¿Quién soy?

Hace poco nos tocó el turno de un libro viajero del cole titulado “¿Por qué me llamo así?” Hojeando sus páginas para echar un vistazo a las entradas de los compañeros de mi hijo (nos tocó casi al final así que pude ver un buen número de ellas), me descubrí sonriendo y leyendo con interés las historias de cada uno.

Las había contadas con humor (como el caso de un sorteo entre el nombre propuesto por mamá y la hermana mayor  versus el nombre propuesto por papá, toca el nombre de papá y tras dos días de mares y mares de lágrimas por la parte femenina gana el nombre propuesto por ellas…), con un toque poético  (un nombre inspirado en un cuadro), con un trasfondo sentimental (nombres en honor de familiares), habiendo tardado mucho o poco en elegir (mucho como por ejemplo en el caso de un compañero, que pasó sus primeros días en el hospital llamándose “Varón Pérez” porque los papás no se decidían…) y pasé un buen rato descubriéndolas.

Y aunque de la descripción del período de búsqueda de nombre del futuro bebé se podría sacar ”chicha” para un post y en un principio era mi idea, hoy quiero escribir sobre otra cosa.

El nombre sirve para identificarnos y es nuestra seña de identidad, de alguna manera es “nuestro” y nos conforma (y no es sólo por los adjetivos que trae como por ejemplo “Hana significa llena de gracia”, etc.).

Pero a lo largo de la infancia, voluntaria o involuntariamente por parte de los padres o demás adultos que nos rodean,  recibimos más “nombres” que van tejiendo capas invisibles alrededor de nuestra personalidad. Palabras como “vago”, “terremoto”, “pesado”, “genio”, “tontín”… ¿os suenan?

Cada vez estoy más convencida de que las etiquetas no son nada buenas. Las “malas” (vago, desobediente, cerdo, tonto…) condenan pero las “buenas” también – un niño que ensalzan continuamente crecerá esclavo de dar la talla siempre.

No es fácil escapar de ellas, no es fácil no emitirlas y  deshacer la propia maraña de etiquetas que nos han ido pegando a lo largo de la vida es un reto todavía mayor.

Pero se puede conseguir. Creo que el camino va por aceptarnos y aceptar a nuestros niños tal y como somos en cada momento (que las personas y los estados de ánimo cambian) y permitirnos la libertad de ser exactamente como el cuerpo nos pide que seamos en cada instante (triste, alegre, hambriento, saciado, cansado, parlanchín, inquieto, nervioso, abatido, eufórico, enamorado, desengañado, estupefacto, melancólico, tranquilo, inquieto … y un largo etc.).

Y los niños son unos maravillosos maestros por naturaleza en este camino, porque no están tan “contaminados” con criterios “tontos” impuestos por terceros, como lo estamos nosotros los adultos. Así que desde mi humilde punto de vista, vale la pena dejar de intentar amoldar el niño al mundo de los adultos continuamente (y huir de frases como “la vida es muy dura”, “que aprenda”, “no se llora”, “se es niño sólo un tiempo pero adulto es para toda la vida así que que se adapte el niño a los mayores”) y ¿qué tal si corregimos el mundo de adultos y lo devolvemos un poquito al mundo visto con el cerebro de un niño?

Sería un mundo libre de prejuicios, libre de ataduras por convencionalismos, libre de hipocresía, libre de relojes y libre de precios de las cosas.

A veces, resulta sanador…

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