Alfombras limpias

Hay días que sientes que tu interior se resquebraja, con miles de caminitos en zigzag que amenazan con partir todo en mil añicos. Hay días que notas cómo tienes que hacer un esfuerzo para contener lo que bulle dentro de ti, cuando notas como la envoltura que lo mantiene todo más o menos unido, es tan frágil como un papel apergaminado…  ese que se ve un poco transparente a trasluz y que cruje y se arruga a cada paso que das.

Es la falta crónica de sueño. Es la carencia crónica de espacios suficientes de soledad, para reconectar conmigo misma. Es el resultado de una vida al pie del cañón siempre, tirando del carro, siempre p´alante, siempre forzando la máquina. Eres la que lleva las riendas y la que soporta el yugo a la vez.

Tienes la casa limpia, estás presente en la infancia de tu hijo, traes una nómina a casa, pero a qué precio. ¿A qué precio?

¿De dónde sacar fuerzas cuando todos los depósitos han sido vaciados?

Dicen que cuando estamos así, con la sensación de no poder más, en realidad nos queda el 50% de las fuerzas. Sí, lo había leído hace mucho en alguna parte, me acuerdo bien… me llamaba la atención ya entonces, en mi adolescencia, cuando aún no sabía nada de la vida. Y aquellas palabras siempre vuelven a mí, en innumerables situaciones en las que te pone la vida, te acuerdas: “50% más…”

A veces me siento como un autómata que cumple con sus obligaciones la mayor parte del tiempo.

Pasar un fin de semana y llegar a un domingo por la noche con la sensación de no haberme podido detener ni 5 minutos, sin haber podido hacer algo por mí, deja huella y duele. No lo entiendes, sientes que no es bueno vivir así, lo rechazas, quisieras rebelarte, pero no tienes escapatoria.

Llega la mitad de la semana, estás pasando la aspiradora a las nueve de la noche, tras una larga e intensa jornada, otro día en pie desde las siete menos cuarto, enlazando trabajo, niño, casa… y tu recompensa al final del día es esa: alfombras limpias.

No 15 minutos de yoga ni un baño relajante ni una buena peli, sino: alfombras limpias.

Platos lavados. Baño limpio. Arenas de gato impolutas. Ropa recogida, doblada, guardada en sus cajones o baldas. Filetes de pollo congelados en paquetitos marcados con la fecha. Suelo de la cocina fregado. Nota del cole firmada y metida en su sobre, zapatillas y uniforme limpios preparados para el dia siguiente. Niño bañado y cenado. Todavía te quedan el último vaso de leche, los dientes, el pis, los cuentos, acostar a tu pequeño búho que no tiene sueño por las noches y hacer que se duerma tu de repente pequeño manojo de nervios, que no soporta estar solo y quiere que te quedes con él…

Para que este post no resulte demasiado deprimente, he de decir que al final, siempre consigo reinventarme, siempre consigo volver a la llama de la ilusión que arde dentro de mi barriga y hace que toda yo vibre… De repente sucede algo que hace ¡glup! ¡subidón! y me recarga las pilas de golpe y porrazo: Araño un trocito de tiempo y escribo un post… O disfruto un encuentro placentero con alguien a quien aprecio y  “arreglo el mundo” con una buena conversación, o surge un buen plan (parque, cine, cuentacuentos, excursión… y si es improvisado, mejor aún), o descubro un libro inspirador, o consigo reírme de mí misma…

O basta una simple ocurrencia de mi pequeño carcelero, ese que me condena y me absuelve mil veces al día: un pringoso beso suyo, un abrazo de su pequeño cuerpecito con unas palmaditas en mi espalda de sus manos pequeñas, pero llenas de grandeza: “Para que te tranquilices, mamá”…

O me restriega a su peluche favorito por la cara con estas palabras mimosas: “A Rocky le gustas… Rocky te quiere chupar.” Luego me llena el regazo con toda su familia de peluches  (unos 4 perros, 1 gato, 4 osos y 2 “trapitos” – uno es un perro u oso azul y el otro, un elefante blanco) y sigue tan zalamero: “Les caes bien a mis peluches…”

¿Cómo no derretirse, pues? Les caigo bien a un montón de peluches sobados, achuchados, queridos y especiales por cada centímetro cuadrado de sus pieles de pelo sintético tan suaves. ¿Qué más puedo pedir? Es todo un honor.

Las alfombras descansan, libres de polvo y pelusas, la casa recogida respira, creando un entorno armonioso y acogedor, ya no te queda nada pendiente, otro día que no te ha dado tiempo hacer tu yoga y tú abrazas a tu hijo, con tu nariz hundida en su pelo y los ojos cerrados de puro agotamiento, aspirando su dulce aroma.

Sientes que has alcanzado un punto de equilibrio, precario y delicado, pero equilibrio al fin y al cabo.

Tus pilas se van recargando una vez más.

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