Del Baúl de los recuerdos III

Mi abuela paterna se llamaba Libuše.  Este es el nombre de una princesa heredera y profetisa de la mitología checa, la que auguró la fundación de la ciudad de Praga y se casó con un labrador llamado Přemysl, para que el pueblo checo tuviera un rey (nota: entiéndase labrador de tierra o séase un campesino, no un can. Que los checos tendremos nuestras peculiaridades pero la zoofilia no forma parte de ellas).

Sus míticas palabras, profetizando la fundación de la ciudad de Praga allá por el siglo 8, fueron éstas:

“Vidím město veliké, jehož sláva bude hvězd se dotýkati.”

Y bueno, Praga es mundialmente conocida así que algo de lo que predijo la buena mujer se cumplió.

No me he podido resistir, acabáis de ser destinatarios de una pizca de humor checo. Venga va, aquí va la traducción de la frase: “Veo una ciudad grande, cuya fama alcanzará las estrellas.”

Přemysl fue rey consorte pero dio nombre a toda la dinastía de reyes de Bohemia: los premislitas.  Los premislitas fueron la primera dinastía real checa y se extinguieron hace 700 años con el asesinato del último monarca, Venceslao III. Venceslao en checo es Václav que fue el nombre de mi abuelo paterno y lo es el de mi padre.

Esta coincidencia con nombres mitológicos es pura casualidad y no temáis, no voy a convertir el blog en clases sobre la historia checa.

Cuando nació mi abuela, lo hizo acompañada de un hermano mellizo y por lo visto en aquel entonces (año 1922 para ser exactos) estaba de moda ponerle a los mellizos o gemelos nombres de famosas parejas de la historia o mitología: lo que vendría a ser en el medio español Isabel y Fernando, por ejemplo, o Tristán e Isolda…  allí os podéis hacer una mejor idea de cómo suenan los nombres de Libuše y Přemysl – es que no son muy corrientes.

Tampoco fue corriente la edad de mi bisabuela al dar a luz – 35 – siendo mi bisabuelo 7 años más joven que ella… En fin, mi bisabuela debía de ser una mujer excepcional para su época. Entre su herencia se encontró un extraño objeto, que para nuestra sorpresa resultó ser lo que parecía – un DIU (“dispositivo intra uterino”, sirven como un método anticonceptivo), así que mi bisabuela, tras tener a sus mellizos, resultó ser una mujer con las ideas muy claras y muy progresista para la época.

Así que mi abuela recibió el nombre de Libuše y a su hermano mellizo le pusieron Přemysl.

Este hermano mellizo desapareció siendo estudiante, antes de cumplir los 20 años, en plena ocupación nazi de Praga durante la segunda guerra mundial y nunca se supo qué había sido de él. Seguramente fuera detenido por la Gestapo, pero la familia nunca pudo averiguar ni cuál sería el motivo ni qué pasó después. Lo matarían, lo deportarían a un campo de concentración… escaparía y huiría… mi abuela nunca abandonó la idea de que tal vez hubiera sobrevivido y empezado una nueva vida lejos, por los motivos que fueran, y de pequeña alimentaba mi desbordante fantasía con historias sobre posibles primos en algún punto del mundo. Mi abuela siempre leía los créditos de las películas americanas hasta el final – sólo por si acaso veía el nombre de su hermano – y en alguna de ellas, por lo visto sí leyó una vez un nombre que le pareció podría haber sido la versión americanizada del nombre de su hermano desaparecido.

Sin embargo, su marido (mi abuelo) rechazó desde siempre estas teorías por fantasías sin fundamento y le prohibió a mi abuela que siguiera indagando. En plena Guerra Fría, bajo el régimen comunista, supongo que no resultaba conveniente hurgar en el pasado tras la pista de un posible hermano establecido en nada menos que los EEUU si, como mi abuela sospechaba, terminó allí.

Volviendo a mi bisabuelo, al que por desgracia no conocí, trabajaba para la red de tranvías de Praga, cuando el interior de los tranvías estaba revestido de madera, el conductor iba de pie, los billetes se compraban al subir al coche y había un revisor que vigilaba que todos tuvieran su billete válido. Mi bisabuelo pasó por todas las posiciones – la de vendedor de los billetes, la de conductor y también fue revisor.

En Praga aún sigue circulando un coche de época de aquellos, bajo el número de Línea Histórica 91 (supongo que se ha creado un poco para los turistas y un poco por nostalgia de los praguenses. Los “tranvías de madera” siguieron circulando como líneas regulares hasta los años setenta-ochenta del siglo pasado, yo misma recuerdo haber montado en ellos siendo niña).

Como os decía el 91, el último de ellos, va recorriendo hoy en día el centro de Praga, con el personal con uniformes de época. Este verano cuando estuvimos allí y lo vimos pasar, mi padre volvió a recordar como siendo niño se subía al tranvía con su abuelo, que iba vestido con un pesado abrigo largo y solía tener los nudillos de los dedos de las manos siempre rojos, congelados del frío. Observad en las fotos de abajo como el conductor va de pie (en la foto de la izquierda) y como el vendedor o revisor va semicolgado por fuera, en los escalones de entrada (imagen de la derecha). Era un trabajo respetado, pero duro y por momentos, peligroso.

Este abuelo de mi padre, o sea mi bisabuelo, además era un titiritero aficionado y fabricaba sus propias marionetas de 40-50 cms de alto, como las que ahora te venden en infinidad de tiendas por el centro de Praga y te soplan mil coronas por cada una. Mi bisabuelo las creaba en casa y luego actuaba con ellas para sus nietos y por lo que estos recuerdan, no lo hacía nada mal. Era famosa su atronadora voz de demonio, por ejemplo…

Hace unos años, el hermano mayor de mi padre, mi tío Honza, se jubiló y lo primero que hizo fue rescatar el teatro del bisabuelo de la buhardilla de la casa del campo,  desempolvó los decorados y las marionetas,  hojeó los viejos guiones y decidió retomar la tradición. Lástima que hace una única función anual, que prepara concienzudamente durante el resto del año, y la hace en Navidad que es cuando nosotros nunca vamos. Así que nos hemos de conformar con los testimonios de sus fieles y entusiasmados espectadores.

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Una de sus más logradas hazañas fue por ejemplo una mítica marioneta de un dragón de tres cabezas, totalmente articuladas e independientes entre sí (cada cabeza se movía y abría y cerraba la boca cuando le tocaba). Además el dragón volaba batiendo sus alas y ya si os dijera que también echaba fuego mentiría, pero poco le faltaba… y en la imaginación de su público seguro que lo echó.

Otro año estrenó la figura de la Muerte, con guadaña, cara de calavera que abría y cerraba la boca para hablar y una raída capa con capucha que tuvo que coser mi tía.

Este año por lo visto tiene en mente crear un sauce parlante…. Y se le van acabando las ideas, así que cuando nos vimos este verano me decía que necesitaba un buen dramaturgo.

Yo por mi parte he creado nuestra modesta continuación de la tradición familiar aquí en Madrid…

pero mi jefe de sala, público, primer actor y  un dramaturgo algo chiflado en una sola persona es bastante imprevisible y de momento, sobre todo gracias a sus continuos giros al estilo “deus ex machina” (pero introduciendo o el dragón de 3 cabezas – ese tipo tiene enchufe, sale en todas – o el demonio o la bruja…) no he conseguido hacer todavía ni una sola obra en condiciones.

De momento, había pensado echarle una mano a mi tío, ofreciéndole el éxito seguro del cuento popular de Juan Sinmiedo.

Veo una chimenea, veo un brazo de marioneta caer, veo otro brazo caer, veo caer una pierna, otra pierna, el tronco y finalmente la cabeza…

y ya el cómo se unen en un cuerpo del fantasma y empiezan a caminar por el escenario y hablar, eso se lo dejo a mi tío. Algo se le ocurrirá… Sería la solución tecnológica del siglo, sin duda, digna de todos nuestros tan ilustres antepasados.

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