Crianza respetuosa

El primer recuerdo que tengo de haberme topado con la crianza respetuosa es de hace muchos, muchos años. Tendría yo unos 11 u 12 años y en el vecindario había una niña que cuidaba de su hermano pequeño.

En aquel entonces nos pasábamos las tardes enteras andando libremente toda la pandilla por los alrededores de las casas: teníamos delimitado que no podíamos cruzar solos la calle principal, la que más tráfico tenía, pero por lo demás, podíamos hacer lo que quisiéramos, hasta ir a los patios de los demás, cruzando las calles secundarias por los pasos de cebra y con mucho cuidado.

Entre las casas había columpios, areneros, un campo de fútbol… Había unas estructuras metálicas para tender la colada (cada vecino bajaba con su cesto con la ropa recién lavada y un ovillo de cuerda, además de su cestito con pinzas…), otras para colgar las alfombras y sacudirlas con una especie de palas para golpear y así sacudir el polvo: os pongo una foto mejor:

y nos encantaba trepar por allí. A falta de árboles… aunque también intentábamos trepar a los árboles, por ejemplo los lilos (que en la República Checa suelen alcanzar un tamaño considerable), o nos escondíamos en los setos de tejo, pero siempre había algún “respetuoso” jubilado cascarrabias que nos chillaba: “¡Esos niños, bajarse de allí! ¡Que vais a partir las ramas, vándalos, sinvergüenzas, energúmenos, que voy a llamar a la poli, que voy a hablar con tus padres, que voy a ir a quejarme al colegio!!”

Otros días nos aventurábamos a un parque cercano con un palacete abandonado – qué pena que no nos pilló con suficiente edad para atrevernos a explorarlo… nos asomábamos por sus ventanas sin cristales de la planta baja y enre los postigos rotos veíamos el interior con muchos escombros, una escalera que se había derrumbado…y nos parecía increíble, más porque mi madre me contaba que cuando ella era pequeña, el palacete albergaba una guardería a la que ella asistía… como os decía, antes de que pudiéramos llegar a atrevernos a meternos dentro,  lo compró un Griego y se dedicó a restaurarlo. Abrió un restaurante con karaoke los fines de semana y tenía habitaciones para ofrecer alojamiento en una de las alas, pero creo que se le acabó el dinero a mitrad de reforma y hoy en día no sé qué suerte habrá corrido el edificio… El “castillito”, como  lo llamábamos, tenía vistas a un estanque, que algunos años estaba vacío, pero los años que lo llenaban, en invierno se helaba su superficie y bajábamos a patinar… Y el parque que lo rodeaba tenía unas cuestas muy largas que en invierno bajábamos en trineos pasando grandes momentos… volvíamos a casa helados, con las narices rojas, la ropa empapada, pero felices.

Pasando el estanque se cruzaba una zona de chalets individuales y empezaba el campo, pero no nos solíamos aventurar tan lejos solos muy a menudo.

En primavera, eso sí, íbamos a robar velloritas en el jardín de uno de los chalets. Había que meterse por detrás, dónde la parcela tenía una frontera natural, en lugar de valla por allí corría un riachuelo. Nosotros nos metíamos siguiendo el curso del riachuelo, esquivando matorrales, trepando por las rocas y las raíces de los árboles que sobresalían del suelo y cuyas coronas se inclinaban, mojando sus ramas en las aguas poco profundas. Cuando por fin nos asomábamos al jardín repleto de velloritas, que se extendían como una alfombra amarilla, nos dedicábamos a recoger nuestros ramilletes para llevárselos a nuestras madres, imaginando que detrás de las ventanas mudas de la casa había un señor con un rifle que en cualquier momento saldría a dispararnos por robarle sus flores.  No sé si habría sembrado las velloritas aposta, nosotros creíamos que simplemente crecían allí y al igual que las hubiéramos recogido en un bosque, las recogíamos en aquel extremo más alejado de su casa pero que no dejaba de ser el de su parcela. Si los habitantes de la casa nos veían, supongo que les daba igual, o a lo mejor nunca estaban en casa… De todas formas había tantas y tantas velloritas, que nuestra “cosecha” apenas se notaba.

En verano, íbamos a robar cerezas – bueno, robar robar… si las ramas de los árboles, cargadas con manojos de dulces frutos rojos, sobresalían las vallas de los jardines y prácticamente te daban en la nariz cuando ibas caminando tan tranquilamente por la acera… ¿no se consideraría robo, no? Las birlábamos como los mirlos o los estorninos, que son los grandes ladrones de cerezas en la República Checa, sin maldad alguna…

Total como os decía las tardes de mi infancia eran tiempo ilimitado a nuestro aire, jugando sin los adultos. Y esta niña de mi edad, llevaba a veces con ella a su hermano pequeño. Un día me quedé con ella y el hermanito y el niño no quería hacer algo, el caso es que le dije la típica frase con la que me crié, con la que nos criamos todos, la única forma que conocía de llegar a él y le dije: “Si no nos haces caso, no te doy chuches” o alguna otra velada amenaza conductista. Y esa niña como yo, esa chavala de 12 años, hizo una mueca y me dijo muy seria: “No le amenaces, no me gusta educarle así.” Me quedé sin réplica. Me estuve devanando los sesos de qué otra manera hacer que el niño nos hiciera caso, sin amenazas, y en su momento no se me ocurría nada… era realmente difícil.

Y sigue siendo difícil hoy en día, 25 años después de aquello, pero lo intento; y espero que por lo menos mi hijo no lo tenga tan difícil el día de mañana, cuando sea papá.

Recriminamos a nuestros hijos, nos desahogamos con ellos, les decimos demasiadas cosas inútiles y parece que no nos escuchan, que no hacen caso, que les entra por una oreja y sale por la otra, pero mucho me temo que en realidad todo se queda grabado.

No sabéis la de veces que presencio en el parque como un niñito de la edad del mío se “defiende” diciendo con cierta agresividad: “Los columpios no son tuyos, déjame subir” echándole prácticamente (la dichosa y mal entendida manía de “compartir”) o “Si no juegas conmigo no soy tu amigo”… cosas que parecen calcos de las frases que solemos decir los mayores.

Así que me viene a la mente un dicho checo que dice así: “La palabra pronunciada no la vuelves a meter en la boca ni con un par de bueyes” y es muy cierto.

Yo creo que la verdadera ventaja de la infancia que tuvimos, jugando solos en la calle, fue la ausencia de los adultos y de sus “juicios”.

P.D. Hoy las fotos de las flores las he tomado “prestadas” de la web, porque no he tenido oportunidad de hacerlas yo… Propósito para el año nuevo 2017: ir a recoger velloritas…

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