Viajar con niños

Con las vacaciones a la vuelta de la esquina, toca hacer una pequeña recapitulación. Viajar con un niño siempre es una mina de sorpresas y promete de todo, menos tranquilidad, eso os lo aseguro.

Sobre la partida hay varias reglas o teoremas que os voy a “significar” a continuación (“te voy a significar” quiere decir “te voy a explicar” y es una expresión de mi niño que me temo hemos hecha tan nuestra que cualquier día la voy a usar de verdad sin darme cuenta…):

  • Cuanto más pequeño es el miembro de la familia que viaja, más voluminoso es su equipaje. Imaginad los bultos que suman la cuna de viaje, el carrito, montones de ropa por si se mancha de caca, de babas, de comida o de vómito…, biberones y esterilizador, amén de la leche en polvo, para que sea “su” marca, sus cremas de culete, su crema de sol, su after sun y/o su hidratante corporal, su champú y su jabón – y un pequeño botiquín “por si las moscas”, y los juguetes, y…)
  • Cuanto más pequeño es el miembro de la familia que viaja, más caras son sus cremas de sol. Empezamos con Isdin o Eucerin comprado en la farmacia a precio de oro y terminamos nuestra infancia untándonos con Delial o la marca que tuviera el 2×1 en el súper.
  • La cantidad de la ropa planchada de cada miembro de la familia es inversamente proporcional a la cantidad de tiempo empleado en plancharla; Es decir el bebé que no plancha nada lo tiene todo de punta en blanco y la mamá al final va de “arrugá”.
  • Lo mismo se podría decir acerca del tiempo empleado en la preparación de la maleta o la bolsa de la playa: Cuanta más implicación directa tienes en el hecho de prepararlo todo, más riesgo corres de quedarte sin cosas, mientras que a los otros miembros de la familia no les va a faltar nada. En este sentido, creo que he batido mi propio récord el día que nos fuimos a la playa en Canarias con el bebé de 1 año y medio y cuando llegamos y pisamos la blanquísima arena, bañada por un mar color zafiro y me disponía a quitarme mi vestido debajo del cual creía que llevaba el bikini, me di cuenta que el bikini se había quedado en el hotel. Con el trajín de la partida, empaquetando sombrilla, juguetes y cremas de sol del pequeño, su bañadorcito y su sombrerito y su agua y mil cosas más, me olvidé por completo de cambiarme yo misma.
  • Si viajas con un niño, este se pondrá malo.

Sobre el hecho de irse de vacaciones siempre me viene a la memoria un artículo que leí una vez, que explicaba que irse de viaje en vacaciones, buscando relax, en el fondo tiene justo el efecto contrario: por el hecho de tener que hacer las maletas, por el viaje en sí, por el tener que adaptarse de repente a otro clima, otro agua, otra comida… casi crea más estrés. Y que las mejores vacaciones serían pues en tu casita, sin prisas y sin horarios, levantándote cuando quieras y dedicándote a todos los “pendientes” que se te acumulan durante el año. Una especie de fin de semana de 14 días. La idea me sedujo antes de haber sido mamá y tras pasar ya algunos viajes de verano con el niño a cuestas, me convence aún más…

Nuestro pequeño tesoro nació a principios de enero. Así que para nuestras primeras vacaciones de verano tenía unos 6 meses. Recién empezaba a dormir 8 horas del tirón por la noche, lo cual se traducía en un solo despertar sobre las 4 – 5 de la mañana, le enchufábamos un bibi y a dormir otro par de horitas para levantarnos a las 7 – 8 de la mañana. El día estaba intercalado con siestas, permitiéndonos hasta algo de tiempo para disfrutar del precioso paisaje asturiano de vez en cuando, con el pequeño dormido en una mochila portabebés o en el carrito y sólo teníamos que llevar suficientes pañales, biberones y dosificadores con la leche en polvo para darle de comer y cambiarle cada 3-4 horas. Llevando agua caliente en un termo y mezclándola con agua fría de una botella, podíamos conseguir la temperatura ideal del biberón en medio de una playa o del bosque, así que nos organizábamos el día como queríamos, recorriendo ese pequeño paraíso que es Asturias.

El verano siguiente todo cambió. El niño tenía un año y medio, llevaba unos 5 meses moviéndose en “bipedia” y lo hacía a gran velocidad – no andaba, corría y cada dos por tres nos hacía cuestionarnos la evolución, al ver una y otra vez su absoluta falta de instinto de auto-conservación, al querer explorarlo todo y terminar tirándose de cabeza de camas, sofás o escaleras, para más emoción. Las siestas del día se habían reducido a una sola después de comer, que más o menos conseguíamos mantener, aferrándonos con uñas y dientes a ese pequeño oasis de paz en medio del día. Las horas de sueño por la noche, eso sí, comprendían unas 9-10 horas del tirón y hubiera sido fantástico para mí poder levantarnos todos a la vez, y no conmigo dos horas antes como durante el resto del año (dos horas que yo necesitaba por la noche para irme a la cama antes pero que el pequeño demonio no estaba dispuesto a concederme…), pero elegimos como destino de nuestras vacaciones estivales la República Checa, dónde en verano amanece a las cinco de la mañana y las casas no disponen de persianas. Ni siquiera de cortinas gordas, nada que pudiera aislar del maldito amanecer que nos tenía en pie a las siete de la mañana. Cierto es que a las nueve de la noche caíamos rendidos, el niño y los adultos también… pero teníamos los cuerpos destrozados.

Este cambio del ritmo diario supuso el punto número uno.

La falta del instinto de conservación del pequeño kamikadze marcó el punto número dos.

Normalmente es fácil reconocer el hogar dónde habita una cría de humano pasando por esta rocambolesca etapa de su vida. Los demás especímenes adultos que lo rodean suelen repartir por doquier artilugios varios para asegurar la supervivencia del pequeñín: protectores de enchufes, de esquinas, de escaleras, topes de puertas y ventanas, cerrojos en armarios cuyo contenido sea tóxico (como útiles de limpieza) o se pueda romper en partículas cortantes (loza, cristalería etc.) o directamente despejan los cajones y armarios al alcance del pequeño y cambian los objetos delicados fuera de su alcance, con las consecuencias estéticas que esto crea desde el punto de vista del interiorismo.

Cuando os vais de viaje a vuestro país natal y os toca por tanto visitar a muchos familiares, es bastante probable que nadie caerá en el detalle de que al abriros sus casas, abren también las puertas de una infinitud de peligros a vuestro pequeño explorador. Así que ojo con eso. En lugar de charlar relajadamente con tu tía abuela y degustar alguna especialidad de su cocina que haya servido con su mejor intención, estarás continuamente alerta dispuesta a salir como expedida con un resorte, en pos del bebé y/o estatuillas del fino cristal de Bohemia.

Y es que, podríamos afirmar como una verdad verdadera, que un bebé de 18 meses, descolocado por el viaje en sí, no se va a estar quieto sentado en un entorno extraño.

En cuanto al cambio de dieta, también tiene su aquel, sobre todo viajando con un bebé, y es el punto número tres de esta lista de “peros”. Si del hombre adulto civilizado y bastante “domesticado” en muchísimos aspectos de su vida, se dice que es “un animal de costumbres”; imagináos el bebé que no deja de ser una pequeña fierecilla dominada totalmente por sus instintos. Así que lo es más todavía (lo de ser animal de sus costumbres).

De modo que sacado de su entorno y trasladado a 3000 kms de distancia y en otra latitud, el pequeño se negaba a comer, adelgazando a simple vista y cuando al cabo de la primera semana para más inri su piel se cubrió de la cabeza a los pies con pequeños puntitos rojos, nos alarmamos bastante. En realidad la inapetencia era por el cambio de entorno y el sarpullido se debía a la fase final de un virus que traía de España (la semana anterior habían estado todos malitos en la guarde y el pequeño hasta devolvió un día, amén de tener tos y mocos, pero como con esta edad están con toses y mocos prácticamente todo el rato, en un primer momento no atamos los cabos y pensamos que había pillado alguna enfermedad).

Y nos fuimos de urgencias a un hospital checo. No fue empresa fácil, más incomprensible todavía para mi marido. Tras varias vueltas por el hospital dimos por fin con el departamento correspondiente de Extranjeros, dónde tuvimos que hacer cola y resolver un extenso papeleo, pagando las pertinentes tasas. Tras esto, nos mandaron a Urgencias de Extranjeros, que consistían en una consulta con una salita de espera. Nos recibió una enfermera que nos indicó que esperáramos porque la doctora “volvía enseguida”. Siendo la una del mediodía, enseguida comprendí que se había ido a comer y como buena Checa, me dispuse a esperar según lo indicado. Para mi marido Español, no fue tan fácil. No paró de atosigarme con preguntas de dónde estaba la puñetera doctora y cuándo demonios pensaba volver.

Hay brechas entre las mentalidades de ciertas nacionalidades difíciles de salvar. Yo seguía aguantando como pude, pero aquello fue una verdadera prueba de fuego de nuestro matrimonio mixto y por poco no aguanto la presión. Cuando mi marido me estaba amenazando que o me iba y les cantaba los cuarenta de una vez o él cogía y se iba al aeropuerto y volvía a España en el primer avión (con el niño), apareció por fin la doctora de la discordia y nos atendió.

Mi marido prefirió no entrar en la consulta y se fue a intentar calmar su enfado en el pasillo. La doctora me explicó que la pediatría checa era la madre de todas las pediatrías y concluyó su discurso sentenciando que el niño estaba en la fase final de un proceso vírico y no necesitaba ningún tratamiento y nos recetó gotas probióticas y dieta astringente para la diarrea que también sufría el niño y me dijo que en unos días estaría como nuevo.

Y tuvo razón. El sarpullido desapareció solo, las gotitas funcionaron para mejorar la consistencia de las caquitas y más o menos conseguimos alimentar al pequeño, dejándole comer lo que le apetecía y cuando le apetecía, olvidándonos de horarios y raciones. Lo que más le gustaba eran unas galletas redondas tipo “soletillas”, que en checo se llaman “piškot” pero para papá era más fácil decir “piškoto”. Así que nos hicimos con una buena provisión de “piškotos” y salvando el hecho de que el pequeño, fuera de su entorno, sus rutinas y sus horarios, estaba un poco “fuera de control”, al cabo de las casi 3 semanas que  pasamos en la República Checa, conseguimos que mis dos Españoles se habían amoldado más o menos y al final lo pasamos bastante bien.

Al volver a España y tomar nuestra calle, ¡el pequeño casi rompe la silla y la ventanilla del coche!! ¡Había reconocido su hogar! En casa estaba fuera de sí, sacando todos sus juguetes, metiéndose por todos los rincones de la casa, súper feliz… Deberíamos haber aprendido, pero como al final lo pasamos bien y volvimos con buen sabor de boca, al año, nos embargamos en una nueva aventura viajera.

Para el verano en que nuestro pequeñín cumplía dos años y medio, elegimos la playa.

Un hotel de 4 estrellas con pensión completa, piscina y un nutrido programa de actividades para toda la familia y una playa mediterránea a 10 minutos andando del hotel prometían.

En mi memoria, las vacaciones en la playa significaban deliciosos baños meciéndote en las olas del mar, largas y perezosas horas en la tumbona, con una bebida bien fría y devorando algún libro, majestuosas siestas, en la quietud y el frescor de la casa con las persianas bajadas, pensativos paseos vespertinos contemplando la puesta del sol, tranquilas cenas en un chiringuito…

¡Y un jamón!, como diría la bruja Mon.

Para empezar nos fuimos de un Madrid abrasado con una ola de calor de más de 40 grados, para llegar a unos agradables 30 grados, con los dichosos vientos del mar que por la noche traían más fresco todavía, hasta llevar chaqueta. En dos días estábamos los tres con resfriado, llenos de mocos. Nuestro pequeño tenía tantas flemas que nos fuimos derechitos a la farmacia más cercana a por el inhalador y la Budesonida. Además, nuestro querido vástago no mostraba ni el menor interés por la playa. Las olas le daban miedo, la arena se la comía y el agua salada no paraba de degustarla chupando las palas o directamente intentando beberla del cubo, para nuestra alarma.

El hotel estaba muy bien y fiel a su anuncio de diversión para toda la familia, tenía todo el día actividades en la piscina, diferentes talleres, pero todo para niños más mayores que el nuestro. Todas las noches se celebraba un espectáculo, tipo concierto, con el volumen a toda pastilla, penetrando el sonido incluso las ventanas cerradas de la habitación, dónde intentábamos infructuosamente dormir al pequeño, hasta medianoche cuando por fin se acababa el show y el hotel se sumergía en silencio y nosotros caíamos rendidos en brazos del  largo esperado sueño.

Eso hacía que por la mañana nos despertábamos un pelín más tarde, nos íbamos a la playa a la hora normal para estar en la playa, pero un poco tarde para el horario de un todavía bebé – con dos años y medio el pequeño estaba acostumbrado a comer a las doce y media en la guarde, a la una y media en casa los fines de semana… pero es que entre que volvíamos de la playa, pasando un poquito por la piscina, nos duchábamos para quitarle toda la arena y la sal, nos daban las dos pasadas, que no era mala hora de comer estando en la playa, pero definitivamente era tarde para el niño que se moría de sueño, agotado por el agua y el sol. Así que comía mal y cuando subíamos a la habitación, para el colmo se le había pasado la hora de la siesta también y no se quería dormir y cuando por fin se dormía, no había quien le despertara y a lo mejor nos daban las seis y media – siete y estábamos levantándonos de la siesta, lo cual hacía que si bajábamos otra vez a la playa, llegábamos tarde para “su” hora de cenar y otra vez no querría comer… Dormirle por la noche era un suplicio, por el ruido del espectáculo pero por algo más también, que no supe detectar hasta el segundo o tercer día cuando me di cuenta de que ilusa de mí, no había traído ningún cuento para antes de dormir y que el pequeño echaba de menos esa parte de la rutina como señal de que había que ir a dormir. Compramos un libro infantil en el primer quiosco y la situación mejoró un 100%, salvo el ruido del espectáculo que sustituyó nuestra tranquila música clásica habitual. También procuramos no llegar “tarde” a la comida y la cena y el pequeño comió muchísimo mejor. Éramos los primeros en entrar en el gran comedor para comer y cenar, pero en el fondo era mejor así – se estaba más tranquilo, las fuentes estaban todas llenas, no había colas para ningún plato. Y cuando al tercer día decidimos probar con algo diferente y en lugar de pasar dos horas en la habitación intentando dormirle, cogimos a las cuatro de la tarde al niño despierto, lo metimos en el carrito y nos fuimos en dirección a la playa a las tumbonas en sombra que teníamos reservadas, el peque cayó rendido en la primera rotonda (¿qué tendrán los carritos y las sillas del coche para que se duerman con tanta facilidad?) y papá y mamá podíamos disfrutar de baños alternos o leyendo, mientras el pequeño roncaba en la tumbona y se despertaba al tiempo para volver al hotel, disfrutar de un glorioso baño en la piscina de agua dulce del hotel y llegar pronto a la cena.

Así que una vez superados estas peculiaridades de adaptación de horarios al gusto de nuestro pequeño animalillo y desplegando el pertinente arsenal de maniobras para preservar su delicada piel del sol y seguidamente, de la sal y la arena; y vigilando en todo momento para no protagonizar la no deseada experiencia de “cómo Pepito se nos perdió en la playa”, al final se podría decir que lo pasamos muy bien.

El hotel estaba muy bien, la habitación era grande, el servicio de habitaciones muy satisfactorio, el buffet del comedor también, disfrutamos nuestros ratos tranquilos en la playa por las tardes… así que decidimos repetir la experiencia.

Y el año pasado, hasta ahora nuestro último verano, nos fuimos al mismo hotel. Pero la estancia no resultó del todo igual. Nuestro pequeño tenía tres años y medio y seguía sin gustarle el mar y la arena y “salpimentó” nuestra estancia con el hecho que hacía tiempo que no dormía ninguna siesta, así que ya nos podíamos olvidar de nuestro truco de montarle en el carrito y que se durmiera en cinco minutos, de camino a la playa por las tardes.

Por otra parte, el niño ya era más autónomo y más “duro”, así que ya no había que hacer tantos aspavientos ni con las cremas del sol, ni con el tema de las duchas para quitar la sal y la arena, ni andábamos con pañales, ni horarios especiales… por otro lado, otro aspecto de la mayor madurez del niño era que hablaba con perfecta claridad. Eso facilitaba la comunicación, para bien y para mal, ya que al final del primer día estábamos algo hartos de su cantarina vocecita insistiendo: “¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué venimos al hotel? ¿Cuándo vamos a Madrid?”

Pero como padres entregados que somos, no nos dejamos amilanar y otra vez más nos adaptamos: descubrimos que el hotel tenía una zona infantil con piscina de bolas y toboganes que el año anterior ignoramos porque el peque no hubiera podido entrar solito, pero ahora sí; así que le llevamos y la satisfacción era mutua: el niño estaba feliz y los padres también, tomándonos una Coca-Cola fresquita tranquilamente. Había unas mesas de billar y tras observar un día a un papá con un niño algo mayor jugando juntos, decidimos probar. Nuestras partidas sucedían tal que así: Papá le daba con el palo a una pelota, el pequeño corría para ver cómo esta caía por el agujero y rodaba hasta un compartimento en el lateral de la mesa y era “su turno”: cogía una bola con la mano y la tiraba a un agujero y corría para ver cómo caía. A este ritmo se nos acababan las partidas en cero coma… y cada una costaba dos euros, si mal no recuerdo.

También no insistimos tanto en el hecho de ir a la playa y pasamos buenos momentos en las piscinas del hotel y al final de cada día, nos íbamos a la feria que estaba en el puerto. Al peque le encantaba. Se daba sus tres viajes en el carrusel y luego se quedaba si por él fuera horas observando el ambiente. Decía con felicidad: “En la feria se está tranquilito” y cuando montaba, tenía la carita de profunda concentración, disfrutando tanto que no tuvimos corazón de negarle ese placer diario. Aunque su pregunta: “¿Ya es por la noche? ¿Cuando vamos a la feria?”  nos perseguía desde que abría los ojos por la mañana y por momentos nos costaba aceptar que fuera prácticamente lo único que le interesaba saber, además de “cuándo vamos a Madrid y por qué venimos al hotel”, habiendo nosotros desembolsando cierta suma de dinero por poder llevarle a la playa.

Y, curiosidades de la vida, ¿sabéis dónde quiere ir nuestro amor de vacaciones este año? Sí, al hotel de la playa. Pero no vamos a caer en su trampa, tenemos claro que lo que quiere es ir a la piscina de bolas, a jugar al billar y a montar en la feria, y no vamos a pagar un hotel en la playa para eso…

Además este año toca ir a la República Checa.

Ya os contaré.

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