Del Baúl de los Recuerdos II

Se acerca el fin de curso y para los padres que trabajamos es como asomarse a un abismo sin fondo  de 78 días sin colegio. Y no es que deseara que mi hijo estuviera aparcado allí todo el año, ni que sus vacaciones fueran más cortas, no no no. Pero a falta de ninguna medida que realmente ayudara a conciliar como yo pienso que debería ser la conciliación, es decir, por ejemplo un derecho a excedencia temporal con reserva de puesto y algún tipo de subsidio para poder quedarte en casa con tus hijos durante el verano; pues no nos queda otra que tirar de campamentos de verano y colonias y a sumergirnos de lleno en el mar de incertidumbre y desbarajuste de horarios y rutinas que ello supone y a ponernos a tachar los días en el calendario, deseando que llegue el bendito septiembre y todo vuelva a su cauce normal.

Este va a ser nuestro primer verano de campamentos y colonias y todavía no las tengo todas conmigo de cómo lo capearemos. Procuro no sacar demasiado el tema delante del pequeño, para que no se cierre en banda por adelantado, y mi estrategia de momento consiste en llevarle el primer día llore o no llore y huir. Es que no me queda otra tampoco.

Pienso en mis veranos cuando yo era pequeña. Como ya recordé en el primer post del Baúl de los Recuerdos, mis abuelos tenían una casa de verano dónde íbamos a pasar todo el verano, rodeados de campo, bosque, con un jardín para campar a nuestras anchas y un río dónde bañarse.

Con frecuencia íbamos a visitar a unos parientes lejanos pero con los que teníamos muy buena relación, que tenían una casona con un huerto gigantesco que siempre me daba miedo cruzar, porque le daba mucho sol y la dueña del lugar nos contaba que se había tropezado con más de una víbora allí. Así que para llegar no nos despegábamos del sendero. De todas formas lo mejor estaba al final del camino, porque al pie de las escaleras que conducían al gran porche de entrada había tres majestuosos cerezos, con las ramas dobladas bajo el peso de sus dulces y sabrosos frutos.

Estos familiares nuestros eran especiales porque ella era una guapísima presentadora de televisión y su marido un reconocido guionista con cierta fama de mujeriego, cosa que a mis ojos de niña nunca fui capaz de entender, porque veía a un señor bajito, con unas feas gafas de pasta y pronunciando mal las erres. Siempre tenían muchas anécdotas que contar y mientras mis abuelos o mis padres tomaban un café con ellos, los niños nos poníamos morados a cerezas y enredábamos alrededor, bajo la atenta y cariñosa mirada de la madre de ella, una señora mayor pero muy vital, que cuidaba ella sola del huerto y del jardín y siempre vestía una camisa blanca arremangada encima de los codos, un pantalón tipo mono o “peto” de trabajo azul y botas de goma, indumentaria muy apropiada para tal fin, aunque un poco chocante sobre todo en contraste con la fina elegancia de su hija.

Nos contaba que habían tenido tejones en la cabaña dónde guardaba las herramientas (los rastrillos, las palas, las podadoras, el corta césped etc.) y hablar con ella era como recibir una lección de botánica, además de jardinería. Nos entreteníamos recordando todas las frutas, verduras y hortalizas que se nos ocurrieran y ¡lo cultivaba casi todo! Sobre todo nos fascinaba la variedad de árboles frutales que tenía. Ciruelos amarillos y rojos, cerezos y manzanos de todo tipo, perales, hasta un nogal…

La casa tenía una planta con un intrincado sistema de cocina, despensa, comedor y salón comunicado por pasillos, salitas y descansillos y hubiera sido “legen-dario” jugar allí al “pilla pilla” pero estaba todo repleto de muebles viejos más o menos restaurados, es decir, que algunos se podían elevar a la categoría de “antigüedades” y muy posiblemente había algún que otro verdadero tesoro de coleccionista, así que procuraban que los niños nos quedáramos fuera.  Había una buhardilla calurosa reconvertida en  dormitorios si mal no recuerdo y lo que nos fascinaba de verdad era un frío sótano lleno de columnas y bóvedas, cuya puerta estaba escondida en una pared lateral, entre frondosos rosales trepadores, cual punto de acceso al castillo de la Bella Durmiente. La casa estaba construida en pendiente así que justamente ese muro era el más alto, subrayando la ilusión de estar delante de una torre encantada.

Ir de visita allí era todo un acontecimiento para nosotros, ya fuera por el festín de cerezas o por el fugaz halo de  estrellato de los anfitriones. El camino suponía una buena hora de caminata atravesando el bosque, pero nos encantaba. Nos conocíamos cada vuelta de sendero, cada puentecillo de hormigón cruzando un cañón de ranura provocado por un riachuelo cantarín, cada fuente para rellenar nuestras cantimploras y cada cuesta llena de nudosas raíces de los árboles sobresaliendo a ras del suelo, para agarrarnos a ellas mientras escalábamos, cada ladera llena de matas de arándanos o de altos helechos o sembrada de pequeñas y redondas piñas que recogíamos…  Entonces por fin llegábamos a un campo de fútbol en medio de altos pinos y los árboles se abrían y ascendíamos la última cuesta y ya estábamos en la Posada, desde dónde continuábamos entre las casas del pueblo, hasta que al final de todo, subiendo por un camino de piedras, en lo alto de una colina con vistas a un vasto valle, nos encontrábamos con la verja y penetrábamos en la parcela para cruzarla y llegar finalmente a nuestro destino. No había teléfono ni móviles, así que íbamos “de sorpresa” pero éramos siempre bienvenidos.

Otras veces cogíamos el coche y nos íbamos a bañarnos a un embalse cercano, cargados de cestas de picnic, toallas y mantas, para pasar la jornada entera. Nos llevábamos un bote con remos en la baca del coche y mis tíos tenían una tabla de windsurf. A veces coincidíamos con nuestros familiares televisivo–cineastas que navegaban por allí en su yate.

Mi abuelo tenía un lema que era “que no pase un día sin ayudar a los demás” (era una especie de voluntario por convicción) y con este pretexto nos llevaba por ejemplo a ayudar a una señora en el pueblo, que ya era muy mayor y vivía sola, a limpiarle el huerto porque las manzanas caídas si no se quitaban, se pudrirían en el suelo. A cambio podíamos recoger y llevarnos una cesta llena de los intactos y perfectos frutos color verde clarito de los árboles.  Era una variedad de “manzana de verano”, con la piel muy clara y fina y refrescante sabor ligeramente ácido. Algunas manzanas del suelo ya estaban marrones con motitas blancas del moho, así que las cogíamos con mucho cuidado por la parte sana y las arrojábamos a un cubo o si estaban enteramente pochas, las cogíamos por el rabito. Así que estábamos practicando la motricidad fina, además de un valioso aprendizaje de espíritu de cooperación.

Cuando volvíamos a casa, mi abuela preparaba un “strudel” de manzana o sencillamente una buenísima compota de manzana casera, con un toque de frambuesas o grosellas que recogíamos en nuestro jardín.

A veces nos íbamos de excursión a  visitar algún castillo cercano o si había feria en algún pueblo de los alrededores, nos llevaban excepcionalmente, pero la mayor parte del tiempo pasábamos los días jugando libremente con mis primos. Nunca nos aburríamos pero tampoco sabría decir qué otros grandes planes hicimos – el mejor recuerdo que tengo es de no hacer nada, simplemente estar.

Nos acercábamos con mis primos a una cancha de vóley ball cercana a ver cómo jugaban los mayores. Nos encantaba meternos dentro del campo de maíz cuyas plantas nos superaban en altura y jugar al pilla-pilla o al escondite entre sus hileras, o jugar a peinar los largos y sedosos pelos que les salen de la punta a las mazorcas, como si fueran cabelleras de muñecas imaginarias. Nos íbamos a recoger ciruelas y cerezas de árboles medio silvestres que crecían al borde del camino o nos íbamos cruzando el bosque hasta un dique en el río, dónde veíamos el agua caer con fuerza y a los chicos mayores saltar en sus profundidades agitadas como si tal cosa.

Pasamos horas y horas jugando en el jardín, en la hamaca. Nos subíamos en ella los 5 ó 7 primos que nos llegábamos a juntar y jugábamos a que era el metro de Praga. En el metro de Praga, hay un sistema de locuciones que antes de entrar en cada parada te anuncia el nombre de la misma y antes de abandonarla, dice: “Terminen de subir y bajar del tren, las puertas se cierran. Próxima parada: xxx.” Así que nos encantaba decir la frase, luego columpiarnos en la hamaca como locos, imitando la velocidad del metro, y luego aminorar, anunciando una nueva parada y a continuación, repitiendo toda la operación. ¡Horas y horas!

Un verano, los mayores (mis tíos y sus vecinos, principalmente) nos prepararon una gymkana en el bosque, una auténtica “búsqueda de tesoro”. La recompensa final no sé si serían chuches o chocolatinas, porque lo que recuerdo hasta el día de hoy es que durante el recorrido, nos tocó cruzar un riachuelo poco profundo, cuyo lecho estaba sembrado de ¡piedras de oro!   Eran pequeños y medianos guijarros que mis tíos pintaron con pintura dorada y esparcieron allí, pero en nuestros ojos infantiles aquél fue el auténtico tesoro y los guardamos en una bolsita de cuero hecha por la abuela durante mucho tiempo.

Mi abuelo era muy manitas (levantó la casa con sus propias manos, así que no fue para menos), pero le gustaba hacer también otras manualidades, cuanto más minucioso, mejor. Construía maquetas de castillos o aviones de papel, por ejemplo, con una precisión milimétrica y acabado impecable. Y durante un verano, siguiendo mis diseños, me hizo una casita de muñecas con muebles, que yo decoré pintando las paredes, cosiendo a mano la ropita de cama y los vestiditos de muñecas.

Hace dos años cuando fuimos a la República Checa de vacaciones, les pedí a mis padres que la desenterraran de las profundidades de la buhardilla, porque me hacía ilusión enseñársela a mi hijo para que jugara con ella, cosa que hicimos. Y me llené de emoción al verla, pero también de asombro al darme cuenta que habían pasado 20 años desde que jugaba con ella y me parecía que había sido ayer.

¿Dónde van a parar los años? Me pregunto. ¿Dónde va a parar el tiempo? Con lo intenso que puede ser viviéndolo en directo, sin embargo al convertirse en pasado, se diluye sin más… ¿O acaso hay alguna cuarta dimensión dónde se acumula el tiempo pasado? ¿Algún registro de las huellas del pasado grabadas sobre nuestro presente, entretejiéndose como una telaraña invisible pero que cobra cuerpo a raíz de un olor, una imagen, una melodía o un sabor?

Porque para haberse esfumado sin más, cómo duele a veces la nostalgia de los recuerdos del pasado…  

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