Mi talento maternal

Ya que este es el único sitio dónde puedo decir lo que me dé la gana, lo voy a decir bien alto, ya que no me lo dice nadie más. Y es que las mamás necesitamos oírlo de vez en cuando. De hecho, es lo más bonito que le podáis decir a una mamá recién parida, falta de sueño y a punto de enloquecer – decidle: “Oye, lo estás haciendo fenomenal.”

O a una madre agotada, a la carrera eterna  entre el trabajo, la casa y el colegio, que duerme siete horas diarias con interrupciones, decidle: “Qué buena madre eres”.

Yo pienso que soy buena madre, aunque las palmaditas en la espalda me las doy a mí misma en este caso, ya que recibo muy poco feedback al respecto. Mi único indicador es la cara de adoración y felicidad de mi hijo cuando me mira, así que lo sé.

Me siento particularmente orgullosa de mí misma y considero que lo estoy haciendo bien, cuando:

Escucho a mi hijo.

Y aquí me refiero a escuchar de verdad. Hay muchos padres que oyen pero no escuchan. Y hay más personas todavía que sólo se escuchan a sí mismas.

Al margen de esto, lo que quiero enseñarle desde pequeño es que si me dice algo, yo le escucho, es decir, que hablar tiene sentido y sirve. Y le escucho sin juzgar, para que sepa que me puede decir cualquier cosa por más bárbara que sea. Porque  prefiero mil veces enterarme de la verdad a que me la oculte por miedo a mi reacción.

Le demuestro flexibilidad y generosidad.

Y me podéis tachar mil veces de madre demasiado permisiva, si lo soy pues a mucha honra.

Le presto mi atención.

Para ello, me tengo que arrodillar a su lado y muy posiblemente meterme en su mundo. Muchos padres no se quieren bajar de sus pedestales de personas adultas. Yo considero que sin caer en ser madre-colega que tampoco sería sano, porque los niños pierden la seguridad de verse respaldados por una persona de autoridad; pienso que se puede ser cercana y prestarles atención y a la vez, ejercer la autoridad.

De hecho es más fácil que te hagan caso cuando sois medio “compis” porque es un intercambio de favores: tú les escuchas, ellos te escuchan. Tú pones de tu parte, ellos pondrán de la suya. Y eso es así porque muchas cosas que les pedimos los padres, como “estate quieto”, “aguanta”, “espera”, “vente ahora”, etc. suponen un esfuerzo para el niño ya que rompen con su naturalidad – el niño quiere corretear y tiene que hacer un esfuerzo  para estarse quieto, si se lo pedimos. Le obligamos a romper su comodidad y hacer algo que no le apetecía. Si tú nunca haces el esfuerzo de agacharte y ponerte a jugar a los Playmóvil con él, venciendo tu incomodidad (y sí, jugar es un buen ejemplo porque es un rollo para los adultos) ¿cómo esperas que él te obedezca siempre?

Otra cosa son las situaciones claras dónde está en juego su integridad física: Por ejemplo corretear en medio de la calzada. Los niños no son tontos y creo que ellos mismos entienden si hay peligro y en ese caso, obedecen sin rechistar. Otra cosa es si por ejemplo corretea en medio de una sala de espera – para él es pura diversión y explícale que es que “molesta a los demás”. Pensadlo con su pequeño cerebrito y enseguida veréis que al niño no le molestaría en absoluto si los demás mayores que le miran con cara de malas pulgas se levantaran de sus asientos y se pusieran a corretear también con él – ¡si sería muy divertido!, de allí que le cueste entender por qué hacer eso cuando te aburres esperando le pueda molestar a alguien.

No se corre por la calle. No se juega con cerillas. No se juega con cuchillos, etc. no necesitan ninguna contrapartida, esto es así y punto. Además si reservas el tono serio o el grito sólo para estos casos que realmente son de peligro, funciona como un testigo infalible de que esta vez mamá va en serio, y eso sería imposible si le gritaras constantemente por cualquier tontería.

Y ya está. Estos son mis tres puntos fuertes. ¿Y cuáles son los vuestros, mamis del ciberespacio que espero me estéis leyendo? ¡Deseando descubrirlo abajo en vuestros comentarios!

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