Una mamá con poderes

El otro día estábamos en el parque y cuando llegó la hora de irnos, el pequeño se puso a jugar a una cosa de las que se inventa él, totalmente absorto y ay de aquel que le quiera cortar en un momento asi. Yo nunca le saco del parque de golpe y porrazo, siempre le aviso: “en diez minutos nos vamos”, “en cinco minutos nos vamos”, “te bajas tres veces más y nos vamos” etc.  – así le doy tiempo a que termine su juego. En este caso me pidió si podía terminar de jugar “a los poderes”.

Le dejé. El juego a los poderes consistía en que iba recorriendo el parque y diciendo: “¡Tengo el poder de bajar por el tobogán, poder número uno!”  y se bajaba por el tobogán. Luego iba a la escalera: “¡Tengo el poder de subir la escalera, poder número dos!” y así seguía de columpio en columpio.

Intenté sonsacarle cuántos poderes eran en total, para negociar hasta cuántos poderes seguiría, pero creo que ni él mismo lo sabía. Los iba añadiendo según se le iban ocurriendo, lo malo es que cada vez que ampliaba un nuevo poder, tenía que empezar a contar desde el principio.

Es increíble cómo se pasa el tiempo con los niños. Cuando trabajaba de au-pair, a veces se me hacían largas las mañanas o tardes y siempre miraba el reloj, pero con el mío, el tiempo pasa volando y me faltan horas al día.

Con el juego de los poderes, a lo tonto a lo tonto, llevábamos media hora más en el parque de lo que yo quería, así que cuando iba por el décimo poder, aproveché rápidamente y dije: “Y tienes el undécimo poder, ¡el poder de irte a casa!” le cogí y nos fuimos. Afortunadamente sin protestar, eso sí, me lo tuve que subir a hombros, porque de repente, qué curioso, le dolían las piernas y estaba cansadísimo para caminar.

Y me dio por pensar en mis poderes.

Porque yo también tengo. Aquí están:

Tengo el poder de llevar a Juji a hombros (“Juji” es un mote que le pusimos cuando era un bebé, porque hacía unos ruiditos muy graciosos como “juj, juj” – cosas de padres embobados).

Tengo el poder de ser Mamá Gatito, esposa de Papá Gatito (así es cómo nos llama el niño a nosotros).

Eso me recuerda que tengo el poder de ser la abuela de un Pluto de peluche, porque mi hijo es su papá.

Tengo el poder de planchar.

Tengo el poder de fregar platos.

Tengo el poder de limpiar el baño, de barrer el suelo, de pasar la aspiradora, de quitar el polvo, de poner lavadoras, de tender la ropa, de recogerla y doblarla… en este campo soy una super-heroína llena de poderes.

Tengo el poder de eliminar rastros de deditos pringosos de todas las superficies posibles en casa.

Tengo el poder de cocinar, aunque este a veces no se desarrolla con todo su potencial así que es un poder un poco de pacotilla.

Tengo el poder de hacer galletas, este sí es un espléndido poder con su plena capacidad.

Tengo el poder de leer cuentos.

Tengo el poder de escribir en un blog.

Tengo el poder de hacer yoga todas las mañanas (todas las mañanas que me levante con la cantidad justa de sueño.  Hay varios niveles: nivel sueño cero – ese es el más raro. Se da algún que otro fin de semana o en puentes y vacaciones. Niveles menos uno a menos dos – esta franja es la más habitual. Nunca duermes lo suficiente, pero como ya estás tan acostumbrada,  lo consideras aceptable, te tomas un café bien cargado y tiras para adelante. Los dos son malos, pero uno es menos malo y otro más malo. Normalmente empiezas la semana en menos uno y los viernes, estás hasta el cuello en menos dos. Nivel menos tres – aquí ya nos metemos en aguas peligrosas. Se da cuando sales por la noche y te acuestas más allá de la medianoche – no quiero ni poner “de madrugada” porque ¡me da un sofoco sólo de imaginarlo! Una persona falta de sueño en general no se puede permitir un nivel menos tres así como así y si estás en él, olvídate del yoga por las mañanas).

Tengo el poder de lavarme el pelo y peinarme casi todas las mañanas y de vez en cuando, tengo el poder de ir con los “pelos de loca”, secados “al natural”.

Tengo el poder de subir por las escaleras en lugar de coger el ascensor, siempre que pueda.

Tengo el poder de soñar.

Tengo el poder de jugar a “Five Little Monkeys” toda la tarde del domingo en casa y tengo el poder de jugar al escondite con mi hijo y sus compañeros de clase en el parque y tengo el poder de rellenar cubos y cubos de juguete de agua, porque se me ha ocurrido la brillante idea de que para hacer mejor los moldes de arena, hay que humedecerla, y mi hijo y todos sus amiguitos se dedican a jugar a hacer charcos enlodados y para ello me piden más y más agua.

Tengo el poder de quitar pises y cacas de gatos.

Tengo el poder de pasar por cada puerta giratoria dos o tres veces, es decir dando dos o tres vueltas completas. Sobre todo si voy con el Juji, lo preocupante es que lo hago a veces yendo yo sola.

En el Parque de Atracciones, tengo el poder de montarme en toda la sección infantil.

No tengo el poder de llamar ningún ascensor ni de pulsar nunca el botón para el semáforo.

Y últimamente, no tengo tampoco el poder de meter la llave en la cerradura.

Tengo el poder de curar cualquier golpe con un besito (y un poco de Traumeel).

Tengo el poder de coser vestiditos de muñecas (para regalar a niñas de mi entorno, ya que soy mamá de un varoncito).

Y a veces, tengo el poder de comer en diez minutos, para poder salir de la oficina durante la pausa de mediodía  y tumbarme en un banco en el parque, perdiendo la mirada en las coronas de los árboles, y así, tengo el poder de oír el canto de los pájaros, de sentir el calor del sol y la brisa que me acaricia la piel.

Tengo el poder de decir: “Te quiero” y tengo uno mejor todavía, el de decir: “Y yo a tí también”.

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