Los mejores momentos de las vacaciones en la República Checa

Conducir el coche por carreteras estrechas dónde 20 kms son media hora, serpenteando entre campos de maíz a ambos lados, campos de girasoles o de amapolas, pasando pueblos con grandes chalets individuales rodeados de espaciosos jardines cuidados con esmero, cruzando bosques tan tupidos que la temperatura baja de golpe varios grados y las ramas de los árboles a ambos lados de la carretera se llegan a tocar, creando una especie de túnel o bóveda verde con destellos dorados.

Tomar una limonada casera en el mercadillo “granjero” (“farmarsky trh”), muy popular en los últimos años, dónde puedes comprar frutas, verduras, flores frescas, productos cárnicos, quesos y lácteos, panes artesanales, bollería, miel y mermeladas caseras, y que también ofrece comida hecha, amén de puestos de cerveza, cafés, helados, limonadas, de agricultores locales, todo casero y artesanal.

La limonada que tomamos fue con sirope de bayas de saúco, aromatizada con rodajas de limón y hojas de hierbabuena. Esto de las limonadas y siropes caseros a los checos les encanta, se ha puesto muy de moda. Hemos visto limonadas de pepino, de diente de león (con sus flores se hace por lo visto una miel) … por mencionar algunos sabores más “exóticos”.

En todos los restaurantes y chiringuitos os ofrecerán “domaci malinovka” – es sirope de frambuesas casero con gaseosa. Pero el refresco más popular es “Kofola” – la Coca-Cola checa. Se sirve directamente del grifo (como la cerveza, lo deben de suministrar en barriles) y en algunos sitios será el único refresco de “cola” que tengan (aviso a los Coca-Cola adictos). Tal vez debería añadir que el sabor es ligeramente… peculiar… a los checos les encanta pero a los extranjeros les puede saber… a rayos.

La receta original de la Kofola fue creada en plena era comunista, cuando a los camaradas científicos de la República Socialista Checo-eslovaca les fue encargada la misión de crear un refresco para los jóvenes a imagen y semejanza de la Coca-Cola o Pepsi occidentales que no se podían importar y distribuir. La fórmula exacta es secreta, por supuesto, pero según algunas fuentes contiene extractos de frutas y especias varias, azúcar, caramelo y por supuesto, cafeína.

Aquí os dejo un enlace a uno de sus anuncios más famosos y para que lo entendáis, os explico: en la República Checa, en Navidad hay una creencia y costumbre tradicional que si el día de Nochebuena ayunas, por la noche verás “el cerdito de oro”. Y en general, la gente prefiere abetos naturales antes que los artificiales (por eso en el vídeo, han ido a buscar el abeto al bosque).

Disfrutar de un teatro de marionetas al aire libre, al pie del puente de Palacky, en la orilla del río Moldava (“Vltava” en checo), en el lugar que se llama “Naplavka”. La obra se llamaba “Golem” e iba sobre este mítico personaje de las leyendas de Praga y nos cautivó junto con la treintena de niños y un centenar de adultos (entre papás y transeúntes que se congregaron). Por algo ser actor de teatro de marionetas es una carrera de Arte Dramático en la universidad en la República Checa.

Quedarnos a cenar en Naplavka, en la cubierta de un barco reconvertida en bar-barbacoa y cervecería al aire libre, y contemplar cómo los últimos rayos del ocaso encienden el contenido de las jarras de cerveza vistas a contraluz como si fuera de oro líquido (que para los checos lo es, lo es).

Entrar en un restaurante para comer y descubrir que el restaurante tiene terraza y en un rincón de la misma, una enorme cama elástica para que se entretengan los niños. Entrar otro día en otro restaurante para comer y descubrir que tiene un rincón de juegos, con coches, peluches y legos… para que se entretengan los niños. Entrar en un restaurante o cafetería cualquiera y por norma general descubrir que si no tiene una zona de juegos como tal, por lo menos tiene una caja o arcón con juguetes que los niños pueden coger prestados y jugar en la mesa o en el suelo alrededor…

Visitar un museo militar y ser testigo de cómo tu hijo juega en un tanque abandonado, pintado de verde y amarillo y completado con un tobogán, pero por dentro con todas las palancas y botones originales (un tanque de verdad), acompañado de dos niños checos y entendiéndose con ellos a la perfección, diciendo frases en checo como “cuidado, que viene el enemigo”, “hay que cerrar las puertas” y otros.

Ser testigo de cómo tu hijo acaricia el perro de tus tíos, con su primo un año más mayor al lado, y tu hijo le dice orgulloso de poder expresarse en checo: “To je pejsek” (“es un perro”) y el primo responde extrañado: “Ya lo sé…”.

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Ser testigo de cómo tu hijo se pone a jugar en un parque infantil en una especie de columpio circular, que tiene asientos con pedales por toda la circunferencia y el juego consiste en girar pedaleando, y de repente oír como los demás niños inician el juego “al metro de Praga”, diciendo la locución “terminen de subir y bajar del tren, las puertas se cierran”, anunciando a continuación el nombre de la siguiente parada y pedaleando como locos para imitar la velocidad del tren, para acto seguido frenar y hacer que están en la siguiente estación… y llenarte de emoción porque exactamente al mismo juego jugabas tú de pequeña con tus primos.

Charlar con tu primo mientras su mujer prepara la cena – ensalada con pepinos, tomates y pimientos de varios colores, cortados en juliana y espolvoreada con trocitos de queso feta (“sopsky salat”); mientras el sol del atardecer baña suavemente las paredes de casi medio metro de grosor de su “casa del campo”, antigua posada reconvertida en segunda residencia para fines de semana y vacaciones. Mientras tu hijo se divierte en el jardín, con su prima dos años mayor que él y la perrita que se llama Majda (pronuncia “Mayda”). Los checos declinan los sustantivos así que para llamar a la perrita se dice: “¡Majdo!”

Asar salchichas gordas (“spekacky”) en el jardín, en una hoguera, y quedarte charlando con calcetines dentro de las sandalias o chanclas y sudaderas o jerseys puestos, para combatir el fresco repentino de la noche, observando las brasas y bebiendo cerveza o vino.

Oír cómo tu hijo te dice muy serio al día siguiente: “Mamá, me lo he pensado mejor y he decidido que este peluche de perrito no se llamará Pluto, a partir de ahora se llamará ´Majdo´.”

Disfrutar de una barbacoa con casi toda la familia reunida (y ya éramos más de veinte)… y dos perros, para deleite de tu hijo.

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Desayunar arándanos del bosque o grosellas rojas recogidas por tí misma.

Pasar cuatro maravillosos días en el fantástico hotel Babylon en Liberec, con entrada ilimitada a su parque acuático, un parquecillo de atracciones, pero sobre todo dos “IQpark” y “IQlandia”- 4 plantas de principios de física, química, matemáticas, ciencias naturales, sobre el universo y la astrofísica, sobre el cuerpo humano, explicados de manera totalmente interactiva. Todo se puede tocar y probar. Y cuando el peque estaba cansado de ver las exposiciones, refugiarnos en las zonas de juego y quedarse sentados para observarle jugar concentrado.

Visitar un castillo con una princesa de guía y tras finalizar el recorrido, entrar en la tienda de souvenirs y descubrir una enorme sala de juegos gratuita, mientras los papás pueden tomar algo fresquito.

Desayunar bollería recién hecha en el metro, de camino al puente de Carlos, porque el mejor momento del día para verlo es a primera hora del día, cuando está vacío.

Descubrir parques infantiles por todos los rincones de la ciudad de Praga, hasta en los sitios más insospechados (al pie del puente de Carlos, en las islas en medio del río, arriba en la colina del mirador de Petrin…) y por supuesto en grandes parques, como “Stromovka”, para intercalar “turismo” puro y duro con diversión para el pequeño fierecilla.

Y para terminar, un tip: si vais a Praga y sois amantes de la literatura y os da por visitar la tumba de Kafka, estaréis muy cerca de una pastelería 100% checa. Por el resto de la ciudad veréis muchas y muy buenas pastelerías – Ovocny Svetozor o Erhartova Cukrarna, por ejemplo, dónde hacen tartas alucinantes, de sabores y diseños “modernos” y sin duda merecen la pena; pero si os apeteciera probar los pasteles “de toda la vida”, algo típico típico checo, id a “Dobra Cukrarna” en la Plaza de Jiriho z Lobkowitz. Allí encontraréis todo el surtido con el que los checos hemos celebrado santos, aniversarios, cumpleaños y ocasiones especiales, de los cuales el rey indiscutible es el “vetrnik” – una especie de buñuelo de viento gigante relleno con nata sabor caramelo y crema pastelera.

Por lo que cuestan los diferentes pasteles – en torno a 1 € la pieza, os recomiendo pedir uno de cada y deleitaros con diferentes combinaciones de nata, trufa, caramelo, coco y licor de huevo.

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Y para comer por el centro, buscad los restaurantes de la cadena “Ambiente” (ambi.cz), de los cuales los Lokal son cocina típica checa, pero hecha con materias primas de primera calidad, cuidada elaboración y presentación. Es el único sitio dónde podéis pedir sin miedo los típicos platos con salsas y buñuelos de harina, porque os servirán también una buena carne, tanto en calidad como en cantidad. Y si os sobran buñuelos, el camarero os ofrecerá solícitamente si deseáis que os echen “más salsa”. Momento fabada asturiana cuando os plantan el perolo en la mesa para que te eches lo que quieras. Y por cierto, si vais con niños, en los Lokal los “nuggets con patatas fritas” brillan por su ausencia pero en su defecto, os hacen cualquier plato de la carta en ración para un niño y os cobran la mitad.

En la foto un caldo de ternera con fideos caseros y albondiguillas de hígado:

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Y por último, momento vuelta a casa, con el niño que no cabe en sí de emoción porque por fin vuelve a lo habitual, a lo conocido, a su país dónde puede expresarse con soltura.

Y es que, como nos dejó muy claro, él no es mitad checo y mitad español. Él es todo español y sólo medio checo, que no es lo mismo.

2 comentarios sobre “Los mejores momentos de las vacaciones en la República Checa

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