Septiembre

Septiembre huele a papel, a tinta, a mochila y estuche nuevos, y para mí particularmente también a ilusión y alegría porque justo al comienzo del mes, es mi cumpleaños.

Septiembre es el inicio del curso, con las pilas recargadas gracias al verano. Por eso me gusta y porque los días todavía son cálidos y agradables y como todos los comienzos, parece que todo es posible.

Al igual que todas las páginas de los libros de texto, de los cuadernos, de las agendas… están impolutas y te invitan a llenarlas con primor, así se siente la vida estos días, llena de posibilidades, empezando desde cero, abriendo página nueva… Antes de que la rutina nos devore y nos exprima y nos deje exhaustos al final del curso, qué fácil es disfrutar de esta prolongación del verano y de la promesa de grandes éxitos que trae consigo.

En checo, se le llama “babí léto” – “el verano de las viejas” – y en realidad se trata de un fenómeno climatológico propio del mes de septiembre / comienzos de octubre que sucede en Europa Central y se traduce en días inusualmente secos (sin lluvia) y cálidos. También es la época de migración de unas arañas chiquititas que para desplazarse producen unos filamentos que arrastra el viento, y por lo visto estos trozos de telarañas revoloteando de aquí para allá recordaban a los antiguos checos a los cabellos grises de las ancianas y de allí el nombre de esta época. O también dicen que como el sol ya no tiene tanta fuerza como en pleno verano, aunque haga días cálidos, es un sol con una “fuerza de vieja”, es decir, con una fuerza mermada y por eso se le llama “verano de viejas”.

A mí al visualizar esas arañitas checas flotando a la deriva en el aire, me recuerdan a los bolsillos de los papás españoles que tras el verano se quedan tan ligeros como plumas… El esfuerzo de las vacaciones, las colonias, campamentos y canguros, los libros para el cole, los uniformes etc. hacen que si los monederos fueran casas y el dinero los muebles, estas “casas” estarían despejadas al más puro estilo minimalista y las telarañas tendrían mucho hueco dónde revolotear…

Para muchos pues, septiembre es sinónimo de la “cuesta arriba”, de tener que apretarse el cinturón y tal vez lo odien por eso, pero yo me siento ligera con el alma liberada de la fiebre del consumismo. Habiendo hecho mis compras durante las rebajas y las segundas rebajas, no podría ser más feliz. Así que septiembre es también el mes de estrenar “trapitos” y eso a mi pequeña y vanidosa Diosa-Que-Hay-En-Mí le complace, vaya que sí.

Sea como fuere, me encanta esta época del año y ya si encima la vives acompañada de deseos de salud, felicidad, etc. por parte de tu entorno (porque cumples los años en estas fechas), ¿como no vas a sentirte genial?

Tal vez debería sentir nostalgia porque el verano se va… a primeros de la semana pasé por el polideportivo y me sorprendió un cartel anunciando que las piscinas de verano cerraron el 29/8… qué pronto. Y ayer, día 1/9 pasé a primera hora por el polideportivo y me di cuenta de que no me cruzaba con ningunos papás o abuelos llevando a los niños a las colonias… en la entrada de la cafetería no estaban las monitoras, esperando recibir a los peques… y me pareció como si el lugar se hubiera quedado más oscuro y más vacío de repente.

Tal vez debería sentir morriña porque los largos atardeceres en el parque, jugando con luz hasta las 10 de la noche, se van acortando… pronto, muy pronto, en cuanto cambien la hora, será de noche a las seis y media de la tarde y tras finalizar nuestras jornadas laborales, arañaremos un trocito de esa noche prematura, para llevar a nuestros hijos al parque a la luz de las farolas, como unos vampiros a los que no les puede dar la luz del sol. No entiendo estos cambios de reloj… bueno, este otoño me voy a estrenar saliendo con jornada reducida, a las cuatro de la tarde… así que pillaré unas horas de luz, ¡qué guay! Pero pasé varios años saliendo con mi niño al parque como las polillas, buscando los círculos de luz amarillenta y huyendo de las sombras…

Tal vez debería preocuparme porque los 40 se acercan… pero estoy demasiado ocupada en otros asuntos, como por ejemplo leyendo a Gianni Rodari, maestro de la literarura infantil. Sus historias son maravillosas. Las leemos cada noche antes de dormir y lo pasamos genial.

Así que, con un buen cuento que leer, contar o escuchar, la vida es mucho más hermosa… Y con estas palabras me despido por hoy y os dejo con el siguiente fruto de mi imaginación:

Cuento del demonio 

Había una vez un demonio que tras cientos de años al servicio del Infierno, en compañía ruidosa y maloliente de los demás demonios y siempre a las órdenes severas del Rey del Infierno, Lucifer, decidió retirarse y pidió permiso para vivir en un “retiro espiritual”. Lucifer no daba crédito a sus oídos cuando oyó esta petición de permiso de retiro para vivir una vida contemplativa y en soledad, pero como este demonio le había prestado muy valiosos servicios (de los que ya hablaremos en otra ocasión), estaba en deuda con él, así que, muy a su pesar y con la mayor discreción posible, para que no se quisieran apuntar más demonios, le concedió el permiso.

Este demonio se retiró, pues, y se instaló en medio de un bosque profundo, tan profundo que no llegaba ni un alma. Allí se construyó una cabaña con un buen tiro de chimenea, para poder hacer un buen fuego, acarreó una buena provisión de leña, plantó un pequeño huerto pues le gustaba comer verduras a diario, y se dedicó a aquello que siempre había soñado: a vivir como un ermitaño.

Los años pasaron y el demonio fue adquiriendo cada vez más y más paz interior. Esta paz era como un océano de buenos sentimientos, de felicidad silenciosa, de alegría  desbordante  y brillante y para contenerla dentro y que ni una sola gota se le escapara, el demonio dejó de hablar. Mantenía la boca cerrada y sólo sonreía con los labios siempre sellados.

He aquí que tras pasar unos siglos, el demonio ya estaba tan lleno de paz , su océano era tan grande, que le apeteció volver a tener contacto con alguien más y en concreto, le apetecía muchísimo compartir esa tranquila felicidad con alguien a su lado, alguien que le acompañara  durante el resto de su vida. Así que recogió sus pocos bártulos y se fue a la ciudad más cercana (que estaba a un mes de camino) para conocer a alguien.

El problema era que no hablaba. Era bien parecido, moreno, con el pelo ensortijado, cuerpo atlético, y sus cuernos y su cola de demonio atraían a más de una muchacha. Tener un demonio por marido, eso no estaba nada mal, porque un marido con conexiones en el Infierno siempre podía venir bien.  Así que las muchachas se le acercaban y le invitaban a bailar. El demonio sonreía, bailaba con ellas, aplaudía al ritmo de la música, pero no hablaba, no contestaba sus preguntas, no decía nada sobre sí mismo… Y eso las muchachas humanas no podían soportarlo. Así que una a una se fueron con los chicos que charlaban, cantaban y gritaban, porque todas pensaban: “Aunque sea para insultar o dar órdenes, aunque no sea para decir ninguna cosa bonita, ¡prefiero un marido que hable!”

El demonio, tras un mes de festejos, tuvo que volver a su bosque solo como había venido.

Iba e iba por el camino, pensativo, no se sentía triste, pues su enorme paz interior estaba por encima de los sentimientos mundanos como la tristeza y la decepción, pero sí tal vez un poco… desilusionado. Y de repente se encontró en el camino con una brujita un tanto peculiar. Era una bruja, su enorme verruga en la nariz, su largo pelo enmarañado y su sombrero puntiagudo no dejaba lugar a dudas. Pero no despertaba en absoluto el habitual miedo a su alrededor, de alguna manera no pareció amenazante, ni malvada… el demonio la miró y se dio cuenta de que ella sonreía con la boca bien cerrada y que sus ojos…

Sus ojos contenían un océano, igual de vasto y profundo como el suyo.

Sus miradas se cruzaron y fue como si las dos superficies de los dos océanos se agitaran, reconociendo aguas amigas.

Era una bruja que vivía en retiro espiritual.

No necesitaron palabras. Se cogieron de la mano y se adentraron en el bosque y vivieron felices en tranquila y silenciosa armonía, compartiendo sus océanos.

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