Un réquiem por la siesta

Yo no sé si llegará un momento en la vida de mi hijo en que deseará echarse la siesta, como lo desearía yo con mis 36 tacos a la espalda.

De momento desde que cumplió los dos años eliminó la siesta de la lista de cosas imprescindibles para hacer durante el fin de semana  y la abandonó a favor de las banderas del mundo (ya escribiré un post sobre esta curiosa afición de mi niño que con dos años se sabía todas las banderas del mundo…) y otros pasatiempos como coches, lego, playmóvil, todas las espátulas y cacillos de mamá de la cocina o todos los zapatos de toda la familia de la entrada o todas las macetas vacías de la terraza.

Está claro que el niño nos ha salido poco dormilón. O con menos necesidad de sueño, llámese como quiera, pero se traduce en que se levanta a las ocho – ocho y media de la mañana y se acuesta sobre las diez – diez y media de la noche, durmiéndose en cinco minutos si no ha habido siesta durante el día, o que empezamos a meterle en la cama sobre las diez, diez y media, teniendo que enfadarnos y levantar la voz para que se duerma, consiguiéndolo sobre las once, once y pico, y las once y media o hasta las doce menos cuarto, si ha habido siesta (los días de la guarde y el cole).

Por eso muchas veces me es más fácil metérmelo en la cama y dormirnos los dos a la vez. Por eso el año pasado sobre estas fechas estaba deseando que llegara el colegio porque tenía la esperanza que ya no le obligarían a dormir la siesta como en la guarde, dónde por más que reclamaba su abolición, la siesta era sagrada. El argumento irrefutable de las profes era: “Se termina durmiendo…” – hombre claro, si le bajáis la luz, ponéis música relax y todos los niños se tienen que echar y estarse quietos, claro que se termina durmiendo. Y así estaba yo, acostándole a las once y media o doce de la noche y con enfados, porque el niño no tenía sueño.

Mis esperanzas fueron en vano. En el cole de mi hijo se duerme la siesta el primer año, sí o sí; y no se duerme la siesta el segundo año de infantil. Pobres los niños de diciembre que a lo mejor todavía la necesiten… pero no es ésa mi batalla. Los padres de hijos dormilones que luchen por la siesta, yo reivindico la NO SIESTA si el niño no la necesita.

Por fin, por fin ha llegado el día en que nos hemos liberado de la siesta de lunes a viernes. Porque ayer fue el último día y a partir de hoy, salen a mediodía. Los que se quedan a comedor, se quedan jugando en el patio hasta que les recojamos. Qué ganas tengo de ver cómo cae redondo a las diez de la noche…  Qué ganas tengo de dormir mis ocho horas diarias, gracias a ello…

Me sentiré tan feliz y dichosa que le perdonaré por  todas las veces que me tenía desesperada a las once y media de la noche, pensando en que mi despertador sonaría dentro de cada vez menos horas y tramando vengativos planes llenos de rencor de cómo cuando llegue ese momento en que él querrá dormir, sea una siesta o sea por la mañana o sea irse a la cama pronto, sea adolescente o cuando sea; entonces yo me compraré un tambor y lo tocaré pegada a él, para que no se pueda dormir y lo sienta, que sienta en sus carnes lo que es que ¡¡¡no te dejan dormir!!!

Luego pienso que de todas formas no seré capaz pero me reconforto dirigéndole este pensamiento: “Ya tendrás hijos que serán como tú y no te dejarán dormir… Ya verás, ya…” y me asalta una alarma, un recuerdo de mis padres enfadados porque mi hermana y yo no parábamos de cuchichear, reírnos y parlotear en lugar de dormirnos por las noches y como a veces mi padre venía y nos daba la “medicina” final que era un tajante zapatillazo en el culete (vamos, que mi padre se quitaba una de las chinelas que usaba para andar por casa y ¡zas! ¡zas! nos quitaba las risas).

Yo probé a quitarle el chupete y su peluche favorito cuando aún era pequeño, intentando eso que dicen de “imponerme”, pero ha sido inútil, porque el pequeño volvía a salir risueño y lleno de picardía de su cama y si me enfadaba más, al final se iba a dormir llorando y yo con la sensación de no haberlo hecho nada bien.

Es que pegarle un grito fuerte a un niño y doblegar su voluntad es muy fácil, pero yo no lo considero la forma correcta. Personalmente no me siento bien haciéndolo, así que procuro evitarlo, lo mismo que chantajear o amenazar al niño. Porque primero me quedo con mal sabor de boca por el resultado inmediato  y segundo pienso que básicamente eso te valdrá unos años, pero cuando el niño crezca y deje de tener miedo a tus gritos o tus amenazas, ¿qué haces? Así que yo opto por crear un vínculo de comunicación desde pequeños y una relación basada en la igualdad, no en mi posición de poder y la suya de subyugación. Además, me cansaría ser la sargento todo el rato, porque yo ni lo tengo todo claro ni tengo todas las respuestas y pienso que los niños son una inagotable fuente de sabiduría natural, porque se rigen por su instinto y sus intenciones son en la mayoría nobles y puras. Así que prefiero limitar mi actuación para protegerle y enseñarle a orientarse en la jungla de la vida, pero no estoy aquí para marcar y decidir cada uno de sus pasos.

En el caso de lo de acostarle por las noches, ¿para qué le iba a castigar y enfadarme con él, si el problema no era que no se quisiera ir a la cama? El problema era que no tenía sueño. Y no tenía sueño porque le obligaban a dormir la siesta en la guarde y luego en el cole. Él no necesitabas esas casi dos horas al día de sueño extra. Así que por la noche, en la intimidad de su casa, dónde tiene todo el derecho a reclamar que se cumplan sus necesidades y se adapten a sus particularidades, ya que en el cole no se tiene en cuenta eso (porque si se tuviera, habría niños que dormirían la siesta y niños que no, unos acostados en las colchonetas en el aula y otros jugando en otro aula, tan sencillo como eso), me tocaba a mí pagar el pato.

Y lo he pagado bien pagado, las bolsas que tengo debajo de los ojos y los cuatro cinco kilos de más que he cogido en los últimos dos años (durante el sueño se equilibran los niveles de las hormonas que controlan la sensación de hambre-saciedad y las personas que duermen menos de lo que su cuerpo necesita, tienen más hambre durante el día, sobre todo de dulce. Amén), son la prueba.

Pero eso se acabó. O eso espero. La siesta obligada ha desaparecido de nuestras vidas para siempre. ¡Bye bye!  ¡No te echaremos de menos!

Y a lo mejor llegará el día en que mi hijo deseará echarse una siesta o dormir un poco más por la mañana o acostarse más pronto y yo, en lugar de hacer el ridículo con un tambor, aprovecharé para rápidamente dormirme yo también. Tan sencillo como eso.

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