Compartiendo paraísos

          Me pican los dedos de las ganas que tengo de escribir. He querido hacer un parón para no colgar los post tan seguidos y además, me había quedado “a gusto” tras los últimos post, con la cabeza despejada, así que dejé las nuevas ideas reposar un poco… pues han ido madurando y de repente, han crecido y cobrado fuerza y están agolpándose en mi cabeza otra vez, amenazando con explotarla…  No sé ni por dónde empezar.
          Han sido unos días intensos, nos hemos ido de viaje, allí empecé a dar forma en mi mente a un post sobre viajes con niños y otro sobre el viaje en sí, lo bien que sientan 3 días en un spa rodeados de verdes montañas; previamente al viaje hemos tenido el “libro viajero” de “Por qué me llamo así” del cole y a raíz de eso cristalizó otro posible post, sobre la elección del nombre del futuro bebé… ¡Coming soon!
           Y hemos recibido una invitación para un cumpleaños de un ex compañero de la guarde de mi hijo, cuya hermana mayor es una de las receptoras de mis vestiditos de muñeca, así que me puse a coser como loca para poder regalarle algunos nuevos modelitos para su Nenuco y pensaba colgar las fotos por lo menos, como justificante de mi ausencia…
           Me encanta coser. Mi madre cosía y mi abuela paterna también. Recuerdo que de pequeñas algunas veces mi madre nos llevó con ella a sus clases de costura y recuerdo que el suelo estaba sembrado de triángulos y otros rebordes de telas y mi hermana y yo gateábamos entre ellos y nos podíamos llevar los retales que quiséramos.
          Creo que tendría unos 10 u 11 años cuando le pedí a mi madre que me enseñara a manejar su máquina de coser, cansada de pegar puntadas a mano. Me enseñó a enhebrar la bobina de arriba y de abajo y cómo funcionaba todo y yo me puse a coser yo solita, primero haciendo vestiditos para mis muñecas y unos años después, algunas prendas para mí. Siempre he ido aprendiendo sobre la marcha, o copiando alguna prenda o inventándome los patrones; hoy en día es más fácil todavía encontrar tutoriales de todo en internet.
          La parte más creativa es diseñar y cortar el patrón, una vez que la idea cuaja en tu cabeza y lo tienes todo sobre papel y tela, es cortar las piezas y ponerte a ensamblarlas mediante costuras y “construir” la prenda. No os imagináis la paz que me entra cuando veo la tela deslizarse obediente bajo mis dedos y oigo el implacable staccato de la aguja de la máquina de coser.
          En esos momentos estoy en mi paraíso particular, ajena a todo, profundamente concentrada. Claro que si el pequeñín anda por casa, el paraíso tiene ciertas brechas.
¡Pero nos adaptamos a todo! Por ejemplo terminando con el niño sentado encima de la mesa, al lado de la máquina de coser, haciéndome compañía, custodiando mi caja de costura y pasándome lo que necesitara – otro hilo de otro color, el quitapuntadas, la cajita de los alfileres…  Y cuando terminé, que ya me quedaba poco, nos fuimos a jugar juntos a su habitación, con construcciones de madera.
          Ahora diréis, esta tía está loca de remate.
          Bueno, es lo mismo que la afición por la pesca, por ejemplo. Yo no entiendo qué interés tiene sentarse horas y horas en una orilla a ver una caña con un hilo con un gancho con un gusano sumergido delante de tí y a esperar a ver si pica algún pez. Pero hay gente que le gusta ir a pescar y les relaja; pues a mí me relaja muchísimo coser. Aunque me levante con el culo dolorido y la espalda encasquetada, mirando con incredulidad el reloj.
           No sé qué recuerdo tendrá mi hijo de su mamá, cuando sea mayor. Pero creo que es importante tener alguna afición, para poder reencontrarte con tí misma, y que también es muy bonito enseñarles a tus hijos a compartir lo que te llena a tí. Abrirles las puertas de tu paraíso particular…
Llevarte a tu hijo de pesca, si eres un pescador apasionado, o permitirle trastear con tus útiles de costura y darle pequeñas tareas, para que se sienta importante y que forma parte del proceso, cuando coses.
Hacer galletas con él. Dejarle que te ayude en la cocina cuando cocinas. Dejarle que riegue las plantas, aunque lo encharque todo.
         Y funciona a la inversa: yo guardaré como un tesoro el recuerdo de esos momentos de paz sentada en el suelo a su lado, construyendo un castillo de bloques de madera con él.
Así que juguemos con nuestros hijos. Cuando nos lo piden, en realidad nos están abriendo las puertas de sus paraísos particulares e invitándonos a entrar libremente.
          ¡Y eso es para aprovecharlo!

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