Enamoraditis Aguda

Cuando te conviertes en madre o padre, tarde o temprano pillarás la Enamoraditis Aguda. No temáis, no es nada grave, pero sí bastante contagioso y creo que no nos libramos nadie.

Los primeros síntomas afectan más a las mujeres y pueden aparecer ya en el embarazo y se manifiestan en un sutil cambio de lenguaje. Por ejemplo, cuando el futuro bebé le propina una patada a la mamá, esta se cubre la barriga con una mano y con una mueca de dolor dice: “¡Hoy estamos revoltosos!”

Los papás tampoco se libran y los gérmenes de esta peculiar dolencia deben de estar especialmente proliferantes en las salas de consulta del ginecólogo, porque suelen salir brotes tipo actualizaciones de estado en el Facebook que dicen: “¡Ya tenemos 9 cms y 14 grs!” (revisión primer trimestre) o “¡Ya pesamos 240 grs!”  (revisión segundo trimestre), etc.

Cuando nace el bebé, es muy común oír a cualquiera de los padres con el bebé en los brazos pronunciando frases como: “Ya nos hemos despertado” (los padres ya llevan despiertos un buen rato, se refieren al bebé), “Tenemos hambre” (los padres acaban de comer, se refieren al bebé), “Uy, vaya pedete, ¿nos vamos a hacer caca?” (no hace falta explicarlo, creo).

Si estáis bien atentos, es posible que detectéis una especie de sonsonete o acento, cómo describirlo, una tonalidad almibarada en la voz, un timbre tierno y mimoso, en plan embobado y alelado. También se puede dar un aumento de diminutivos, así que la frase correcta sería, con tono meloso: “Uy, vaya pedetete, ¿nos vamos a hacer cacotuela?” etc.

Esta es digamos la primera fase. Es inofensiva, se contagia a los abuelos, vecinos y amigos que están en contacto con el bebé y suele remitir por sí sola, según el niño va creciendo y ganando autonomía.

Pero la contaminación late escondida muy por debajo de tu piel y la misma bacteria o microbio que te ha sorbido los sesos cuando te convertiste en mamá/papá y te ha devuelto tu cerebro hecho una papilla a base de una explosiva mezcla de infinito amor maternal/paternal, un mar de dudas, demasiado insomnio y un brutal instinto protector en plan madre leona enfurecida (aderezado con hormonas de la lactancia si se da el caso); el mismo germen que ha transformado los perros en “uau-uau” y los pájaros en “pío-pío”; el mismo bacilo que ha desprovisto las palabras “sueño profundo y reparador” del más mínimo significado para tí; ese mismo bicho malo hace que en multitud de situaciones tu cara sea un poema que canta que estás pillada/pillado hasta el cuello… o hasta las trancas.

Y te traiciona, cuando sonríes como un idiota en la función de Navidad, viendo a tu hijo o hija en el escenario y hasta te pones a sudar y se te olvida respirar por la emoción; y te traiciona, cuando los ojos te brillan con orgullo echando una mirada fugaz a tu retoño y/o tus labios se curvan en una sonrisa indulgente y aprobadora cuando descansas tu mirada en tu pequeño o pequeña y crees que nadie te ve; y te traiciona, cuando tu hijo o hija tropieza y se pone a llorar y sales como despedido por un resorte y a la velocidad supersónica le tienes en tus brazos, buscando la pupa con la mirada desencajada.

La sabiduría popular denomina este fenómeno simplemente como: “Que se te cae la baba”. Los profesionales de la enseñanza infantil lo identifican como: “Sobreproteger y tener al niño en una burbuja.”

A mí me hace gracia observar en secreto cómo se manifiesta una y otra vez en unos y otros, no importa la edad que tengan los hijos. Hace que no me sienta tan ridícula, cuando me pasa, y me seguirá pasando, a mí. 

 

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