Por qué yo prefiero que las sandías sigan redondas

Enseguida me explico.

Tras cuatro años y medio de paternidad y maternidad a cuestas, mi marido y yo hemos llegado a una fase aparentemente llena de posibilidades en cuanto a comunicación con el pequeño. Tenemos a dos emisores y a un receptor, los tres en plenas facultades de emitir y recibir mensajes verbales estructurados y de cierta complejidad, es decir tenemos también un código – el idioma español en este caso que los tres dominamos con soltura; y se supone que tenemos un canal – nuestras bocas que emiten y nuestros oídos que reciben, a una distancia que permite captar todo alto y claro.

Ya no tienes que andar adivinando la causa probable de un llanto, ni intentar descifrar el “svahili” incomprensible de la llamada “lengua de trapo”. Ya no tienes que dudar de si el pequeño receptor capta tu mensaje o no, porque sabes más que de sobra que listo es como él solo.

Pues nuestra impresión es que algo debe fallar, porque nuestros claros y meridianos mensajes no producen el tipo de acción y reacción deseado, ni en la rapidez de captación y procesamiento de dicho mensaje y por consiguiente, ni mucho menos en la ejecución de su contenido. Hablando en plata, nuestra impresión es que el niño no nos hace “ni puto caso”.

¿Nos encontramos con algún tipo de sordera selectiva? En el fondo los dos sabemos que no es así. Pero yo tengo más paciencia y escribo este blog, así que mientras papá se desespera, yo tengo una teoría, para él y para todos los demás papás y mamás desesperados.

Señores, señoras, yo creo que lo normal en un niño es que no te haga ni puto caso.

Lo normal es que no cumpla tus órdenes a la primera y sin rechistar (los “deja de moverte”, “ven aquí”, “éstate quieto”, “suelta eso” y la estrella de todas las órdenes fallidas, el “no toques eso”), y os confieso que si alguna vez me encuentro un niño que haga caso a cualquier cosa de esas que le digan sus padres a la primera, parándose en seco, sin rechistar, de golpe y porrazo… si veo algún día un niño pequeño que obedezca y calle y punto, me preocuparé y mucho. Pensaré que a ese niño le pasa algo y me parecerá del todo antinatural.

Ahora, la pregunta es, ¿por qué pasa eso? ¿Por qué los niños no son capaces de obedecer a la primera? Pues os voy a explicar mi teoría. Yo pienso que los niños no son capaces de prestar atención a dos mensajes o dos hilos de comunicación diferentes a la vez. Me explico: si el niño te está diciendo algo, para él ese es su mensaje que te está enviando, su hilo de conversación en el que está centrado; y si tú no le haces ni puto caso y le sueltas cualquier orden tuya, es lógico que él tampoco te haga caso. No es que no quiera oírte, aunque parezca que te está ignorando, él todavía sigue esperando una respuesta a lo que te estaba diciendo.

Si tú a continuación le empiezas a gritar, porque no te hace caso, realmente no le das ningún margen para que se explique o reaccione. Le tienes empequeñecido, a merced de tu enfado y la comunicación está torcida porque te empiezas a desahogar con lindezas como “es que eres sordo”, “es que no me escuchas, es que eres tonto” y en el fondo, tú mismo creas una etiqueta. El niño se cree que es “sordo, tonto y no escucha” y al final, llegada la adolescencia, no te escuchará no porque no sea capaz, pero porque no le dará la gana.

Un niño pequeño no está ni sordo ni tonto, es que él te estaba diciendo otra cosa y da igual que sea alguna fantasía infantil o sea “una chorrada” para los adultos, para él es importante. Otras veces puede ser que su mente esté ocupada en otra cosa: en terminar de jugar algo que sólo existe en su imaginación, pero para él es todo su mundo en ese momento. Y por eso no puede atender a tu mensaje.

Así que, hay dos opciones de cómo resolver esto:

  1. Prestar atención a lo que dicen los niños, escucharles y contestarles y cuando emitimos nuestro mensaje, asegurarnos que nos escuchan. Y si no lo hacen, rebobinar en nuestra mente y pensar si tal vez los que no escuchamos hayamos sido primero nosotros.
  2.  Dejarnos de tonterías, que la vida es dura y los niños tienen que aprender a comportarse desde pequeños y el adulto es el que manda y punto y los niños tienen que obedecer así que si no lo hace, le castigamos y ya aprenderá para la próxima y enseguida se le pasará la tontería.

Y bueno, si nos mantendremos firmes, tal vez lo conseguiremos… Al fin y al cabo:

 

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