosamente intercalados.”
En otras palabras, hasta a mí misma me suena demasiado deprimente lo que acabo de escribir así que voy a dar un giro radical y, al acordarme de Betty McDonald y su obra, terminar este post con una lista de mis libros favoritos para releer un sinfín de veces ya que siempre te levantan el ánimo. Una especie de “tarta de chocolate” literaria.
Aquí va:
Betty McDonald y sus libros autobiográficos, puesto nº uno.
James Herriot y sus memorias como veterinario de campo en Yorkshire del Norte, puesto nº dos.
El puesto nº tres lo comparten dos autores: Peter Mayle y su “Un año en la Provenza” (por lo visto tiene dos continuaciones más, es decir, es una trilogía, pero los otros dos libros no los he leído. El primero desde luego es excelente y desternillante) narrando sus peripecias viviendo en el sur de Francia profundo (uno de mis capítulos favoritos, la receta de cómo cocinar un zorro) y las igualmente desternillantes y simpáticas narraciones de Chris Stewart sobre lo mismo – es decir, sobre la vida en el campo, pero esta vez en la Alpujarra Granadina (Entre Limones, Un loro en el limonero…).
Y, hay un libro que no es de humor, pero cuya lectura encaja con cualquier estado de mi ánimo y me resulta increíblemente reconfortante siempre… y es “Cumbres Borrascosas” de Emily Bronte.  No sé por qué, pero me encanta y su historia consigue atraparme una y otra vez. Es sumergirme en sus páginas y aunque me lo sepa casi de memoria, me vuelvo a enganchar sin remedio. Esas colinas de brezo, ese aire puro, ese amor entre Catherine e Heathcliffe… son como un hechizo sobre mi imaginación.
Deseándoos una feliz Cabalgata de Reyes, muchos y muy buenos regalos mañana y un estupendo 2017 lleno de salud, paz y amor y de buenas lecturas (atentos al blog que cualquier día de estos hasta escribo algo bueno bueno de verdad y ¡lo bordo!), me despido de vosotros por hoy.

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