Pisando las líneas de las baldosas

Hoy cuando volvíamos de la piscina, se me ocurrió algo, algo trascendental, algo importante sobre mi forma de ser madre.

Estábamos volviendo de la piscina y al ver al pequeño elegir cuidadosamente todas las junturas de las baldosas del pavimento y pisar sólo siguiendo las líneas (caminando en zig-zag y perdiendo muuucho tiempo, dependiendo de lo grandes que sean las baldosas), me he dado cuenta de una cosa: yo de pequeña jugaba justo a lo contrario, a no pisar las líneas nunca. Y cuando el pavimento consistía en adoquines pequeños, andaba de puntillas y tenía un auténtico dilema de por dónde pisar, porque creía que las líneas me quemarían en los pies. Jamás se me hubiera ocurrido pisarlas y al ver hoy a mi hijo pisarlas con fuerza y determinación, me he dado cuenta de que somos distintos, de alguna manera profunda que sale de la mismísima esencia de cada uno.

Es como ese juego , no sé si os lo habrán hecho alguna vez, cuando te dicen: “¡Cierra el puño!” y dependiendo de cómo lo hagas, si escondiendo el pulgar o dejándolo para fuera, se supone que eres de un tipo de persona u otro. Yo soy de las que escondía el pulgar, pero desde que sé el significado, estoy intentando acostumbrarme a sentirme cómoda con el pulgar para fuera. Pero creo que nunca lo voy a conseguir del todo y aunque cierre a veces los puños con los pulgares por fuera, en mi caso siempre será “intentando parecer lo que no soy”. Mi hijo, por supuesto, cierra los puños con el pulgar para fuera.

En el cole, él siempre quiere ir el primero de la fila, en música, siempre quiere ser el primero en leer las notas de la pizarra… Yo era al revés. Me sentía cómoda en la parte última de la fila y jamás habría pedido un turno la primera, siempre dejaba pasar a unos cuantos para hacer un cierto acopio de fuerzas para lanzarme y pedir mi turno. Mi hijo no, él lo tiene claro, él se ofrece a la primera y que sea lo que Dios quiera, allí está él, el primero.

Dicen de mí que le sobreprotejo en el sentido que le quiero ahorrar los sufrimientos, pero hoy entendí qué es lo que me pasa en realidad. Cuando me muestro tan comprensiva, cuando le explico cada emoción, cuando intento que entienda cada situación, cuando le doy espacio para que se exprese, cuando busco el diálogo… lo que pretendo es proteger a la pequeña Hana que durante toda su infancia estaba muerta de miedo, porque no entendía las cosas. No tenía el empuje necesario de valor o temeridad para tirarse de cabeza y mojarse a base de bien, y siempre fue la niña buena, la niña hipersensible, la niña tímida e incluso, en algunos cursos, la “outsider” de la clase, sufriendo por dentro mil dudas e injusticias.

Es decir, partiendo de mi experiencia, no quiero que a mi hijo le pase lo mismo. Así que le estoy intentando explicar el mundo como me hubiera gustado que me lo explicaran a mí.

Pero mi hijo está hecho de otra pasta. Tal vez mi manera de educar, explicando todo, buscando siempre las conexiones y el porqué… le ayude el día de mañana a aprender a enfriar ese carácter impetuoso que tiene, le ayude a reflexionar. Pero desde luego, no lo necesitará para aumentar su autoestima, por lo menos no de la manera que yo lo habría necesitado.

Una vez puse aquí que tal vez tendamos a ser la clase de padres que nuestros padres no hayan sido con nosotros. Hoy me corrijo: tendemos a querer dar a nuestros hijos lo que a nosotros nos haya faltado.

Y hoy me he dado cuenta de que al fin y al cabo, puedo estar tranquila. Mi pequeño yo asustadizo, precavido y comedido sigue teniendo miedo de decirlo a bocajarro, pero tal vez lo que pasa es que… mi hijo puede que sea… seguro de sí mismo por definición. Es decir, él es así. Es su forma de ser. Él es seguro de sí mismo.

La semilla de este “descubrimiento” se sembró el miércoles pasado, durante una entrevista con la psicóloga del cole.  Nos dijo que el niño destaca por querer hablar muchísimo y que es verdad que busca mucho protagonismo. Y yo, inmersa en mi miedo de que mi pequeñín no sepa defenderse o que el mundo le corte sus alas, le pregunté: “¿Y sería posible de alguna manera dejarle que canalice esa energía, ese afán de protagonismo, no para favorecer el narcisismo, pero para que aprenda a utilizarlo de alguna manera constructiva, por ejemplo encargándole tareas o algo así…?”

Y la psicóloga asintió, sonrió y me dijo tranquilamente: “Tranquila, que ya lo hace… se encarga él mismo. Se ofrece para ayudar a los demás, por ejemplo…”

Y me di cuenta que definitivamente, mi hijo tal vez tenía más y mejores agallas que yo jamás podría imaginar.

Aún así, es muy pequeño. Nos espera un largo camino juntos. Muchas cosas se pueden torcer aún y oscurecer nuestro andar y otras muchas inesperadas, florecer de golpe y sorprendernos con dulces recompensas.

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