Vexilología

No podría escribir este blog sobre mi maternidad, sin mencionar las banderas. Me temo que pocas se puedan identificar con esto en concreto, aunque estoy segura de que muchos niños tienen su propia “afición” que les hace destacar de alguna manera y a veces, traer a los padres de cabeza. Así que si alguien está desesperado, porque a su niño “sólo” le gustan los toros, o los vikingos, o la egiptología, o poner lavadoras (hasta si va de visita, oyes que lo leí en un blog checo, que ese niño existe. En cuanto cruza el umbral de tu casa se va derechito a la lavadora, echa detergente, suavizante y si la tienes con temporizador – eso de que la programas para que termine a X hora – no podrías hacerle más feliz), tal vez se sienta reconfortado al leer nuestra pequeña historia.

Todo empezó  de la forma más inocente. En la primavera después del segundo cumpleaños de nuestro tesoro, cierta marca de quesitos redondos envueltos con una cera roja, sacó una edición especial con motivo de la Eurocopa, con algún chisme o juguete que ya no recuerdo, pero lo que sí recuerdo es que venía una pequeña tira de pegatinas con las banderas de todos los países que participaban en la competición. Nuestro pequeño ya sabía cuál era la bandera de España y empezó a preguntar por las demás. “¿Eta cuál es? ¿Y eta?” Google en mano, identifiqué a Italia, Francia, Alemania, Portugal, Finlandia… y se las fui nombrando. Y el peque, cual esponja, las fue aprendiendo.

Aquí debo retroceder un poco en mi narración y contaros, que desde que empezó aquel curso escolar, íbamos a “música” para niños de su edad. Escuchábamos canciones y melodías de un CD específico del método y hacíamos bailes o juegos con ellas. La idea era despertar el sentido musical y el ritmo en los niños, poco más. Pero funcionaba, en más de una ocasión me descubrí canturreando las melodías y hablando al niño en “cantado” usándolas. Y también prometían estrechar el vínculo madre/padre – hijo. La verdad es que yo ya solía jugar con el niño prestándole mucha atención, pero esa horita en la clase, dedicados sólo a nosotros y a la música, nos sentaba muy bien. Total que todo iba fenomenal, hasta que un día la profesora “rizó el rizo”, puso la “guinda del pastel”, vamos que se superó a sí misma preparando para una canción sobre la Bella Durmiente, un teatro de sombras.

Había recortado de cartulina las figuras de la princesa, del castillo, de la bruja que la hechiza, del príncipe que la rescata y según íbamos cantando las estrofas, fue proyectando en la pared las siluetas. A los niños les encantó. Estuvieron súper atentos y tuvimos que repetir la canción varias veces. Ni corta ni perezosa, ese mismo fin de semana cogí lápiz, tijeras, una cuartilla de cartulina, pajitas y celo y fui creando nuestras propias “marionetas” para hacer la canción en casa. Y qué gran éxito fue.

Un cuento os voy a contar, a contar, a contar,

Un cuento os voy a contar, a contar.

De la princesa de un lugar, de un lugar, de un lugar,

De la princesa de un lugar, de un lugar.

Etc. (tiene como 4 estrofas más, todas igual de “ricas en lenguaje”) se convirtió en la banda sonora de nuestras vidas. El pequeño desde que abría los ojos por la mañana, quería jugar a “un cuento voy a contar” y desde que volvíamos de la guarde por las tardes hasta que se acostaba, estaba toda la tarde con lo mismo.

De modo que cuando 6 meses después, parecía cambiar el foco de su atención hacia otra cosa que no fuera “el cuento voy a contar”, es decir, hacia las banderas, papá y mamá nos volcamos para que así fuera y tecleando en google “cuento de las banderas” fuimos tras la pista de un “Atlas de Banderas” lleno de pegatinas de banderas, papá se hizo con unas tarjetas de las banderas del mundo y finalmente descubrimos otro álbum, de la editorial Susaeta, que era simplemente perfecto. Lo que no sabíamos era que nos estábamos metiendo “de Málaga en Malagón”.

Cerca de dónde vivimos, hay una avenida que se llama “Avda Olímpica” y está franqueada por altísimos postes con las banderas de todos los países que fueran alguna vez la sede de unas Olimpiadas.  Así que en el otoño siguiente, nuestra rutina cada día al volver de la guarde era coger e irnos “al parque de las banderas”, dónde el pequeño corría con el cuello descoyuntado y señalaba emocionadísimo: “Francia no ondea. Corea del Sur enganchada en un árbol. ¡Estados Unidos ondea!…” etc. mientras yo le perseguía preguntándole si quería hacer pis (estábamos en plena operación de retirada de pañal).

En octubre de aquel año, con ocasión del Día de la Hispanidad, el Ayuntamiento organizó un desfile de todas las nacionalidades que conviven en Alcobendas. El espectáculo prometía ver trajes y bailes típicos de cada país y sus respectivas banderas. Así que fuimos y resultó una mañana memorable. Una de las primeras banderas que divisó el niño, según nos acercamos a la Plaza dónde comenzaba todo,  fue “¡Santo Tomé Píncipe!!” que era una de sus banderas favoritas.  Santo Tomé y Príncipe es un país formado por varias islas en el litoral atlántico de África. Un grupito de 4 ó 5 personas negras como el tizón sostenían la bandera y mi niño se lanzó hacia ellos. Estaban tan sorprendidos  por nuestro interés que hasta me preguntaron: “¿Sois de allí?” lo cual me hizo mucha gracia porque creo que mi tipo no puede ser más caucásico y el del niño tampoco.

Después de este reconocimiento de Santo Tomé Príncipe empezamos a divisar las banderas de Ucrania, de Bulgaria y de todos los países sudamericanos, por supuesto la bandera de China… así que fue una mañana muy completa.

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El abanico de las banderas del mundo que se sabía de memoria mi hijo iba creciendo, los sobadísimos y desgastados y mil veces remendados personajes de cartulina de “un cuento voy a contar” iban acumulando polvo en la estantería y todo sería perfecto, si no fuera porque nuestra vida se llenó de… banderas. Desde que abría los ojos hasta que se acostaba, el pequeño sólo quería “pegar banderas” y ver vídeos de banderas en youtube (que hay muchísimos, aunque todos en inglés. Pero eso no le importó ni lo más mínimo).

Los que estábamos destrozados erámos su padre y yo. Porque seguirle el ritmo con el mismo entusiasmo nos ha sido imposible. He pasado horas y horas sentada en la habitación, pegando y despegando banderas en los álbumes, cuya pila ha ido creciendo, debajo de la cama y por los rincones, y estoy convencidísima que en Susaeta hasta el día de hoy no se explican las inusuales ventas de su “Álbum de Banderas con Pegatinas” en Alcobendas. Los encargábamos en la papelería del barrio de 4 en 4. Hubo un tiempo que “caían” 3 álbumes en un fin de semana, a uno por día.

“Yako Warner” o “Countries of the world” se convirtieron en la nueva banda sonora de nuestra vida.  Retazos de la pegadiza canción “India, Pakistan, Barma, Afghanistan, Thailand, Nepal and Bhutan…” han sido imposibles de borrar de nuestras mentes, o pasábamos las tardes al son de extrañas melodías de compilaciones de banderas varias. Normalmente era música “tecno”, el “chuchuchu” como decía mi niño (y se lo contaba a las profesoras de la guarde que luego me preguntaban extrañadas que  ¿qué clase de música le poníamos al niño, la bachata?), o algunas canciones árabes, de las que el niño aprendió retazos como “Ya sa tan asrí, ya burlatan asrí” que nadie sabemos qué significa pero que ya forma parte de nuestra historia.

Hay banderas que suponen un refrescante cambio, como Wales (un dragón) o Sri Lanka o Nepal, pero por lo demás, mi retina se ha llenado de franjas horizontales y verticales de los mismos colores siempre, salpicados por estrellas y medias lunas, de vez en cuando algún punto grande en medio (como Japón y Bangladesh) más fácil de recordar… confieso que aunque me he aprendido muchas de memoria, también muchas veces “leo” el nombre del país y no me esfuerzo en recordar la bandera en cuestión.

El que tiene una facilidad pasmosa de sabérselas todas al dedillo y sin titubear, es el niño. No sé qué verá en ellas, pero está claro que nos ha salido un gran vexilólogo.

Y es que la vexilología es la ciencia que estudia las banderas.

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