La vuelta a casa

Lo primero que se me ocurre es: ¿Cómo describir la tristeza?

Ver a tus padres más mayores y sentir cierta pena por ellos, al verles inseguros sin saber cómo tratar a esa niña que ya no es su niña. Sentir rabia al ver las mil manías que siguen rigiendo sus vidas y esforzarte en comportarte de la forma correcta, aparentando ligereza pero sintiéndote pesada como una bola de plomo. Las cosas no pronunciadas te martillean los oídos.

Volver a sentir tus demonios de los que un día escapaste.

En ti puja un grito, mil recuerdos de una niña regañada y castigada injustamente emergen de las profundidades de tu memoria y te hacen un nudo en la garganta a la vez que el pecho se inunda de rabia. Rabia porque hay otra manera de criar, porque sí se puede tener paciencia. Tú con tu hijo la tienes. Rabia porque cuando la pierdes, notas que te conviertes en tu madre, en la que te chillaba y la que te mandaba a callar sin escucharte.

¿Qué tipo de padres somos, en función del tipo de padres que hayamos tenido? ¿Si nuestros padres fueron muy severos, seremos nosotros muy permisivos?

Y si por el contrario, nuestros padres fueron muy despreocupados, ¿seremos cuidadosos en exceso?

Creo que sí, ya que siempre intentas evitar cometer los mismos “errores” que tus padres hayan cometido contigo (desde tu punto de vista), pero en ese afán puede que cometas tus propios errores que un día tu hijo te echará en cara.

En resumen, hagas lo que hagas como padre, tienes mil maneras de “meter la pata”, así que al fin y al cabo, ¿qué más da? Elijas el camino que elijas, hay muchísimos factores en juego, de los cuales el más imprevisible y decisivo es el carácter del propio niño.

Y por eso creo, en mi humilde opinión, que es tan importante observar  a tu hijo – para saber cómo es;

y amoldarte a él – para no intentar amoldar al niño a alguna imagen preconcebida que tengas en tu mente, porque eso jamás funcionará. Lo único que conseguirías es cargar al niño de por vida con la etiqueta de “no soy cómo debería ser”. Y eso es una crueldad y una tontería, y un fracaso estrepitoso de los padres como padres, nunca del niño como ser humano, aunque normalmente son los niños los que se sienten culpables y los padres ni se enteran… o a veces les entra algo parecido al remordimiento y entonces tú lo sabes, ellos lo saben, pero nadie lo dice en voz alta.

¿Por qué hacemos tanto daño precisamente a los que más queremos?

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